miércoles, 5 de julio de 2017

¿La Argentina o La Virginia? Un hallazgo genera interrogantes sobre la primera fábrica nacional de cigarros italianos

Así como podemos afirmar categóricamente que la primera importación argentina de cigarros italianos fue realizada en 1861, somos muy cautelosos al momento de hacer lo propio con el año exacto en que se inició la manufactura nacional de dicha especialidad, unas dos décadas después. Las dudas del caso involucran un período realmente acotado en términos cronológicos (1), pero el verdadero interrogante que nos desvela en esta ocasión  no pasa por cuándo, sino por quién. Hasta hace poco creíamos que el pionero del puro itálico en este país era Juan Otero, fundador del establecimiento La Argentina, pero una serie de hallazgos vinieron a ponerlo seriamente en duda. En efecto, el acceso a nuevos datos bibliográficos advierten que hubo un industrial de la vieja guardia con tantos méritos como Otero para ser considerado el primer fabricante de tabacos peninsulares afincado en el Río de la Plata.


Sabemos que las actividades tabacaleras de Otero se remontan a 1878, según subrayan numerosas leyendas impresas muchos años después en los envases de sus productos. Sin embargo, las señales concretas de su inclinación por el segmento del  sigaro italiano  aparecen recién en una guía industrial de 1893 y luego en el Censo 1895. Todo indica que para entonces llevaba tiempo dedicado a las labores de nuestro interés , pero estamos hablando de una simple hipótesis en un período que abarca quince años. Considerando que La Argentina producía toda clase de puros, cigarrillos y tabacos sueltos, es tan factible que haya empezado a confeccionar toscanos, cavours y brissagos desde el momento mismo de su fundación en 1878, como que lo haya hecho en 1881, en 1885 o en 1890. No obstante y así las cosas, nadie parecía disputarle a Juan Otero la cucarda histórica de precursor fabril toscanero en territorio patrio. Pero el sondeo metódico del pasado siempre recompensa al investigador persistente, y nos topamos con una sorpresa.


Hete aquí que en una rutinaria y casi desinteresada búsqueda googlera vine a dar con fragmentos de un pequeño libro titulado La industria argentina y la Exposición del Paraná, cuyo contenido está íntegramente dedicado a  dicho evento del año 1886. Allí encontramos cierto párrafo sobre  la empresa Enrique Didiego e Hijo que presenta una serie de productos de reconocida ascendencia itálica (2). Queda claro que el emprendimiento en cuestión fabricaba cigarros peninsulares, pero lo que realmente me intrigaba era el apellido Didiego, muy bien conocido por los seguidores consuetudinarios de este espacio virtual. ¿Tendría algo que ver Enrique Didiego con Donato Didiego, titular de La Virginia, o sea, la que hasta ahora asumíamos como segunda fábrica constituida del toscano nacional? ¿Sería Donato hijo de Enrique? El proceso de búsqueda y comprobación posterior en guías, publicidades, catálogos y textos oficiales antiguos fue largo y engorroso, por lo cual voy a resumir simplemente sus resultados finales: en efecto, Enrique era padre de Donato, y fue el progenitor quien inició la saga de la firma, no en 1883 (como creíamos hasta ahora) sino en 1878. Muchas publicaciones editadas posteriormente citan las actividades tabacaleras de la familia, el año de fundación de la casa, sus diferentes razones sociales y sus cambios de domicilio hasta por lo menos 1920. Todo ello nos brinda una certeza absoluta: la primitiva Enrique Didiego e Hijo no es otra que La Virginia de la calle San José 1556, en el barrio porteño de Constitución. Las imágenes arriba y debajo de este párrafo forman parte del abundante y concluyente repertorio de pruebas.


Más allá de todas sus implicaciones adicionales, el hallazgo corrió cinco años hacia atrás la fundación de La Virginia, ocurrida en 1878, el mismo año que La Argentina. Esto coloca a Enrique Didiego a la par de Juan Otero en cuanto a sus probabilidades de ser el primer manufacturero local de cigarros italianos en general, y de toscanos en particular (3). Desde nuestro punto de vista investigativo, lo visto se ve reforzado por todos los testimonios posteriores, ya que ambas firmas son señaladas excluyentemente como prestigiosos e inveterados paradigmas de actividad  toscanera por Juan Domenech en su Historia del tabaco y por la Guía Descriptiva de los principales establecimientos industriales de la República Argentina de 1895.  Nada de lo que hemos visto en cinco años de sondeos documentales contradice el carácter adelantado de las factorías en cuestión.


¿Podremos llegar aún más lejos en el futuro? Quién sabe: determinar si Otero comenzó antes que Didiego o viceversa es algo verdaderamente difícil, pero la modesta experiencia de este blog demuestra que cada información  “imposible de conseguir”  termina apareciendo, así como así, el día menos pensado.

Notas:

(1) La respuesta al interrogante de cuándo se sitúa en algún punto indeterminado entre 1878 y 1881. Es posible que nunca arribemos a tanto grado de certeza, aunque hay buenos motivos para inclinarse por la segunda referencia. Veamos: 1878 tiene su lógica en el hito fundacional coincidente de La Argentina y La Virginia, pero no hallamos registro alguno como para aseverar inequívocamente que las tales factorías (conocidas ambas por elaborar múltiples derivados del tabaco) iniciaran ese mismo año el armado de cigarros italianos, que bien pudo haber sido una diversificación productiva posterior. La data de 1881, en cambio, proviene de una fuente que podemos estimar seria y atendible: el libro La Producción Argentina en 1892, del economista Dimas Helguera. Sus considerandos incluyen cierta frase incontrovertible sobre la elaboración de cigarros tipo suizo e italiano, que reza textualmente: “iniciada esa industria desde el año 81”. Resulta llamativa la precisión y rigurosidad de una fecha volcada sin ningún atisbo de duda (bien podría haber dicho “a comienzos de la década del 80”),  lo cual nos lleva pensar que el autor sabía de lo que hablaba.  Por ese motivo tomamos esta valoración cronológica como la más confiable, de acuerdo con los alcances actuales de nuestras investigaciones.


(2) Además de los antaño famosos Cavour y Brissago (este último escrito al modo local, con una sola s), vemos también un modelo que aparece esporádicamente en los viejos registros: el Chiaravalle -apuntado burdamente como Cheravale- que representa otra de las intrigas históricas de los cigarros italianos en el siglo XIX. Por lo pronto sabemos que existió y existe todavía una legendaria fábrica de tabacos en la localidad homónima de la provincia de Ancona, que entre 1860 y 1910 elaboró cierto tipo de puros bien reconocibles en su época, aunque desvanecidos con el correr del tiempo. Actualmente la fábrica Chiaravalle produce cigarrillos y tabacos sueltos de cierto renombre.


(3) Hay sólo dos fabricantes que se acercan cronológicamente. Uno es Agustín Grillo, que arribó al país entre 1880 - 1884  y ya estaba establecido con cigarrería propia hacia 1885. El otro es Ángel Toleruti, quien tenía una fábrica de cigarros italianos con todas las letras en 1886, aunque ese es prácticamente el único dato que hemos podido ubicar sobre él.


lunes, 26 de junio de 2017

Confrontando épocas y continentes: Regia Italiana 1945 vs Extra Vecchio 2015

Hace poco menos de un quinquenio realizamos nuestra segunda cata de toscanos en Consumos del Ayer (1), cuyos protagonistas fueron unos singulares Regia Italiana datados en mitad de la década de 1940. Independientemente del renombre, la popularidad y el caudal productivo que alcanzó la marca en cuestión a mediados del siglo XX (casi comparable con Avanti), existe un dato crucial para las finalidades históricas perseguidas por este blog:  se trata de los cigarros más antiguos que hemos podido localizar físicamente hasta el día de hoy, lo que les otorga una jerarquía de reliquias. Tal vez por eso aguardamos casi cinco años antes de echar mano nuevamente a los pocos ejemplares subsistentes (2) con el propósito de efectuar un examen comparativo nunca antes experimentado en Tras las huellas del toscano, que es el contraste entre la producción argentina y la producción italiana.


Al momento de elegir los representantes locales había varias y veteranas opciones (3), aunque nunca tuvimos dudas. ¿Por qué ellos, viejos Regia Italiana, y no otros? Porque parecen ser los toscanos nacionales mejor elaborados de su época y quizás de todos los tiempos (4), así como los más consustanciados con el genuino estilo itálico. Recordemos que la SATI fue una fábrica controlada en forma directa por el gobierno de Italia hasta 1958, incluyendo su jefatura de planta en manos de técnicos peninsulares nativos. De acuerdo con nuestro punto de vista, ese dato implica cierta expertise  que genera un acercamiento de estilos entre la industria tabacalera italiana y su similar vernácula. No obstante, la manera adecuada de confirmar nuestra hipótesis no es otra que el consumo comparativo de sendos especímenes, sin más vueltas. Si los productos de la SATI eran en verdad  tan buenos como creemos, nada mejor que ponerlos en la balanza con sus hermanos europeos legítimos para sopesar virtudes y defectos. Todo bien, pero nos queda el tema de la edad: ¿es aconsejable una diferencia cronológica semejante? ¿Es correcta la comparación  de tabacos actuales con otros que tienen setenta años?


Desde luego que hubiera sido tremendamente interesante realizar la ceremonia con ejemplares añejos en ambos casos, pero eso resulta imposible por el lado del Viejo Mundo. No se conservan toscanos italianos realmente antiguos dentro del coleccionismo de aquel país, y las rarísimas excepciones están fuera de mi alcance (5). Sin más remedio que saltar por encima de un océano de tiempo,  recurrimos al actualmente celebérrimo toscano Extra Vecchio, hecho a máquina con tabaco Kentucky cultivado en Italia y estacionado por seis meses antes de salir al mercado. El cigarro específico que degusté fue extraído de una caja comprada hace dos años, por lo cual corresponde un fechado del año 2015. Por su parte, el Regia Italiana argentino manufacturado por la Societá Anónima Tabacchi Italiani en su legendaria planta porteña del barrio de Villa Real acusa blends de tabacos nacionales e importados, según indica el envase. Aunque no lo dice en ninguna parte, nuestro conocimiento actual sobre aquella notable factoría señala con bastante certeza que  hablamos de un mix todo Kentucky  proveniente de Argentina (Misiones) y USA. La data cronológica del año 1945 se basa en información disponible en el packaging y las estampillas fiscales, tal como explicamos durante la primera evaluación de 2012.


La irregularidad del aspecto exterior del Regia Italiana 1945 delata el armado manual tan bien llevado por aquellas famosas cigarreras que dan nombre a la plaza instalada en el mismo terreno antaño ocupado por la SATI (6). Al encenderlo pudimos verificar un tiro compacto, comprimido sin llegar a ser cerrado. La evolución aromática estaba en sintonía con lo que solemos decir cada vez que probamos toscanos añosos, pero llevándolo al nivel más elevado: mucho equilibrio entre notas minerales que conviven con rasgos de cuero, café,  madera y el infaltable efluvio “viejo” difícil de definir, tal vez como cierto borde que recuerda a sótano. El humo, pleno y envolvente, nunca llega a manifestar ese tono caliente de la combustión exacerbada, ni siquiera luego de dos o tres pitadas intensas. En otras palabras: un puro a la altura de su mítico pasado. ¿Qué hay entonces del Extra Vecchio 2015? Nada que nos sorprenda, pues lo fumamos muy frecuentemente y por lo tanto sabemos que es rico y vigoroso como muchos otros toscani  italianos de nuestros días, de esos que entregan humo y notas ahumadas con generosidad. Resulta arrollador de principio a fin (y eso no está mal), pero si tenemos que parangonarlo con su longevo rival criollo no podemos dejar de señalar que le falta equilibrio y variedad de aromas, quizás incluso calidad de tabaco y estacionamiento. Parece mentira, pero todo nos lleva a inferir que el Extra Vecchio italiano 2015 es un tímido  rival  para el Regia Italiana argentino 1945, y no hay en ello ningún obtuso chauvinismo nacionalista. De hecho -paradójicamente- el ingrediente extranjero está bien presente en la historia del modelo argentino: como sugerí antes, tanto la presencia de técnicos italianos en la SATI como el uso de tabacos foráneos explican bastante bien aquella calidad envidiable, la misma que se apagó durante las décadas posteriores merced a la desaparición física de los últimos y veteranos consumidores de la vieja guardia, tanto aquí como en Italia.


No ha sido esta una cata convencional, mezclando países y tiempos tan alejados entre sí. Pero sirvió para poner de manifiesto, por enésima vez, el grado de calidad que alguna vez alcanzó la industria argentina del cigarro puro en general, y del toscano en particular. ¿Qué modelo italiano de hoy será capaz de “empardar” al Regia Italiana del ayer? ¿Un Antico Toscano? ¿Un Antica Riserva? ¿Acaso un Originale? De todos ellos tengo, así que las posibilidades quedan abiertas…

Notas:

(1) Link a la entrada completa subida en Consumos del Ayer el 13/7/2012: http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2012/07/los-toscanos-italo-argentinos-de-la.html
(2) El lote adquirido a fines de 2010 era de 9 unidades (2 cajas de 4 + 1 suelto). Al día de hoy conservo 2, luego de las degustaciones y diversas fumadas.
(3) En ese grupo de toscanos antiguos aún me quedan representantes de todas las otras marcas que catamos: Avanti (circa 1957) y los rosarinos Génova  y Flor de Mayo (circa 1964).
(4) Es difícil afirmarlo categóricamente en virtud de tantas fábricas y talleres que funcionaron a lo largo de los siglos XIX y XX. No obstante, muchos indicios me llevan a suponer que el cenit cualitativo del toscano nacional pudo lograrse recién en las décadas de 1930 y 1940, y que la SATI fue la manufactura mejor posicionada al respecto.
(5) Una de esas remarcables excepciones fue plasmada aquí el 17 de agosto de 2015 http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2015/08/tres-reliquias-del-pasado-y-una.html. Los especímenes del caso  se conservan  como un patrimonio histórico familiar, como piezas de museo, y por lo tanto no son consumibles. Huelga decir que si ese material cayera alguna vez en manos del autor de este blog, su transformación en humo y ceniza sería cuestión de horas.


(6) Sobre eso también hicimos una entrada en ocasión de su apertura: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2015/10/un-nuevo-espacio-verde-en-cierto-lugar.html  

jueves, 1 de junio de 2017

El caso de Francisco García Cortina, o cuando una fábrica de tabacos se hace humo

“Se ha incendiado una fábrica de cigarros toscanos. Es decir, los toscanos se han convertido en humo y ceniza, lo cual hace innecesaria la intervención de la policía. Porque nadie va a negarnos que han muerto de muerte natural.” Así rezaba el texto de una breve apostilla plasmada en las sección “Menudencias” de la célebre revista Caras y Caretas, más precisamente en su edición correspondiente al 6 de julio de 1907. En ese momento era sólo un chiste, una frase cómica, aunque pocos años después se convertiría en la más dura y palpable realidad para un manufacturero del sector, que además nunca logró recuperarse económicamente del siniestro (1). Así logramos comprobarlo luego de una serie de hallazgos concatenados que se publicaron  en el Boletín Oficial entre los años 1909 y 1912. El caso resulta ser toda una curiosidad histórica, por lo cual decidimos volcarlo como algo diferente y singular dentro de la saga toscanera argentina.


La factoría en cuestión era propiedad de Francisco García Cortina (hijo), sobre quien ya sabíamos algo gracias a un par de solicitudes marcarias efectuadas entre las vísperas y los meses posteriores al centenario. Podemos encontrar la primera el 1 de octubre de 1909, cuando realizó el trámite de rigor para inscribir su rótulo Fioré en la clase 59 correspondiente al tabaco, sus derivados y artículos para fumadores (2). Como puede observarse a continuación, no hay allí referencia alguna sobre cigarros italianos, pero eso cambiaría poco menos de un año más tarde. En efecto, el 17 de noviembre de 1910 se realizó otra diligencia del mismo tenor, esta vez incluyendo un gráfico bastante completo de la etiqueta de una caja de 50 toscanos. Entre los numerosos datos dispuestos (3)  nos quedamos con los más importantes a la hora de confirmar la existencia  inequívoca de un establecimiento tabacalero real y tangible, en especial con la dirección Cochabamba 171 al 175, del barrio porteño de San Telmo.


Hasta ahora  todo parece marchar viento en popa para este industrial emprendedor abocado al negocio de confeccionar -como tantos otros de la época- el cigarro puro de mayor éxito a comienzos del siglo XX, cuyo consumo vernáculo superaba los doscientos millones de unidades anuales. Sin embargo, tal cual dice el viejo dicho, las apariencias engañan. Apenas treinta días después de su segunda solicitud de marca ubicamos cierta resolución de la Administración de Impuestos Internos que presenta un panorama sombrío y preocupante por partida doble: la fábrica de García Cortina no sólo había sufrido un desgraciado accidente, sino que además tenía abultadas deudas con  el fisco.


Recordemos que desde la entrada en vigencia del gravamen que daba nombre a esa administración, era obligatorio adquirir todos los timbres legales necesarios para estampillar los productos tabacaleros en forma previa a su existencia física. No sólo estaba prohibido comercializar cigarros, cigarrillos o tabacos sin estampilla (algo obvio), sino que tampoco podían  permanecer depositados en esa condición dentro de las mismas fábricas. Frente a una requisa sorpresiva de las autoridades fiscales, todos los productos debían estar estampillados, so pena de multas y clausuras. Ello obligaba a adquirir los timbres con anticipación y en grandes cantidades para cubrir las cuotas productivas previstas y los eventuales excesos. Sin embargo, el estado entendía que no todos los manufactureros estaban en condiciones de pagar las sumas pertinentes al contado, por lo cual otorgaba letras de crédito para la cancelación paulatina de tales obligaciones. Incluso, como veremos, llegaba a conceder prórrogas adicionales para aquellos que no pudieran cumplir en tiempo y forma. El contenido del texto que sigue, fechado el 17 de diciembre de 1910, puede resumirse en lo siguiente: García Cortina adeudaba al fisco 22.518 pesos moneda nacional (4) y solicitaba una prórroga de noventa días. Las autoridades accedieron, atentas al hecho de que “las causas que han motivado la falta de cumplimiento por parte del peticionante son debidas al incendio que se ha producido en su fábrica”.


Debió pasar más de un año para que el tema volviera a estar presente en las páginas del Boletín Oficial, y lo que allí se ve no es bueno para el empresario de marras. El 9 de febrero de 1912 se le niega la posibilidad de poner en garantía una partida de 300.000 cigarros importados (5), toda vez que la deuda aún se encontraba impaga y había ascendido a 24.417 pesos. Finalmente, el 21 de febrero, un decreto dispone iniciar las acciones legales correspondientes contra Francisco y también contra un tal José García Cortina, que obraba en carácter de fiador y quizás era su hermano o su primo.  A partir de entonces no hay nuevas apariciones del personaje que nos ocupa, ni de su manufactura, ni de sus marcas.


Al final, según parece, los toscanos de Francisco García Cortina se hicieron humo en todos los sentidos posibles, tanto reales como figurados. No sabemos si el modesto cuerpo de bomberos que existía en ese tiempo acudió el día del incendio, pero podemos inferir que el negocio acabó naufragando en una mar de fuego y deudas…


Notas:

(1) La broma parece haber sido fatalmente profética en más de una ocasión, ya que existió un caso anterior al de García Cortina, que fue el incendio de la gigantesca y aún reciente planta de Avanti en 1909 (se había inaugurado en 1904). Pero la gran diferencia era que ésta contaba con el respaldo de la poderosa Compañía Introductora de Buenos Aires. El resultado es previsible: las instalaciones se reconstruyeron  velozmente y en poco tiempo volvieron a funcionar con normalidad.
(2) En 1912 hubo un reordenamiento y los tabacos pasaron a formar la clase 21.
(3) Incluyendo algunas inscripciones “de fantasía” puramente nominales, como el uso del idioma italiano y la referencia de una supuesta calidad de exportación. Todo eso servía para darle al producto una apariencia de importancia internacional, pero casi nunca respondía a la realidad.
(4) Equivalente a unos 9.800 dólares norteamericanos al cambio de 1910 (alrededor de $ 2,36 por dólar). Según los conversores históricos de dólar a dólar disponibles en la web, eso equivale a casi 240.000 dólares de hoy.
(5) ¿Indica eso que también era importador?  Tal vez, pero resulta más lógico considerar que había trastocado su actividad a causa del siniestro. Si no pudo reconstruir su fábrica (y eso parece), quizás encaró la importación para cumplir compromisos de venta y continuar en el negocio. No olvidemos que en ese entonces la importación de tabacos era muy abundante y variada.

lunes, 8 de mayo de 2017

Ecos de la gran guerra europea en las marcas argentinas de toscanos

El bloque conocido históricamente como “aliado” no fue similar en las dos grandes guerras del siglo XX. Al respecto, las mayores contradicciones estuvieron encarnadas por Italia y Japón, que pasaron de ser naciones aliadas en la Primera (junto a Francia, Gran Bretaña y USA) a formar parte del llamado eje durante la Segunda, en franca colaboración con Alemania. El caso italiano es particularmente interesante debido a un dato no siempre conocido: su principal enemigo entre 1914 y 1918 fue una “superpotencia” de la época destinada a desaparecer: el Impero Austro Húngaro (1). La rivalidad entre ambos países era de larga data, toda vez que los peninsulares habían logrado reconquistar una importante porción del Véneto y el Friuli como parte del proceso de unificación  nacional culminado hacia 1870. Esas disputas parecían superadas para 1910, pero la chispa encendida en Sarajevo el 18 de junio de 1914 (2) reavivó la vieja llama del odio entre italianos y austríacos, junto con tantas otras.


En semejante contexto, el llamado frente italiano de la Primera Guerra Mundial comprendió casi excluyentemente la parte noreste del país, cuyo relieve accidentado hizo protagonistas a las divisiones alpinas entrenadas para combatir en alta montaña.  El desarrollo de los eventos bélicos puede resumirse en tres etapas, comenzando por las primeras ofensivas italianas que culminaron con la dramática derrota de Isonzo (1915) . La situación se hizo estable hacia 1916 e incluso permitió a las armas de la península obtener algunas victorias. Frente a ello, el ejército alemán acudió en auxilio de los austro húngaros para realizar una ofensiva conjunta y forzar el repliegue italiano hasta el río Piave (1917). No obstante una eventual superioridad estratégica, el desgaste físico y moral iba minando la capacidad militar austríaca y alemana, lo cual no fue desaprovechado por su contraparte. Pocas semanas antes de firmarse el armisticio, las fuerzas de Italia  irrumpieron por toda la región y derrotaron definitivamente al enemigo en la batalla de Vittorio Véneto, librada a lo largo de varios días entre fines de octubre y principios de noviembre de 1918.


Tales sucesos fueron seguidos con extremo interés por la colectividad italiana establecida en nuestro país. Siendo el típico cigarro toscano un producto de amplísimo consumo, tampoco resulta extraña la consecuente correlación entre el conflicto armado  y las marcas del sector. Así sucedió al menos en dos oportunidades que pudimos acreditar fehacientemente gracias a viejas ediciones del siempre útil Boletín Oficial. El primer caso corresponde a Leopoldo Raffo, un fabricante poco documentado en el pasado tabacalero argentino, pero del que al menos sabemos algo: el 12 de marzo de 1915 realizó una primera solicitud para el rótulo A Trieste, apoyada el 19 de noviembre del mismo año con otra presentación donde constan colores y diseño. Por si había alguna duda, en esta segunda ocasión se aclara el carácter de puros toscanos.


Al año siguiente, el manufacturero Adolfo Estapé Amat hizo lo propio con cierta etiqueta  más parecida a un eslogan comercial que una marca propiamente dicha. La misma reza textualmente “fumen toscanos A Goritzia, son los mejores”. Tenemos algunos datos sobre el empresario tabacalero de marras, quien era propietario de La Mulata, una fábrica que funcionó durante las décadas de 1910 y 1920. En ese período acredita dos domicilios en los barrios capitalinos de San Cristóbal y Parque Patricios, a la vez de realizar diversas gestiones para el registro de cigarros y cigarrillos (3).


Ahora bien, ¿cómo sabemos que esas marcas hacían referencia a los episodios del frente italiano en la Primera Guerra Mundial? Porque los indicios al respecto son contundentes, tal cual comprobaremos a continuación. En primer lugar, las ciudades de Trieste y Goritzia (más conocida como Gorizia) estaban situadas en pleno territorio disputado, según puede observarse en el mapa. Si consideramos que ambos eran topónimos, el uso de la preposición “a” cobra claramente el mismo significado de “ir hacia”, con un fuerte ingrediente de avanzar, marchar y acometer. Además, las fechas son perfectamente coincidentes con los progresos y retrocesos experimentados por el ejército italiano: Trieste estaba en la mira de los primeros éxitos de 1915, mientras que Gorizia fue fugazmente conquistada por la fuerzas del general Luigi Cadorna (4) en agosto de 1916. Un último testimonio nos da plena seguridad del sentimiento patriótico de la época: en 1918, el mismo Adolfo Amat tramitó su rótulo Piave junto con la imagen de un soldado defendiendo el río homónimo, que fue frontera bélica durante los meses previos al avance final de las tropas peninsulares.


La guerra en Europa, la colectividad italiana y los toscanos. Tres elementos que alguna vez estuvieron conectados de manera singular, aquí, en la Argentina.

Notas:

(1) El Impero Austro Húngaro, también conocido como Austria-Hungría, fue un estado monárquico creado a mediados del siglo XIX en función de alianzas, tratados y conquistas territoriales que abarcaban prácticamente todo el centro de Europa. Tal cual el nombre sugiere, sus protagonistas eran los reinos de Austria y Hungría, pero el vasto territorio en cuestión contenía asimismo -total o parcialmente-  a las actuales Eslovaquia, República Checa, Croacia, Eslovenia, Polonia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Ucrania, Rumania  y ciertos dominios temporales en el noreste de Italia. Es sencillo imaginar las dificultades administrativas (y de toda índole) que implicaba la tarea gubernativa frente a tamaña multiplicidad de etnias y culturas. Como dato ilustrativo basta el siguiente: aunque sus lenguas oficiales eran el alemán y el húngaro, en el impero existían otros once idiomas activos, sin contar los dialectos regionales.


(2) Que fue el asesinato del Archiduque Francisco Fernando (heredero del trono austro-húngaro) y su esposa a manos de un nacionalista serbio.
(3) Es posible chequearlas en el catálogo de fabricantes del CPCCA:
(4) No vamos a presentar una biografía del general Cadorna, pero vale la pena destacar su curioso caso, ya que el término cadorna se utiliza en la jerga lunfarda argentina para definir algo de baja calidad. Y no es para menos: las sucesivas derrotas sufridas por las fuerzas a su mando en 1917 hicieron que acabara siendo relevado. Su reemplazante fue el ítalo español Armando Díaz, vencedor en Vittorio Véneto. 


sábado, 8 de abril de 2017

Entran tres, sale una

Como bien saben nuestros seguidores más veteranos, entre los compromisos históricos irrenunciables de este blog se encuentra el de buscar antiguas factorías argentinas de cigarros italianos. Ello supone un minucioso análisis de testimonios capaces de acreditar inequívocamente su funcionamiento en algún momento del pasado, tales como añejas  publicidades, menciones en guías de la industria, solicitudes para el registro de marcas comerciales o citas en documentos públicos de corte impositivo y jurídico. Mientras tanto van apareciendo nuevos datos sobre manufacturas bien chequeadas como tales, relativas a fechas de apertura y cierre (1), cambios de domicilio e identidad de sus propietarios.  Por lo tanto, aunque presentemos nuestro listado de fábricas muy de vez en cuando, éste sufre pequeñas modificaciones y se actualiza de manera constante.


Luego de quince meses desde su última publicación, ciertos hallazgos ameritan una nueva entrada sobre el tema, incluyendo  un hecho inédito hasta ahora. Así como logramos ubicar  otros tres viejos establecimientos toscaneros (dos de ellos, de existencia irrefutable), también descubrimos indicios que nos llevan a eliminar una de las firmas  que teníamos en la nómina . Pero vayamos ordenadamente en tiempo y forma. Pudimos ubicar al primero de estos emprendedores tabacaleros merced a una fuente que parece inagotable: aquel juicio por falsificación que el importador exclusivo de tabacos italianos W Paats, Roche y Cía promovió a fines del siglo XIX contra diversas fábricas nacionales encabezadas por La Suiza, de la ciudad de Rosario. Gracias a dicha causa judicial habíamos descubierto  el establecimiento de  Francisco Quaranta, y ahora (luego de una lectura más profunda de sus muchas páginas) hicimos lo propio con el taller de Félix Marcovecchio, llamado “La Nacional” (2). El fragmento del texto expuesto a continuación hace innecesarias mayores explicaciones respecto a la completa seguridad de que tanto Quaranta como Marcovecchio confeccionaban toscanos y demás puros peninsulares.


Un punto curioso es que ambos tenían domicilio declarado en la sección 15ª, conformada entonces por parte de los actuales barrios de Retiro y Recoleta. Si según los denunciantes -además de Rosario- había tantos imitadores y falsificadores del genuino cigarro itálico haciendo de las suyas en la Ciudad de Buenos Aires, ¿por qué eligieron justamente a esos dos? Vale añadir que Marcovecchio estaba incluido en la lista de cigarreros italianos del censo 1895 que subimos y analizamos en septiembre de 2015, por lo que su confirmación viene a respaldar  nuestra  teoría de que todos los nombres involucrados eran fabricantes de toscanos, aunque sus respectivas fichas censales no lo dijeran explícitamente (3). Verificamos asimismo que permaneció en el rubro por al menos una década y media más, ya que el 14 de abril de 1910 tramitó la solicitud para el registro de su marca Veri (en español, Real -de realidad-).


El segundo caso es tan simple como categórico. Se trata de Juan Bertolotti, su fábrica La Imperial y sus toscanos Per Tutti (en español, Para Todos), elaborados en la calle Maipú  1195 de la ciudad de Rosario. Primeramente habíamos encontrado una solicitud de registro tipográfico (únicamente texto) en 1907, y así estuvimos por bastante tiempo, rumiando el hecho de que ese nombre por sí solo sonaba a toscanos. Pero eso, por supuesto, no era suficiente. Tiempo después y sondeos históricos mediante se cumplió nuestra corazonada: otra solicitud de marca presentada en 1910 exhibe la imagen completa del paquete. De modo bienaventurado, Bertolotti no escatimó caracteres ni espacio a lo hora de colocar todos los datos necesarios para formar parte de nuestra lista: la indubitable  palabra “toscanos”, cinco imágenes de sus siluetas (por si fuera poco),  el domicilio de la firma y su propia identidad como dueño, amén de la singular leyenda “elaborados con puro tabaco Virginia”. La fecha de publicación en el Boletín Oficial nos brinda además una valiosa orientación sobre su época de funcionamiento, al menos en los comienzos de la empresa (4).


El tercer hallazgo resulta mucho menos rotundo: una única y aislada solicitud para registrar cierta etiqueta de toscanos con precisión sobre sus colores (dos bandas violetas bordeando una blanca), pero sin ninguna referencia nominal. El trámite fue efectuado en agosto de 1910 a nombre de Castagnola y Cía, razón social de la que, por ahora, no encontramos referencia alguna, tanto anterior como posterior. Por tal motivo lo incluimos como una establecimiento semi-chequeado hasta tanto logremos ubicar  domicilio, marcas y otros datos básicos de constatación. En nuestro listado, las empresas con dichas características son las que aparecen en color rojo y letra cursiva.

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Y uno de estos semi-chequedos era Lampe y Gaertner, del cual hallamos un par de solicitudes marcarias para sus toscanos Abruzzi y Aída allá por 2014 (entrada del 16 de junio de ese año). Sin otras referencias confirmatorias, la misteriosa firma permaneció en esa condición latente durante mucho tiempo. Pero había en ella algo que no me cerraba. Decidido a aclarar el asunto empecé a buscar otras menciones en textos y publicaciones de época, y poco a poco fui incrementando la sensación de que los señores Enrique Lampe y Rodolfo Gaertner no eran manufactureros sino importadores. Sería muy engorroso señalar aquí cada uno de los pasos que me llevaron a semejante conclusión, pero basta mencionar el último y definitivo: una solicitud efectuada por los susodichos en 1915 para el registro de la marca Reliance, referida no a tabacos sino a… sardinas. ¿Qué clase de fabricante de cigarros solicita una marca para nominar sardinas? Solamente aquel que no es fabricante sino importador, de tabacos, bebidas y alimentos. Con esa certeza decidí retirar a Lampe y Gaertner de la lista. Eso no les quita méritos como protagonistas de la historia toscanera nacional, pero ya  no desde el costado de la elaboración, sino del de la importación. No está de más decir que resulta  tanto o más difícil encontrar precisiones sobre importadores que sobre fabricantes, teniendo en cuenta que a comienzos del siglo XX, además de los genuinos ejemplares italianos , se introducían toscanos suizos y de otros orígenes exóticos (ya hablaré de eso algún día). Además, el negocio importador suele ser mucho más efímero e irregular que el de la manufactura.


Con tres ingresos y una salida, nuestro repertorio acusa al día de hoy 44 ítems, de los cuales 38 están chequeados al 100% y los otros seis están en proceso “de prueba”. Seguramente habrá novedades en el futuro, mientras vamos construyendo lentamente la historia del cigarro más popular en la Argentina de los últimos ciento cincuenta años.

Notas:

(1) Un reciente hallazgo relativo a ese dato abre cierto interrogante que analizaremos próximamente: ¿cuál fue la primera fábrica argentina de cigarros italianos? Hasta ahora asumíamos que era La Argentina, de Juan Otero, fundada en 1878, pero resulta que su competidora cronológica más cercana, La Virginia, no comenzó sus labores en 1883 de la mano de Donato Didiego (como pensábamos hasta ahora), sino también en 1878, y a cargo de Enrique Didiego, padre de Donato. Sobre esta pequeña intriga histórica (que nos atrae sobremanera)  haremos una entrada dentro de poco.
(2) En el censo fabril de 1895 Marcovecchio declara tener un solo empleado bajo su órbita. Por eso hablo de “taller” y no de fábrica, aunque para el caso y en un sentido general significan lo mismo.
(3) Hay varios personajes de aquel registro que estoy investigando con cierto detalle en función de indicios que podrían corroborar su actividad toscanera, si bien por ahora no puedo confirmarlos fehacientemente. Ellos son Botti y Ramírez, Caligaris y Terzano, Carlos Ricotti, Bernardo Corso, Severo Bonani, Cayetano Sturla y Tito Zabini.
(4) A falta de vestigios posteriores, prudentemente le asigné una vida extendida hasta 1930, aunque es muy probable que el producto haya logrado subsistir por varios decenios más. Hace tiempo encontré cierto sitio de internet que rememoraba viejas marcas de artículos populares en Rosario por la década de 1960, incluyendo los “Toscanitos Per Tutti”. No había allí imágenes de ningún tipo para avalarlo (una foto del paquete, una publicidad gráfica o un añejo cartel callejero hubieran sido suficientes), y por eso se trata sólo de probabilidades, pero bien fundamentadas.