sábado, 13 de septiembre de 2014

Del cigarro inmigrante al cigarro nacional

Como señalamos en más de una ocasión, los productos italianos de consumo masivo llegaron a ser un símbolo de su nacionalidad, especialmente durante los primeros tiempos del proceso unificador de ese país llevado a cabo entre 1830 y 1870.   En tal contexto no era rara la aparición de artículos del fumar cuyos nombres resultaban alusivos a hechos y personajes que encendían el fervor patriótico peninsular.  El  caso  del  cigarro  Cavour  es paradigmático, tal cual analizamos en un par de entradas subidas hace algunos meses,  pero el fenómeno tuvo su correlato en la Argentina de las décadas siguientes, ya que en ella se verificaba una evolución no menos trascendente  por  sus  derivaciones  sociales: la inmigración.   Así,  la  industria toscanera criolla tuvo sus propios ejemplos al respecto, como Solferino (1), Vincitor o Toscani Italia, entre otras marcas antiguas. No obstante, el espíritu recalcitrantemente itálico de los primeros tiempos fue dando paso a una esencia mucho más integrada con nuestro país a medida que transcurrieron los decenios.


Aquel  patriotismo subyacente en cada acto o expresión italianista entre 1860 y 1900 es fácilmente verificable para el historiador,  así como su estrecha relación con el mundo del tabaco. No eran muchos los países de entonces (ni lo son hoy) que contaran con cigarros de impronta tan significativamente nacional como el toscano, siempre asociado a la idiosincrasia, la cultura y la manera de entender la vida en ese país. Al igual que ocurre con la cocina italiana  -reconocida mundialmente por su perfil contundente y sabroso-, los toscanos pronto pasaron a ser un símbolo genuino en el mismo sentido, o sea, el de la potencia, el carácter y la personalidad definida. En los comienzos de este proceso,  semejante relación cigarro-país solía tener como protagonistas  a  los  héroes  nacionales,   que  eran  inmortalizados  en  diferentes manifestaciones artísticas, desde retratos de bersaglieri saboreando toscanos hasta escritos literarios que enaltecían al rey Víctor Manuel con anécdotas relativas a sus hábitos de fumador. Un caso paradigmático es el de la obra del pintor Gerolamo Induno (1825-1890), llamada “Garibaldi sulle alture de Sant’ Angelo”, en el que podemos apreciar al famoso personaje atisbando el valle con un cigarro en la mano, con toda seguridad un Cavour o un toscano. Y esto no es una suposición: más allá de que Garibaldi era un reconocido aficionado toscanero, fumar cigarros que no fueran los propios de la península era considerado poco menos que un acto de traición en aquellos días.


Ahora bien, dijimos que el ardor patriótico de marras fue acompañado por los inmigrantes que llegaban a la Argentina, lo cual es un hecho inequívoco. Luego de varios años investigando el tema,   una de las cosas que puedo asegurar con total convencimiento es que los puros italianos fumados en nuestro país entre 1861 (año de la primera importación) y finales de la década de 1880 eran parte de un consumo absoluta y totalmente acotado a los habitantes de esa nacionalidad, dado que nuestros compatriotas de entonces preferían los cigarros correntinos, cubanos, brasileros y paraguayos. Recién hacia 1890  el toscano empezaría a perder su aureola netamente foránea, precisamente cuando comenzó a ser fabricado por los establecimientos tabacaleros argentinos y apreciado por los nativos del país. Podemos imaginar tal cambio del mismo modo que aconteció en el mundo de la gastronomía y de las bebidas, por ejemplo, ya que en 1850 nadie hablaba de Barbera  o de  Chianti,  pero  sí  de  Vino Carlón.   Eso pasó a ser  exactamente al revés con el advenimiento del nuevo siglo: el otrora famoso Carlón quedó relegado al olvido mientras los vinos peninsulares eran profusamente importados desde Europa e imitados por las bodegas locales, toda vez que se registraba una acentuada asimilación del sentir itálico en nuestra propia cultura. Exactamente lo mismo, pero en términos de tabaco, sucedió con el toscano, iniciando así una época de oro que lo llevaría a constituirse como el puro más vendido del país en los siguientes setenta años.


Por lo visto, tenemos al cigarro de nuestro interés marcando un proceso social por partida doble.  En un sentido, el éxito del toscano representa la integración  de las colectividades a la cultura argentina. Y en otro, personifica  la incorporación de elementos foráneos al sentir nacional, lo cual ocurrió idénticamente con las comidas, las bebidas, el lenguaje, la música y las demás expresiones del comportamiento. El toscano, símbolo de la unión histórica entre italianos y argentinos. ¿Quién lo hubiera dicho?


Notas:

(1) Solferino fue una marca elaborada por la fábrica de Stecchi, Barbero y Comelli  a comienzos del siglo XX. El nombre se relaciona con la batalla librada en Lombardía el 24 de Junio de 1859, muy cerca de la localidad homónima, que tuvo como protagonistas a los austríacos,  por un lado,  y a la alianza entre el  Reino  de  Piamonte  y  Cerdeña (antecesor del estado italiano unido)  y  Francia,  por el otro.  La importancia de la contienda era tal que actuaron como comandantes  los líderes supremos de cada nación involucrada: el emperador Francisco José de Austria, Napoleón III de Francia y Víctor Manuel II de Piamonte y Cerdeña. El triunfo les correspondió a los aliados tras nueve horas de durísimos combates.


No hay comentarios:

Publicar un comentario