sábado, 23 de septiembre de 2017

Treinta años de consolidación II

Tal como vimos en la entrada anterior, el primer decenio de los cigarros italianos en Argentina estuvo marcado por un gradual pero bien perceptible aumento en las cifras anuales de importación. En ese entonces aún reinaban los puros de origen paraguayo, brasilero y cubano, a la vez que se incrementaba la comercialización de otros orígenes europeos como Alemania y Francia. No obstante, el año 1870 marca el comienzo de un notable proceso que no se detendría por las siguientes siete décadas: la llegada y permanencia de Italia en el “podio” de los tres países de origen mejor posicionados dentro del rubro cigarros de hoja. En ésta y la siguiente entrada analizaremos las cifras en cuestión, que nos dan una idea bastante acabada sobre  el lapso decimonónico concreto en que los puros peninsulares dejaron de ser una rareza propia de su colectividad para constituirse en los más fumados de nuestro país.


Los primeros cinco años se desarrollan con marcados altibajos numéricos en todos los casos (1), aunque Italia nunca deja de formar parte de la terna más exitosa, según podemos apreciar a continuación de acuerdo con cifras de la Estadística  General de Comercio Exterior expresadas en unidades:

1870: 1° Francia (32.966.000), 2° Alemania (17.759.000), 3° Italia (1.900.000)
1871: 1° Italia (10.874.000), 2° Alemania (9.596.000), 3° Francia (7.125.000)
1872: 1° Alemania (21.683.000), 2° Italia (17.038.000), 3° Paraguay (5.678.000)
1873: 1° Italia (26.565.000), 2° Alemania (22.397.000), 3° Francia (17.409.000)
1874: 1° Francia (18.273.000), 2° Alemania (9.187.000), 3° Italia (9.086.000)

Considerando el mercado tabacalero argentino de entonces se advierte claramente la irrupción de los productos europeos en detrimento de los americanos. En efecto, Brasil y Paraguay sólo volverán a aparecer muy esporádicamente en el pedestal del terceto más vendido  hasta bien entrado el siglo XX, mientras que los habanos  legítimos de Cuba se habían convertido en artículos de élite, demasiado caros como para ser importados de modo masivo. Por desgracia no existe la data de 1875 a 1879 con el necesario grado de detalle que requerimos en nuestras tareas investigativas (2), pero no parece existir ninguna razón para pensar que el panorama recién descripto haya cambiado durante ese quinquenio, más aún si continuamos atisbando los números de la década siguiente según consta en otro informe oficial denominado Estadística del Comercio y de la Navegación.


Aquí van todos los “podios” desde 1882 a 1888 con algunas aclaraciones adicionales que señalamos en nota al pie (3).

1882: 1° Italia (7.850.000), 2° Paraguay (4.092.000), 3° Alemania (3.588.000)
1883: 1° Italia (5.531.000), 2° Alemania (4.813.000), 3° Francia (4.792.000)
1884: 1° Francia (10.744.000), 2° Italia (6.288.000), 3° Paraguay (3.415.000)
1885: 1° Bélgica (12.495.000), 2° Alemania (8.155.000), 3° Italia (7.074.000)
1886: 1° Alemania (9.963.000), 2° Italia (8.170.000), 3° Bélgica (6.452.000)
1887: 1° Italia (16.636.000), 2° Bélgica (14.450.000), 3° Alemania (12.788.000)
1888: 1° Bélgica (21.161.000), 2° Italia (18.517.000), 3° Alemania (10.269.000)

En principio, una mirada rápida parece sugerir que los cigarros italianos cumplen más o menos el mismo papel que aquellos provenientes de Francia, Alemania o Bélgica, pero si volvemos a mirar con mayor detenimiento los doce períodos anuales indicados entre 1870 y 1888 saltan a la vista dos detalles que viene al caso referir: Italia es el único país que aparece en todos los casos sin ninguna excepción, y es el que más veces ocupa el primer lugar. Desde luego que eso no es todo, ya que hay muchas cosas para apuntar respecto a la enorme diferencia entre los productos de la tradicional industria tabacalera itálica (que elaboraba un alto porcentaje  de ejemplares nativos de su terruño, propios, típicos e inconfundibles) y sus pares del resto de Europa (que se orientaban casi exclusivamente a las imitaciones de puros extranjeros, en especial de los cubanos).


Pero de ello hablaremos en la próxima y última entrada de la serie, junto con la continuación de las estadísticas que marcan el despegue total y definitivo del cigarro italiano como favorito de nuestro público, esta vez de manera contundente.

                                                               CONTINUARÁ...

Notas:

(1) Las fluctuaciones de un año a otro en las importaciones de todos los países son tan pronunciadas que bien cabe preguntarse los motivos. Más allá de alguna coyuntura histórica puntual de carácter internacional (crisis europeas, guerras, etc.), existe para dicho fenómeno una explicación vernácula que sabemos cierta en el caso de los cigarros italianos: no había entonces  un importador único y oficial, sino que cualquier comerciante o empresario del tabaco podía comprar y traer tales mercaderías. Casi con seguridad, esa variopinta gama de interesados no adquiría los productos con la intención de desarrollar el mercado prolija y gradualmente, como ocurriría a partir de 1897 con el establecimiento de un agente importador exclusivo. Bien el contrario, todo indica que las compras y los stocks se movían con la lógica del corto plazo.
(2) Durante ese período sólo se publicó un brevísimo resumen llamado Cuadro General del Comercio Exterior, que contiene las cifras totales sin ninguna puntualización sobre sus procedencias.
(3) Desde 1861 hasta 1879 los cigarros fueron asentados en unidades. A partir de 1880 se volcaron por su peso en kilogramos. Por convención se acepta que un kilo de cigarros equivale a 200 unidades. Lo que expresamos aquí es el número final que surge de multiplicar los kilos importados cada año por doscientos  (redondeado a miles, para una lectura más simple).


jueves, 24 de agosto de 2017

Treinta años de consolidación I

No es casualidad que el primer intercambio del rubro cigarros de hoja  entre Italia y Argentina haya sido realizado en el año 1861, pues tanto el país exportador como el importador vivían momentos de profunda trascendencia histórica que alentaban la reciprocidad comercial. Por su parte, una  incipiente corriente migratoria entre la península y el Río de la Plata crecía de manera sostenida. La población total de nuestro territorio según el censo 1869 acusaba 1.877.590 habitantes, incluyendo 211.000 extranjeros compuestos  por 72.000 italianos, 35.000 españoles, 32.000 franceses y un resto de ingleses, suizos, alemanes y demás. Si consideramos  semejante realidad en el singular contexto histórico y social (países nacientes, fervor patriótico, colectividad nueva, desarraigo) de un período en el que, además, se fumaba mucho, los números que siguen se explican por sí mismos.


Veamos entonces cómo se desarrolla la importación de cigarros italianos hasta el final de la década, según consta en las respectivas ediciones de la Estadística de la Aduana de Buenos Aires.

Año             Unidades       % interanual

1861              220.000              
1862              402.000              +   82,7
1863              740.000              +   84,0
1864           1.028.000              +   38,9                          
1865           1.267.000              +   23,2
1866           2.093.000              +   65,2
1867           1.877.000              -    10,8
1868           5.279.000              + 181,2
1869           6.219.000              +   17,8

Cifras elocuentes, por cierto. Exceptuando la leve disminución de 1867, el resto del decenio está signado por aumentos marcados y constantes que culminan con un sorprendente porcentaje de contraste entre año inicial y año final de la lista: nada menos que 2.726,9% . Al parecer, los peninsulares arribados a nuestras costas se inclinaban rápidamente por el consumo de sus productos patrios, que llegaban desde ultramar. Esto último era excluyente en esos tiempos: la falta aún de una industria tabacalera criolla enfocada en el segmento itálico (las primeras manufacturas de la especialidad comenzarían recién hacia 1878/1881) dejaba el mercado completamente abierto a las importaciones.


Ya hemos señalado alguna vez lo difícil que resulta encontrar referencias sobre nuestro tópico en esos primeros años (1). Siendo así, ¿qué cosas podemos sacar en limpio sobre el consumos de cigarros italianos en tiempos de Mitre, Sarmiento, la batalla de Pavón y la Guerra del Paraguay, más allá de los volúmenes importados? En principio, pudimos descubrir un vestigio del embrionario interés por los puros que nos ocupan en cierta propaganda publicada por un periódico de la Ciudad de Buenos Aires durante 1865. Se trata de la cigarrería La Primera Porteña, de la calle San Martín N° 40, que ofrecía cigarros italianos y suizos como parte de una modesta variedad de artículos muy populares en la época (2). La mención del rubro es inequívoca (y también la más antigua que conozco), pero a su vez nos lleva a un viejo tema varias veces mencionado, que es la variopinta composición del segmento durante las tres décadas iniciales. En 1900, hablar de “cigarros italianos” prácticamente equivalía a decir “toscanos”, pero en 1865 el panorama era muy distinto. Por ese entonces nuestro leitmotiv era un integrante  más dentro de la gran diversidad de modelos elaborados por las factorías del Monopolio di Stato, que incluía no sólo los puros típicos de Italia, sino también imitaciones habaneras tipo Regalías o Londres (3). Ahora bien, determinar qué porcentaje aproximado del total de cigarros importados desde Italia corresponde a toscanos resulta casi imposible por la carencia de registros fehacientes, al menos hasta 1890. No obstante, nuestras investigaciones nos permiten aseverar con bastante certeza que prototipos como el Cavour o el Brissago fueron más conocidos y vendidos hasta fines del decenio de 1880.


En lo que hace a la comercialización minorista, sabemos que la colectividad italiana de entonces vivía bastante cerrada sobre sí misma, y eso es muy lógico en tiempos tan tempranos del proceso migratorio. A los prejuicios de una sociedad argentina aún no habituada a la llega masiva de extranjeros se sumaba la falta de políticas sociales y culturales de integración. Como dijimos al principio, la comunidad peninsular pionera buscaba comer, beber y fumar sus productos típicos al modo más genuino posible(4). Lograrlo no era tan sencillo en el caso de las comidas y las bebidas, pero no presentaba mayores dificultades para el tabaco: como hemos visto, los únicos cigarros italianos existentes en el mercado local provenían de Europa. Cierto registro de comercios de la ciudad de Buenos Aires en 1870 apunta 14 cigarrerías con propietarios italianos sobre un total de 58 establecimientos del ramo. Una en particular nos llamó la atención: la de Juan Tiscornia, que suma la actividad adjunta de introductor, es decir, importador. No tenemos certeza absoluta, pero tal evidencia sugiere que podría ser uno de los primeros importadores de tabacos itálicos.


En la década de 1860 los cigarros italianos aparecieron por estas latitudes y se desarrollaron rápidamente, aunque su popularidad estaba a la sombra de los favoritos del público local, que eran los habanos, los paraguayos y los de Brasil. ¿Cómo siguió la cuestión en los siguientes veinte años? Eso lo veremos en la segunda y última parte de esta serie, muy pronto.

                                                          CONTINUARÁ...

Notas:

(1) Tengo pendiente un largo trabajo de relevamiento hemerográfico entre 1860 y 1890 con el fin de ubicar publicidades y menciones relativas al tema. Ello sólo es posible de modo presencial (o sea, pasando horas y horas en las bibliotecas públicas), dado que se trata de material escasamente difundido en la web. La cosa requiere mucha paciencia y muchas ganas que no siempre se dan en tiempo y forma.y 1890 a fin de ubicar publicidades y menciones
(2) No puedo especificar el nombre del medio ni la fecha exacta de publicación por tratarse de una cita dentro de un texto fragmentado. De todos modos, además de los puros itálicos y helvéticos, vemos charutos finos de Bahía, rapé de Burdeos y pitos (pipas) “Flor del Brasil”.


(3) Contabilizamos nueve variedades diferentes sólo entre los modelos nativos de Italia, según aparece en el Manuale del Fumatore de 1866 que reseñamos en una entrada del año pasado:

 

(4) Como es lógico suponer, el fenómeno se fue atenuando paulatinamente, pero a principios del siglo XX todavía existía una gran cantidad de comercios especializados en artículos para las colectividades. La siguiente publicidad  es muy ilustrativa de su época y presenta un legendario almacén de productos italianos en Buenos Aires.


miércoles, 5 de julio de 2017

¿La Argentina o La Virginia? Un hallazgo genera interrogantes sobre la primera fábrica nacional de cigarros italianos

Así como podemos afirmar categóricamente que la primera importación argentina de cigarros italianos fue realizada en 1861, somos muy cautelosos al momento de hacer lo propio con el año exacto en que se inició la manufactura nacional de dicha especialidad, unas dos décadas después. Las dudas del caso involucran un período realmente acotado en términos cronológicos (1), pero el verdadero interrogante que nos desvela en esta ocasión  no pasa por cuándo, sino por quién. Hasta hace poco creíamos que el pionero del puro itálico en este país era Juan Otero, fundador del establecimiento La Argentina, pero una serie de hallazgos vinieron a ponerlo seriamente en duda. En efecto, el acceso a nuevos datos bibliográficos advierten que hubo un industrial de la vieja guardia con tantos méritos como Otero para ser considerado el primer fabricante de tabacos peninsulares afincado en el Río de la Plata.


Sabemos que las actividades tabacaleras de Otero se remontan a 1878, según subrayan numerosas leyendas impresas muchos años después en los envases de sus productos. Sin embargo, las señales concretas de su inclinación por el segmento del  sigaro italiano  aparecen recién en una guía industrial de 1893 y luego en el Censo 1895. Todo indica que para entonces llevaba tiempo dedicado a las labores de nuestro interés , pero estamos hablando de una simple hipótesis en un período que abarca quince años. Considerando que La Argentina producía toda clase de puros, cigarrillos y tabacos sueltos, es tan factible que haya empezado a confeccionar toscanos, cavours y brissagos desde el momento mismo de su fundación en 1878, como que lo haya hecho en 1881, en 1885 o en 1890. No obstante y así las cosas, nadie parecía disputarle a Juan Otero la cucarda histórica de precursor fabril toscanero en territorio patrio. Pero el sondeo metódico del pasado siempre recompensa al investigador persistente, y nos topamos con una sorpresa.


Hete aquí que en una rutinaria y casi desinteresada búsqueda googlera vine a dar con fragmentos de un pequeño libro titulado La industria argentina y la Exposición del Paraná, cuyo contenido está íntegramente dedicado a  dicho evento del año 1886. Allí encontramos cierto párrafo sobre  la empresa Enrique Didiego e Hijo que presenta una serie de productos de reconocida ascendencia itálica (2). Queda claro que el emprendimiento en cuestión fabricaba cigarros peninsulares, pero lo que realmente me intrigaba era el apellido Didiego, muy bien conocido por los seguidores consuetudinarios de este espacio virtual. ¿Tendría algo que ver Enrique Didiego con Donato Didiego, titular de La Virginia, o sea, la que hasta ahora asumíamos como segunda fábrica constituida del toscano nacional? ¿Sería Donato hijo de Enrique? El proceso de búsqueda y comprobación posterior en guías, publicidades, catálogos y textos oficiales antiguos fue largo y engorroso, por lo cual voy a resumir simplemente sus resultados finales: en efecto, Enrique era padre de Donato, y fue el progenitor quien inició la saga de la firma, no en 1883 (como creíamos hasta ahora) sino en 1878. Muchas publicaciones editadas posteriormente citan las actividades tabacaleras de la familia, el año de fundación de la casa, sus diferentes razones sociales y sus cambios de domicilio hasta por lo menos 1920. Todo ello nos brinda una certeza absoluta: la primitiva Enrique Didiego e Hijo no es otra que La Virginia de la calle San José 1556, en el barrio porteño de Constitución. Las imágenes arriba y debajo de este párrafo forman parte del abundante y concluyente repertorio de pruebas.


Más allá de todas sus implicaciones adicionales, el hallazgo corrió cinco años hacia atrás la fundación de La Virginia, ocurrida en 1878, el mismo año que La Argentina. Esto coloca a Enrique Didiego a la par de Juan Otero en cuanto a sus probabilidades de ser el primer manufacturero local de cigarros italianos en general, y de toscanos en particular (3). Desde nuestro punto de vista investigativo, lo visto se ve reforzado por todos los testimonios posteriores, ya que ambas firmas son señaladas excluyentemente como prestigiosos e inveterados paradigmas de actividad  toscanera por Juan Domenech en su Historia del tabaco y por la Guía Descriptiva de los principales establecimientos industriales de la República Argentina de 1895.  Nada de lo que hemos visto en cinco años de sondeos documentales contradice el carácter adelantado de las factorías en cuestión.


¿Podremos llegar aún más lejos en el futuro? Quién sabe: determinar si Otero comenzó antes que Didiego o viceversa es algo verdaderamente difícil, pero la modesta experiencia de este blog demuestra que cada información  “imposible de conseguir”  termina apareciendo, así como así, el día menos pensado.

Notas:

(1) La respuesta al interrogante de cuándo se sitúa en algún punto indeterminado entre 1878 y 1881. Es posible que nunca arribemos a tanto grado de certeza, aunque hay buenos motivos para inclinarse por la segunda referencia. Veamos: 1878 tiene su lógica en el hito fundacional coincidente de La Argentina y La Virginia, pero no hallamos registro alguno como para aseverar inequívocamente que las tales factorías (conocidas ambas por elaborar múltiples derivados del tabaco) iniciaran ese mismo año el armado de cigarros italianos, que bien pudo haber sido una diversificación productiva posterior. La data de 1881, en cambio, proviene de una fuente que podemos estimar seria y atendible: el libro La Producción Argentina en 1892, del economista Dimas Helguera. Sus considerandos incluyen cierta frase incontrovertible sobre la elaboración de cigarros tipo suizo e italiano, que reza textualmente: “iniciada esa industria desde el año 81”. Resulta llamativa la precisión y rigurosidad de una fecha volcada sin ningún atisbo de duda (bien podría haber dicho “a comienzos de la década del 80”),  lo cual nos lleva pensar que el autor sabía de lo que hablaba.  Por ese motivo tomamos esta valoración cronológica como la más confiable, de acuerdo con los alcances actuales de nuestras investigaciones.


(2) Además de los antaño famosos Cavour y Brissago (este último escrito al modo local, con una sola s), vemos también un modelo que aparece esporádicamente en los viejos registros: el Chiaravalle -apuntado burdamente como Cheravale- que representa otra de las intrigas históricas de los cigarros italianos en el siglo XIX. Por lo pronto sabemos que existió y existe todavía una legendaria fábrica de tabacos en la localidad homónima de la provincia de Ancona, que entre 1860 y 1910 elaboró cierto tipo de puros bien reconocibles en su época, aunque desvanecidos con el correr del tiempo. Actualmente la fábrica Chiaravalle produce cigarrillos y tabacos sueltos de cierto renombre.


(3) Hay sólo dos fabricantes que se acercan cronológicamente. Uno es Agustín Grillo, que arribó al país entre 1880 - 1884  y ya estaba establecido con cigarrería propia hacia 1885. El otro es Ángel Toleruti, quien tenía una fábrica de cigarros italianos con todas las letras en 1886, aunque ese es prácticamente el único dato que hemos podido ubicar sobre él.


lunes, 26 de junio de 2017

Confrontando épocas y continentes: Regia Italiana 1945 vs Extra Vecchio 2015

Hace poco menos de un quinquenio realizamos nuestra segunda cata de toscanos en Consumos del Ayer (1), cuyos protagonistas fueron unos singulares Regia Italiana datados en mitad de la década de 1940. Independientemente del renombre, la popularidad y el caudal productivo que alcanzó la marca en cuestión a mediados del siglo XX (casi comparable con Avanti), existe un dato crucial para las finalidades históricas perseguidas por este blog:  se trata de los cigarros más antiguos que hemos podido localizar físicamente hasta el día de hoy, lo que les otorga una jerarquía de reliquias. Tal vez por eso aguardamos casi cinco años antes de echar mano nuevamente a los pocos ejemplares subsistentes (2) con el propósito de efectuar un examen comparativo nunca antes experimentado en Tras las huellas del toscano, que es el contraste entre la producción argentina y la producción italiana.


Al momento de elegir los representantes locales había varias y veteranas opciones (3), aunque nunca tuvimos dudas. ¿Por qué ellos, viejos Regia Italiana, y no otros? Porque parecen ser los toscanos nacionales mejor elaborados de su época y quizás de todos los tiempos (4), así como los más consustanciados con el genuino estilo itálico. Recordemos que la SATI fue una fábrica controlada en forma directa por el gobierno de Italia hasta 1958, incluyendo su jefatura de planta en manos de técnicos peninsulares nativos. De acuerdo con nuestro punto de vista, ese dato implica cierta expertise  que genera un acercamiento de estilos entre la industria tabacalera italiana y su similar vernácula. No obstante, la manera adecuada de confirmar nuestra hipótesis no es otra que el consumo comparativo de sendos especímenes, sin más vueltas. Si los productos de la SATI eran en verdad  tan buenos como creemos, nada mejor que ponerlos en la balanza con sus hermanos europeos legítimos para sopesar virtudes y defectos. Todo bien, pero nos queda el tema de la edad: ¿es aconsejable una diferencia cronológica semejante? ¿Es correcta la comparación  de tabacos actuales con otros que tienen setenta años?


Desde luego que hubiera sido tremendamente interesante realizar la ceremonia con ejemplares añejos en ambos casos, pero eso resulta imposible por el lado del Viejo Mundo. No se conservan toscanos italianos realmente antiguos dentro del coleccionismo de aquel país, y las rarísimas excepciones están fuera de mi alcance (5). Sin más remedio que saltar por encima de un océano de tiempo,  recurrimos al actualmente celebérrimo toscano Extra Vecchio, hecho a máquina con tabaco Kentucky cultivado en Italia y estacionado por seis meses antes de salir al mercado. El cigarro específico que degusté fue extraído de una caja comprada hace dos años, por lo cual corresponde un fechado del año 2015. Por su parte, el Regia Italiana argentino manufacturado por la Societá Anónima Tabacchi Italiani en su legendaria planta porteña del barrio de Villa Real acusa blends de tabacos nacionales e importados, según indica el envase. Aunque no lo dice en ninguna parte, nuestro conocimiento actual sobre aquella notable factoría señala con bastante certeza que  hablamos de un mix todo Kentucky  proveniente de Argentina (Misiones) y USA. La data cronológica del año 1945 se basa en información disponible en el packaging y las estampillas fiscales, tal como explicamos durante la primera evaluación de 2012.


La irregularidad del aspecto exterior del Regia Italiana 1945 delata el armado manual tan bien llevado por aquellas famosas cigarreras que dan nombre a la plaza instalada en el mismo terreno antaño ocupado por la SATI (6). Al encenderlo pudimos verificar un tiro compacto, comprimido sin llegar a ser cerrado. La evolución aromática estaba en sintonía con lo que solemos decir cada vez que probamos toscanos añosos, pero llevándolo al nivel más elevado: mucho equilibrio entre notas minerales que conviven con rasgos de cuero, café,  madera y el infaltable efluvio “viejo” difícil de definir, tal vez como cierto borde que recuerda a sótano. El humo, pleno y envolvente, nunca llega a manifestar ese tono caliente de la combustión exacerbada, ni siquiera luego de dos o tres pitadas intensas. En otras palabras: un puro a la altura de su mítico pasado. ¿Qué hay entonces del Extra Vecchio 2015? Nada que nos sorprenda, pues lo fumamos muy frecuentemente y por lo tanto sabemos que es rico y vigoroso como muchos otros toscani  italianos de nuestros días, de esos que entregan humo y notas ahumadas con generosidad. Resulta arrollador de principio a fin (y eso no está mal), pero si tenemos que parangonarlo con su longevo rival criollo no podemos dejar de señalar que le falta equilibrio y variedad de aromas, quizás incluso calidad de tabaco y estacionamiento. Parece mentira, pero todo nos lleva a inferir que el Extra Vecchio italiano 2015 es un tímido  rival  para el Regia Italiana argentino 1945, y no hay en ello ningún obtuso chauvinismo nacionalista. De hecho -paradójicamente- el ingrediente extranjero está bien presente en la historia del modelo argentino: como sugerí antes, tanto la presencia de técnicos italianos en la SATI como el uso de tabacos foráneos explican bastante bien aquella calidad envidiable, la misma que se apagó durante las décadas posteriores merced a la desaparición física de los últimos y veteranos consumidores de la vieja guardia, tanto aquí como en Italia.


No ha sido esta una cata convencional, mezclando países y tiempos tan alejados entre sí. Pero sirvió para poner de manifiesto, por enésima vez, el grado de calidad que alguna vez alcanzó la industria argentina del cigarro puro en general, y del toscano en particular. ¿Qué modelo italiano de hoy será capaz de “empardar” al Regia Italiana del ayer? ¿Un Antico Toscano? ¿Un Antica Riserva? ¿Acaso un Originale? De todos ellos tengo, así que las posibilidades quedan abiertas…

Notas:

(1) Link a la entrada completa subida en Consumos del Ayer el 13/7/2012: http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2012/07/los-toscanos-italo-argentinos-de-la.html
(2) El lote adquirido a fines de 2010 era de 9 unidades (2 cajas de 4 + 1 suelto). Al día de hoy conservo 2, luego de las degustaciones y diversas fumadas.
(3) En ese grupo de toscanos antiguos aún me quedan representantes de todas las otras marcas que catamos: Avanti (circa 1957) y los rosarinos Génova  y Flor de Mayo (circa 1964).
(4) Es difícil afirmarlo categóricamente en virtud de tantas fábricas y talleres que funcionaron a lo largo de los siglos XIX y XX. No obstante, muchos indicios me llevan a suponer que el cenit cualitativo del toscano nacional pudo lograrse recién en las décadas de 1930 y 1940, y que la SATI fue la manufactura mejor posicionada al respecto.
(5) Una de esas remarcables excepciones fue plasmada aquí el 17 de agosto de 2015 http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2015/08/tres-reliquias-del-pasado-y-una.html. Los especímenes del caso  se conservan  como un patrimonio histórico familiar, como piezas de museo, y por lo tanto no son consumibles. Huelga decir que si ese material cayera alguna vez en manos del autor de este blog, su transformación en humo y ceniza sería cuestión de horas.


(6) Sobre eso también hicimos una entrada en ocasión de su apertura: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2015/10/un-nuevo-espacio-verde-en-cierto-lugar.html  

jueves, 1 de junio de 2017

El caso de Francisco García Cortina, o cuando una fábrica de tabacos se hace humo

“Se ha incendiado una fábrica de cigarros toscanos. Es decir, los toscanos se han convertido en humo y ceniza, lo cual hace innecesaria la intervención de la policía. Porque nadie va a negarnos que han muerto de muerte natural.” Así rezaba el texto de una breve apostilla plasmada en las sección “Menudencias” de la célebre revista Caras y Caretas, más precisamente en su edición correspondiente al 6 de julio de 1907. En ese momento era sólo un chiste, una frase cómica, aunque pocos años después se convertiría en la más dura y palpable realidad para un manufacturero del sector, que además nunca logró recuperarse económicamente del siniestro (1). Así logramos comprobarlo luego de una serie de hallazgos concatenados que se publicaron  en el Boletín Oficial entre los años 1909 y 1912. El caso resulta ser toda una curiosidad histórica, por lo cual decidimos volcarlo como algo diferente y singular dentro de la saga toscanera argentina.


La factoría en cuestión era propiedad de Francisco García Cortina (hijo), sobre quien ya sabíamos algo gracias a un par de solicitudes marcarias efectuadas entre las vísperas y los meses posteriores al centenario. Podemos encontrar la primera el 1 de octubre de 1909, cuando realizó el trámite de rigor para inscribir su rótulo Fioré en la clase 59 correspondiente al tabaco, sus derivados y artículos para fumadores (2). Como puede observarse a continuación, no hay allí referencia alguna sobre cigarros italianos, pero eso cambiaría poco menos de un año más tarde. En efecto, el 17 de noviembre de 1910 se realizó otra diligencia del mismo tenor, esta vez incluyendo un gráfico bastante completo de la etiqueta de una caja de 50 toscanos. Entre los numerosos datos dispuestos (3)  nos quedamos con los más importantes a la hora de confirmar la existencia  inequívoca de un establecimiento tabacalero real y tangible, en especial con la dirección Cochabamba 171 al 175, del barrio porteño de San Telmo.


Hasta ahora  todo parece marchar viento en popa para este industrial emprendedor abocado al negocio de confeccionar -como tantos otros de la época- el cigarro puro de mayor éxito a comienzos del siglo XX, cuyo consumo vernáculo superaba los doscientos millones de unidades anuales. Sin embargo, tal cual dice el viejo dicho, las apariencias engañan. Apenas treinta días después de su segunda solicitud de marca ubicamos cierta resolución de la Administración de Impuestos Internos que presenta un panorama sombrío y preocupante por partida doble: la fábrica de García Cortina no sólo había sufrido un desgraciado accidente, sino que además tenía abultadas deudas con  el fisco.


Recordemos que desde la entrada en vigencia del gravamen que daba nombre a esa administración, era obligatorio adquirir todos los timbres legales necesarios para estampillar los productos tabacaleros en forma previa a su existencia física. No sólo estaba prohibido comercializar cigarros, cigarrillos o tabacos sin estampilla (algo obvio), sino que tampoco podían  permanecer depositados en esa condición dentro de las mismas fábricas. Frente a una requisa sorpresiva de las autoridades fiscales, todos los productos debían estar estampillados, so pena de multas y clausuras. Ello obligaba a adquirir los timbres con anticipación y en grandes cantidades para cubrir las cuotas productivas previstas y los eventuales excesos. Sin embargo, el estado entendía que no todos los manufactureros estaban en condiciones de pagar las sumas pertinentes al contado, por lo cual otorgaba letras de crédito para la cancelación paulatina de tales obligaciones. Incluso, como veremos, llegaba a conceder prórrogas adicionales para aquellos que no pudieran cumplir en tiempo y forma. El contenido del texto que sigue, fechado el 17 de diciembre de 1910, puede resumirse en lo siguiente: García Cortina adeudaba al fisco 22.518 pesos moneda nacional (4) y solicitaba una prórroga de noventa días. Las autoridades accedieron, atentas al hecho de que “las causas que han motivado la falta de cumplimiento por parte del peticionante son debidas al incendio que se ha producido en su fábrica”.


Debió pasar más de un año para que el tema volviera a estar presente en las páginas del Boletín Oficial, y lo que allí se ve no es bueno para el empresario de marras. El 9 de febrero de 1912 se le niega la posibilidad de poner en garantía una partida de 300.000 cigarros importados (5), toda vez que la deuda aún se encontraba impaga y había ascendido a 24.417 pesos. Finalmente, el 21 de febrero, un decreto dispone iniciar las acciones legales correspondientes contra Francisco y también contra un tal José García Cortina, que obraba en carácter de fiador y quizás era su hermano o su primo.  A partir de entonces no hay nuevas apariciones del personaje que nos ocupa, ni de su manufactura, ni de sus marcas.


Al final, según parece, los toscanos de Francisco García Cortina se hicieron humo en todos los sentidos posibles, tanto reales como figurados. No sabemos si el modesto cuerpo de bomberos que existía en ese tiempo acudió el día del incendio, pero podemos inferir que el negocio acabó naufragando en una mar de fuego y deudas…


Notas:

(1) La broma parece haber sido fatalmente profética en más de una ocasión, ya que existió un caso anterior al de García Cortina, que fue el incendio de la gigantesca y aún reciente planta de Avanti en 1909 (se había inaugurado en 1904). Pero la gran diferencia era que ésta contaba con el respaldo de la poderosa Compañía Introductora de Buenos Aires. El resultado es previsible: las instalaciones se reconstruyeron  velozmente y en poco tiempo volvieron a funcionar con normalidad.
(2) En 1912 hubo un reordenamiento y los tabacos pasaron a formar la clase 21.
(3) Incluyendo algunas inscripciones “de fantasía” puramente nominales, como el uso del idioma italiano y la referencia de una supuesta calidad de exportación. Todo eso servía para darle al producto una apariencia de importancia internacional, pero casi nunca respondía a la realidad.
(4) Equivalente a unos 9.800 dólares norteamericanos al cambio de 1910 (alrededor de $ 2,36 por dólar). Según los conversores históricos de dólar a dólar disponibles en la web, eso equivale a casi 240.000 dólares de hoy.
(5) ¿Indica eso que también era importador?  Tal vez, pero resulta más lógico considerar que había trastocado su actividad a causa del siniestro. Si no pudo reconstruir su fábrica (y eso parece), quizás encaró la importación para cumplir compromisos de venta y continuar en el negocio. No olvidemos que en ese entonces la importación de tabacos era muy abundante y variada.