lunes, 8 de mayo de 2017

Ecos de la gran guerra europea en las marcas argentinas de toscanos

El bloque conocido históricamente como “aliado” no fue similar en las dos grandes guerras del siglo XX. Al respecto, las mayores contradicciones estuvieron encarnadas por Italia y Japón, que pasaron de ser naciones aliadas en la Primera (junto a Francia, Gran Bretaña y USA) a formar parte del llamado eje durante la Segunda, en franca colaboración con Alemania. El caso italiano es particularmente interesante debido a un dato no siempre conocido: su principal enemigo entre 1914 y 1918 fue una “superpotencia” de la época destinada a desaparecer: el Impero Austro Húngaro (1). La rivalidad entre ambos países era de larga data, toda vez que los peninsulares habían logrado reconquistar una importante porción del Véneto y el Friuli como parte del proceso de unificación  nacional culminado hacia 1870. Esas disputas parecían superadas para 1910, pero la chispa encendida en Sarajevo el 18 de junio de 1914 (2) reavivó la vieja llama del odio entre italianos y austríacos, junto con tantas otras.


En semejante contexto, el llamado frente italiano de la Primera Guerra Mundial comprendió casi excluyentemente la parte noreste del país, cuyo relieve accidentado hizo protagonistas a las divisiones alpinas entrenadas para combatir en alta montaña.  El desarrollo de los eventos bélicos puede resumirse en tres etapas, comenzando por las primeras ofensivas italianas que culminaron con la dramática derrota de Isonzo (1915) . La situación se hizo estable hacia 1916 e incluso permitió a las armas de la península obtener algunas victorias. Frente a ello, el ejército alemán acudió en auxilio de los austro húngaros para realizar una ofensiva conjunta y forzar el repliegue italiano hasta el río Piave (1917). No obstante una eventual superioridad estratégica, el desgaste físico y moral iba minando la capacidad militar austríaca y alemana, lo cual no fue desaprovechado por su contraparte. Pocas semanas antes de firmarse el armisticio, las fuerzas de Italia  irrumpieron por toda la región y derrotaron definitivamente al enemigo en la batalla de Vittorio Véneto, librada a lo largo de varios días entre fines de octubre y principios de noviembre de 1918.


Tales sucesos fueron seguidos con extremo interés por la colectividad italiana establecida en nuestro país. Siendo el típico cigarro toscano un producto de amplísimo consumo, tampoco resulta extraña la consecuente correlación entre el conflicto armado  y las marcas del sector. Así sucedió al menos en dos oportunidades que pudimos acreditar fehacientemente gracias a viejas ediciones del siempre útil Boletín Oficial. El primer caso corresponde a Leopoldo Raffo, un fabricante poco documentado en el pasado tabacalero argentino, pero del que al menos sabemos algo: el 12 de marzo de 1915 realizó una primera solicitud para el rótulo A Trieste, apoyada el 19 de noviembre del mismo año con otra presentación donde constan colores y diseño. Por si había alguna duda, en esta segunda ocasión se aclara el carácter de puros toscanos.


Al año siguiente, el manufacturero Adolfo Estapé Amat hizo lo propio con cierta etiqueta  más parecida a un eslogan comercial que una marca propiamente dicha. La misma reza textualmente “fumen toscanos A Goritzia, son los mejores”. Tenemos algunos datos sobre el empresario tabacalero de marras, quien era propietario de La Mulata, una fábrica que funcionó durante las décadas de 1910 y 1920. En ese período acredita dos domicilios en los barrios capitalinos de San Cristóbal y Parque Patricios, a la vez de realizar diversas gestiones para el registro de cigarros y cigarrillos (3).


Ahora bien, ¿cómo sabemos que esas marcas hacían referencia a los episodios del frente italiano en la Primera Guerra Mundial? Porque los indicios al respecto son contundentes, tal cual comprobaremos a continuación. En primer lugar, las ciudades de Trieste y Goritzia (más conocida como Gorizia) estaban situadas en pleno territorio disputado, según puede observarse en el mapa. Si consideramos que ambos eran topónimos, el uso de la preposición “a” cobra claramente el mismo significado de “ir hacia”, con un fuerte ingrediente de avanzar, marchar y acometer. Además, las fechas son perfectamente coincidentes con los progresos y retrocesos experimentados por el ejército italiano: Trieste estaba en la mira de los primeros éxitos de 1915, mientras que Gorizia fue fugazmente conquistada por la fuerzas del general Luigi Cadorna (4) en agosto de 1916. Un último testimonio nos da plena seguridad del sentimiento patriótico de la época: en 1918, el mismo Adolfo Amat tramitó su rótulo Piave junto con la imagen de un soldado defendiendo el río homónimo, que fue frontera bélica durante los meses previos al avance final de las tropas peninsulares.


La guerra en Europa, la colectividad italiana y los toscanos. Tres elementos que alguna vez estuvieron conectados de manera singular, aquí, en la Argentina.

Notas:

(1) El Impero Austro Húngaro, también conocido como Austria-Hungría, fue un estado monárquico creado a mediados del siglo XIX en función de alianzas, tratados y conquistas territoriales que abarcaban prácticamente todo el centro de Europa. Tal cual el nombre sugiere, sus protagonistas eran los reinos de Austria y Hungría, pero el vasto territorio en cuestión contenía asimismo -total o parcialmente-  a las actuales Eslovaquia, República Checa, Croacia, Eslovenia, Polonia, Bosnia Herzegovina, Montenegro, Ucrania, Rumania  y ciertos dominios temporales en el noreste de Italia. Es sencillo imaginar las dificultades administrativas (y de toda índole) que implicaba la tarea gubernativa frente a tamaña multiplicidad de etnias y culturas. Como dato ilustrativo basta el siguiente: aunque sus lenguas oficiales eran el alemán y el húngaro, en el impero existían otros once idiomas activos, sin contar los dialectos regionales.


(2) Que fue el asesinato del Archiduque Francisco Fernando (heredero del trono austro-húngaro) y su esposa a manos de un nacionalista serbio.
(3) Es posible chequearlas en el catálogo de fabricantes del CPCCA:
(4) No vamos a presentar una biografía del general Cadorna, pero vale la pena destacar su curioso caso, ya que el término cadorna se utiliza en la jerga lunfarda argentina para definir algo de baja calidad. Y no es para menos: las sucesivas derrotas sufridas por las fuerzas a su mando en 1917 hicieron que acabara siendo relevado. Su reemplazante fue el ítalo español Armando Díaz, vencedor en Vittorio Véneto. 


sábado, 8 de abril de 2017

Entran tres, sale una

Como bien saben nuestros seguidores más veteranos, entre los compromisos históricos irrenunciables de este blog se encuentra el de buscar antiguas factorías argentinas de cigarros italianos. Ello supone un minucioso análisis de testimonios capaces de acreditar inequívocamente su funcionamiento en algún momento del pasado, tales como añejas  publicidades, menciones en guías de la industria, solicitudes para el registro de marcas comerciales o citas en documentos públicos de corte impositivo y jurídico. Mientras tanto van apareciendo nuevos datos sobre manufacturas bien chequeadas como tales, relativas a fechas de apertura y cierre (1), cambios de domicilio e identidad de sus propietarios.  Por lo tanto, aunque presentemos nuestro listado de fábricas muy de vez en cuando, éste sufre pequeñas modificaciones y se actualiza de manera constante.


Luego de quince meses desde su última publicación, ciertos hallazgos ameritan una nueva entrada sobre el tema, incluyendo  un hecho inédito hasta ahora. Así como logramos ubicar  otros tres viejos establecimientos toscaneros (dos de ellos, de existencia irrefutable), también descubrimos indicios que nos llevan a eliminar una de las firmas  que teníamos en la nómina . Pero vayamos ordenadamente en tiempo y forma. Pudimos ubicar al primero de estos emprendedores tabacaleros merced a una fuente que parece inagotable: aquel juicio por falsificación que el importador exclusivo de tabacos italianos W Paats, Roche y Cía promovió a fines del siglo XIX contra diversas fábricas nacionales encabezadas por La Suiza, de la ciudad de Rosario. Gracias a dicha causa judicial habíamos descubierto  el establecimiento de  Francisco Quaranta, y ahora (luego de una lectura más profunda de sus muchas páginas) hicimos lo propio con el taller de Félix Marcovecchio, llamado “La Nacional” (2). El fragmento del texto expuesto a continuación hace innecesarias mayores explicaciones respecto a la completa seguridad de que tanto Quaranta como Marcovecchio confeccionaban toscanos y demás puros peninsulares.


Un punto curioso es que ambos tenían domicilio declarado en la sección 15ª, conformada entonces por parte de los actuales barrios de Retiro y Recoleta. Si según los denunciantes -además de Rosario- había tantos imitadores y falsificadores del genuino cigarro itálico haciendo de las suyas en la Ciudad de Buenos Aires, ¿por qué eligieron justamente a esos dos? Vale añadir que Marcovecchio estaba incluido en la lista de cigarreros italianos del censo 1895 que subimos y analizamos en septiembre de 2015, por lo que su confirmación viene a respaldar  nuestra  teoría de que todos los nombres involucrados eran fabricantes de toscanos, aunque sus respectivas fichas censales no lo dijeran explícitamente (3). Verificamos asimismo que permaneció en el rubro por al menos una década y media más, ya que el 14 de abril de 1910 tramitó la solicitud para el registro de su marca Veri (en español, Real -de realidad-).


El segundo caso es tan simple como categórico. Se trata de Juan Bertolotti, su fábrica La Imperial y sus toscanos Per Tutti (en español, Para Todos), elaborados en la calle Maipú  1195 de la ciudad de Rosario. Primeramente habíamos encontrado una solicitud de registro tipográfico (únicamente texto) en 1907, y así estuvimos por bastante tiempo, rumiando el hecho de que ese nombre por sí solo sonaba a toscanos. Pero eso, por supuesto, no era suficiente. Tiempo después y sondeos históricos mediante se cumplió nuestra corazonada: otra solicitud de marca presentada en 1910 exhibe la imagen completa del paquete. De modo bienaventurado, Bertolotti no escatimó caracteres ni espacio a lo hora de colocar todos los datos necesarios para formar parte de nuestra lista: la indubitable  palabra “toscanos”, cinco imágenes de sus siluetas (por si fuera poco),  el domicilio de la firma y su propia identidad como dueño, amén de la singular leyenda “elaborados con puro tabaco Virginia”. La fecha de publicación en el Boletín Oficial nos brinda además una valiosa orientación sobre su época de funcionamiento, al menos en los comienzos de la empresa (4).


El tercer hallazgo resulta mucho menos rotundo: una única y aislada solicitud para registrar cierta etiqueta de toscanos con precisión sobre sus colores (dos bandas violetas bordeando una blanca), pero sin ninguna referencia nominal. El trámite fue efectuado en agosto de 1910 a nombre de Castagnola y Cía, razón social de la que, por ahora, no encontramos referencia alguna, tanto anterior como posterior. Por tal motivo lo incluimos como una establecimiento semi-chequeado hasta tanto logremos ubicar  domicilio, marcas y otros datos básicos de constatación. En nuestro listado, las empresas con dichas características son las que aparecen en color rojo y letra cursiva.

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Y uno de estos semi-chequedos era Lampe y Gaertner, del cual hallamos un par de solicitudes marcarias para sus toscanos Abruzzi y Aída allá por 2014 (entrada del 16 de junio de ese año). Sin otras referencias confirmatorias, la misteriosa firma permaneció en esa condición latente durante mucho tiempo. Pero había en ella algo que no me cerraba. Decidido a aclarar el asunto empecé a buscar otras menciones en textos y publicaciones de época, y poco a poco fui incrementando la sensación de que los señores Enrique Lampe y Rodolfo Gaertner no eran manufactureros sino importadores. Sería muy engorroso señalar aquí cada uno de los pasos que me llevaron a semejante conclusión, pero basta mencionar el último y definitivo: una solicitud efectuada por los susodichos en 1915 para el registro de la marca Reliance, referida no a tabacos sino a… sardinas. ¿Qué clase de fabricante de cigarros solicita una marca para nominar sardinas? Solamente aquel que no es fabricante sino importador, de tabacos, bebidas y alimentos. Con esa certeza decidí retirar a Lampe y Gaertner de la lista. Eso no les quita méritos como protagonistas de la historia toscanera nacional, pero ya  no desde el costado de la elaboración, sino del de la importación. No está de más decir que resulta  tanto o más difícil encontrar precisiones sobre importadores que sobre fabricantes, teniendo en cuenta que a comienzos del siglo XX, además de los genuinos ejemplares italianos , se introducían toscanos suizos y de otros orígenes exóticos (ya hablaré de eso algún día). Además, el negocio importador suele ser mucho más efímero e irregular que el de la manufactura.


Con tres ingresos y una salida, nuestro repertorio acusa al día de hoy 44 ítems, de los cuales 38 están chequeados al 100% y los otros seis están en proceso “de prueba”. Seguramente habrá novedades en el futuro, mientras vamos construyendo lentamente la historia del cigarro más popular en la Argentina de los últimos ciento cincuenta años.

Notas:

(1) Un reciente hallazgo relativo a ese dato abre cierto interrogante que analizaremos próximamente: ¿cuál fue la primera fábrica argentina de cigarros italianos? Hasta ahora asumíamos que era La Argentina, de Juan Otero, fundada en 1878, pero resulta que su competidora cronológica más cercana, La Virginia, no comenzó sus labores en 1883 de la mano de Donato Didiego (como pensábamos hasta ahora), sino también en 1878, y a cargo de Enrique Didiego, padre de Donato. Sobre esta pequeña intriga histórica (que nos atrae sobremanera)  haremos una entrada dentro de poco.
(2) En el censo fabril de 1895 Marcovecchio declara tener un solo empleado bajo su órbita. Por eso hablo de “taller” y no de fábrica, aunque para el caso y en un sentido general significan lo mismo.
(3) Hay varios personajes de aquel registro que estoy investigando con cierto detalle en función de indicios que podrían corroborar su actividad toscanera, si bien por ahora no puedo confirmarlos fehacientemente. Ellos son Botti y Ramírez, Caligaris y Terzano, Carlos Ricotti, Bernardo Corso, Severo Bonani, Cayetano Sturla y Tito Zabini.
(4) A falta de vestigios posteriores, prudentemente le asigné una vida extendida hasta 1930, aunque es muy probable que el producto haya logrado subsistir por varios decenios más. Hace tiempo encontré cierto sitio de internet que rememoraba viejas marcas de artículos populares en Rosario por la década de 1960, incluyendo los “Toscanitos Per Tutti”. No había allí imágenes de ningún tipo para avalarlo (una foto del paquete, una publicidad gráfica o un añejo cartel callejero hubieran sido suficientes), y por eso se trata sólo de probabilidades, pero bien fundamentadas.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Sesenta años en una degustación: Avanti 1957 vs Avanti 2017

A pesar de ser una típica frase hecha, no puedo dejar de pensar en aquello de “el tiempo pasa volando” cuando rememoro nuestra primera degustación de toscanos, realizada a comienzos de 2012 y  publicada pocos meses después en Consumos del Ayer, dado que este blog aún no había nacido. Los prototipos elegidos fueron unos legendarios Avanti fechados a finales de la década de 1950 en base a una serie de evidencias incontrovertibles largamente explicadas en esa oportunidad  (1). Luego de fumar aquel ejemplar dividido en dos ammezzatos (nuestro amigo y conocedor Enrique Devito nos acompañó entonces) no pasó demasiado tiempo hasta que terminé por completo el sexagenario paquete, y tampoco transcurrió mucho más para volver a encontrar y adquirir, por los mismos medios, otro artículo idéntico  en términos de marca, época y estado de conservación.


Así las cosas, me pareció interesante realizar un nuevo ejercicio de cata comparativa teniendo en cuenta la preponderancia que últimamente ha tenido la CIBA para nuestro blog . En efecto, al revisar los ejes temáticos de las últimas entradas se advierte fácilmente que Avanti nos dio mucha tela para cortar, y no es para menos: fue la factoría argentina de toscanos más grande de su tiempo, hasta el punto de inclinar la balanza “nacionales vs importados” en favor de los primeros, y todo eso a pocos años de su inauguración. Su fama marcaria acompañó al producto genérico de manera tan estrecha que decir Avanti  era equivalente a decir toscanos (2). La escudería de marras, por lo tanto, se sitúa a la cabeza de todas sus similares en la historia de los cigarros italianos elaborados en Argentina, e incluso continúa vigente. De hecho, el abandono del negocio tabacalero por parte de la CIBA  no implicó la desaparición de la marca, que en los años posteriores a 1971 continuó siendo elaborada por diversas firmas, entre las cuales se cuentan E.M.A.T.E.C, Tabacalera Sudamericana y Tabacalera Sarandí, su fabricante actual. Todo esto lo hemos dicho y analizado más de una vez, pero ahora viene muy al caso.


Entonces, tenemos de nuevo un legítimo Avanti elaborado en la planta de Villa Urquiza durante el período 1956 -1958 (eso es seguro),  motivo que nos hace elegir la fecha intermedia de 1957 como estimación más aproximada. Pero, ¿con qué compararlo? Sin dudas, con su equivalente de nuestro tiempo, es decir, con un Avanti de los que hoy se pueden adquirir en cualquier tabaquería o kiosco bien surtido de nuestro país. Recordemos que no hace mucho confrontamos las bondades de las etiquetas Avanti y Luchador como únicas exponentes actuales del toscano nacional. En este caso no se trata de comparar marcas, sino épocas. Si fuera una cata de vinos hablaríamos de  degustación vertical (muy modesta, con sólo dos años para cotejar), pero creo que a esta altura se entiende bien lo poco frecuente que resultan este tipo de ejercicios en un derivado del tabaco que -a diferencia del vino- casi nadie acostumbra guardar con propósitos de añejamiento y evolución positiva.


El medio toscano 1957 proviene de un paquete de papel conteniendo dos unidades enteras, muy  típico de la época, mientras que la versión 2017 corresponde a la no menos tradicional “bolsita” plástica de cinco unidades. A los efectos de cotejar cosas mínimamente equivalentes, compré el paquete nuevo hace unos meses y lo dejé estacionar con el propósito de obtener grados de sequedad similares. Adicionalmente, seleccioné el más oscuro de los cigarros a fin de que las similitudes se extendieran a la conformación visual, puesto que los toscanos antiguos tienen invariablemente esa característica, quizás por el secado a fuego que ya no se practica, quizás por el tabaco más madurado, o seguramente por un poco de ambas cosas. Sabemos bien que el modelo 1957 está confeccionado mayoritariamente con Kentucky misionero y algunos tabacos criollos del mismo origen. Nuestro conocimiento del 2017 es mucho menor, aunque existen indicios de que en él se utiliza materia prima sumamente variada por tipo y origen, incluyendo despuntes de otros cigarros de mayor valía. Bien, yendo al examen propiamente dicho, empezamos por el 2017 y descubrimos un puro profundo y aromático, de interesante amplitud y calidad de aromas, en el marco de un tiraje excelente (ni muy suelto ni muy comprimido) y parejo. El veterano módulo 1957, como suele ocurrir en los cigarros añejos, se mostró decididamente  mineral, con el rasgo terroso del tabaco Kentucly sumado a cierto tono de hongos propio de los años. Considerando la dificultad para expresarlo con palabras, podemos decir que el toscano de los viejos tiempos tiene algo distinto, superador, quizás en la textura del humo, cremosa y plena. Su sabor no es más fuerte pero sí más firme, más robusto, más lleno, más íntegro, más duradero.  No obstante y pese a ello, es justo reconocer que el espécimen moderno soportó la ceremonia con mucha altura y se mostró como un honorable sucesor de su primo longevo.


Finalmente se plantea un interrogante histórico. Si hay variaciones bien perceptibles entre un Avanti actual y uno de hace seis décadas, ¿cómo sería esa diferencia si pudiéramos hacer lo propio con los prototipos que se elaboraban hace ochenta o cien años? No tenemos dudas de que descubriríamos nuevos matices, puesto que hubo significativos cambios de elaboración en las distintas etapas de la empresa a lo largo de su existencia, que se prolongó desde 1902 hasta 1971. Por mencionar una sola, y no menor, tenemos el uso de Kentucky importado de USA hasta 1948. Pero no nos quejamos: lo bueno es que logramos evaluar dos épocas bastante alejadas entre sí, tal cual  nuestra intención original. Y, quien sabe, tal vez algún día tengamos la oportunidad de remontarnos aún más en el laberinto del tiempo.


Notas:

(1) Para el que guste revisarlo, el  link a dicha entrada es el siguiente:        http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2012/05/los-ultimos-avanti-de-la-ciba-cronica.html   
(2) El autor de este blog escuchó innumerables ejemplos de ello en boca de su padre y de muchas otras personas, pero el  fenómeno tiene ejemplos aún más categóricos dentro de la cultura popular. Verbigracia, la famosa obra de teatro Los muchachos de antes fumaban Avanti (sainete en tres cuadros) de Luis Rodríguez Acassuso, estrenada hacia 1929.



domingo, 19 de febrero de 2017

Cifras reveladoras IV: toscanos per cápita

Munidos de incuestionables registros estadísticos oficiales pudimos efectuar, a lo largo de tres entradas, un breve análisis sobre la importación,  la producción y el consumo de cigarros italianos en la Argentina del siglo veinte. Ahora bien, en la primera de estas ocasiones anunciamos nuestra intención de finalizar la serie explicando un poco los motivos que nos llevaron a denominar cada nota con un breve aditamento complementario de su número de orden. Así, comenzamos llamando edad de oro a las dos primeras décadas de la centuria, luego tiempo de cambios al lapso  histórico comprendido entre la pre y la post Segunda Guerra Mundial, y finalmente el ocaso a la época más reciente que abarca los decenios de 1960 y 1970. No creo que haya dificultad para comprender dichas frases en los dos últimos contextos históricos mencionados: tiempo de cambios se refiere al fin de la importación y al consecuente apogeo productivo de las manufacturas nacionales (1939-1945), mientras que el ocaso tiene una clarísima concomitancia con la debacle del toscano como producto de consumo masivo (1963-1976).


Pero tal vez no se entienda muy bien la designación de edad de oro adjudicada a los años sitos entre 1908 y 1915. ¿Acaso no dijimos que el récord numérico absoluto de consumo se verificó en 1945, con casi 350 millones de unidades vendidas, según los datos disponibles en la Memoria del Departamento de Hacienda? ¿Qué clase de arbitrariedad  nos llevó a contradecir tanta contundencia aritmética? En resumen, ¿cuándo se fumaban más toscanos, en los años diez o en los años cuarenta? La cosa daría para una discusión amplia entre expertos en estadística, pero el autor de este blog considera que el tema de nuestro interés debe ser abordado desde un criterio que incorpore el factor humano. En tal sentido, cuando se trata de escudriñar matemáticamente las costumbres y preferencias de la gente, valen más los guarismos relativos que los guarismos absolutos. Y no me jacto de haber descubierto nada, ya que para  ello se inventó hace mucho una fórmula mundialmente aceptada como indicador válido: el consumo per cápita.


Esta expresión  latina (per cápita = por cabeza) surge cuando se estima la cantidad promedio de consumo anual de cualquier bien, producto o servicio tomando como base un cierto grupo poblacional (por ejemplo, los habitantes de un país) (1). Siguiendo el razonamiento  realicé dicha estimación para medir el consumo de toscanos en distintos momentos históricos. No fue difícil: el dato de los habitantes se puede obtener mediante los resultados finales de los siete censos de población realizados por nuestro país entre 1869 y 1980, mientras que las cantidades de toscanos comercializados en el mercado nacional constan en distintos registros públicos de época (2). Este cruce de números entre personas censadas y cigarros vendidos corresponde a idéntico período anual en los tres primeros renglones de la tabla presentada más abajo. En los otros cuatro, al no tener las cifras del mismo año que los censos, apunté las más cercanas disponibles: para confrontar con el censo de 1947 tomé los toscanos comercializados en 1945, para el de 1960 los de 1963, para el de 1970 los de 1969 y para el de 1980 los de 1976.


No hay mucho más por decir, excepto algunos detalles que puntualizamos en notas al pie (3) (4). La columna año es siempre la del censo. Como dijimos,  las unidades de los cuatro últimos renglones difieren por poco de los años exactos de compulsa demográfica, y se aclaran entre paréntesis.

Año              Población                  Unidades                              CPC

1869             1.877.490                  6.219.000                             3,31
1895             4.044.911                 42.000.000                          10,38
1914             7.903.662               216.922.316                          27,44
1947            15.893.811              347.145.660    (1945)            21,84
1960            20.013.793             136.012.843    (1963)              6,79
1970            23.364.431               49.775.150    (1969)              2,13
1980            27.947.446               32.766.120    (1976)              1,17

Creo que la data de marras explica bastante el asunto. Ahora sí se entiende bien el rótulo “edad de oro” aplicado a los tiempos del centenario. Aunque resulta claro que los toscanos gozaron de enorme popularidad en todo el período que abarca desde finales del siglo XIX hasta pasada la mitad del XX, y que las cifras de los años cuarenta son  igualmente elevadas (como lo fueron también en los veinte y los treinta), es obvio que durante los años diez se dio el mayor grado de consumo tomando el acertado parámetro per cápita. Quien esto escribe recuerda lejana pero vivamente la gran cantidad de personas que veía (y olía) fumando toscanos en las etapas de su primera y segunda infancia, allá por 1969-1974, que es precisamente cuando las estadísticas nos marcan el piso histórico. Me pregunto, ¿cuántas se verían cincuenta o sesenta años antes?


Quizás la respuesta se obtenga analizando minuciosamente  muchas fotos antiguas atesoradas por reservorios públicos y coleccionistas, en las que suele detectarse el cigarro en cuestión con muchísima frecuencia (si uno busca ese detalle, rara vez perceptible a primera vista). Para ejemplo va la estampa porteña sita aquí arriba. ¿Qué se imaginan  que está fumando el carrero ubicado hacia el extremo superior derecho (ampliado en recuadro), sobre su vehículo inmortalizado en el Mercado de Abasto, donde fue sacada esta instantánea circa 1900? Ya lo hemos dicho antes: en aquel entonces, los toscanos eran algo tan común y frecuente como el vino, el mate o los tallarines…

Notas:

(1) Del modo más simple, dividiendo las cantidades consumidas por los habitanes.
(2) A saber: Estadística de la Aduana de Buenos Aires (1869), Anuario de la Dirección General de Estadística (1895) y Memoria del Departamento de Hacienda  (1914 a 1976).
(3) Las cifras de 1869 son íntegramente importadas, puesto que no había entonces fabricación nacional en el ramo del tabaco estilo itálico. En 1895 está registrada una importación de 37.000.000 de unidades, a las que añadí un estimativo de 5.000.000 elaboradas por la modesta, incipiente y aun indocumentada (estadísticamente hablando) industria toscanera vernácula. Como corresponde, los números de 1914 suman importación y elaboración doméstica, tal cual se puede observar en la primera entrada de la serie. A partir de 1947 el origen es criollo al ciento por ciento, dado que en 1940 cesó definitivamente el arribo de toscanos importados.
(4) También vale aclarar que sólo podemos hablar excluyentemente de “toscanos” desde 1914 en adelante. En el siglo XIX había puros peninsulares más famosos y consumidos, como el Cavour y el Brisssago, por lo cual sería correcto tomar las cifras de 1869 y 1895 dentro de la etiqueta más genérica “cigarros italianos”.

martes, 7 de febrero de 2017

Cifras reveladoras III: el ocaso

Los años posteriores a la finalización de la Segunda Guerra Mundial marcaron un período de profundas transformaciones en las sociedades del mundo libre. Para la Argentina también fue una época de importantes sucesos económicos, sociales y políticos que modificaron para siempre la manera de vivir de sus habitantes. En su obra Historia del tabaco, publicada en 1940, Juan Domenech ya advertía los cambios producidos por las modas de la época que llevaban a la gente a inclinarse cada vez más por el cigarrillo de tabaco rubio,  manufacturado a imagen y semejanza de aquellos prototipos popularizados en las escenas del cine. Nos guste o no, la sociedad de consumo (en un porcentaje ampliamente mayoritario) se vuelca siempre hacia los hábitos considerados novedosos. Y Hollywood era, en ese tiempo, el lugar desde donde surgían muchas tendencias recogidas luego en todos los rincones del planeta.


Habría infinidad de ejemplos para graficarlo en diversos ámbitos, pero basta un puñado de ellos. Verbigracia, mientras el plástico reemplazaba a materiales seculares como el cartón, la madera y la tela, el transporte automotor hacía lo propio con los vetustos ferrocarriles y el vino suelto en cascos dejaba lugar a las botellas. Paralelamente, los cigarrillos suaves desplazaban a los cigarros puros tan generalizados durante la segunda mitad del siglo XIX y las primeras décadas del XX. Comenzando el decenio de 1950 dio inicio una agresiva política de promoción publicitaria por parte de las grandes empresas del tabaco, que en los años anteriores se habían concentrado en pocas manos bajo el paraguas de los poderosos trust norteamericanos.  Mediante imágenes que estimulaban su consumo como parte de un modo de vida activo, inteligente, moderno y bien conectado con las últimas corrientes internacionales, los rubios con filtro coparon rápidamente la plaza en detrimento de las otrora célebres tagarninas de tabaco negro, los puros y, por supuesto, los toscanos.


Un género musical que padecía su propia debacle cronológica a manos del rock and roll y el twist dio origen a una pieza cuya letra explica bastante bien la imagen de los cigarros italianos de acuerdo con el ideario social de la posguerra. Se trata del tango Un boliche, de Cabano y Acuña, cuya estrofa inicial dice lo siguiente (1):

Un boliche como tantos, una esquina como hay muchas,
un borracho que serrucha su sueño de copetín.
Hay un tira que se asoma, una copa sin monedas,
un punga que se las toma y una caña sin servir.
Una partida de tute entre cuatro veteranos,
que entre naipes y toscanos despilfarran su pensión.
Y acodado sobre el mármol, agarrado con un broche,
un curda que noche a noche, se manda su confesión.



En  tiempos donde todo era modernidad y nueva ola, ¿qué futuro comercial podía caberle a un producto vinculado con sombríos bodegones frecuentados por ancianos, borrachos y marginales? Las estadísticas de fabricación y venta de toscanos que nos ofrece la Memoria del Ministerio de Hacienda a partir de 1963 son terriblemente expresivas al respecto.

AÑO               UNIDADES

1963                136.012.843
1964                  99.038.887
1965                  81.857.280
1966                  82.617.180
1967                  68.346.240
1968                  62.337.673
1969                  49.775.150
1970                        s/d
1971                        s/d
1972                  34.468.425
1973                  25.722.562
1974                  29.067.975
1975                  36.666.000
1976                  32.766.120          

Más que convincentes o significativas, tamañas cifras bien pueden ser calificadas como cataclísmicas y demoledoras respecto al derrumbe de los puros que nos ocupan entre las preferencias del público fumador argentino. La matemática es incuestionable: un 81% de disminución en los diez años transcurridos desde 1963 hasta 1973. ¿Acaso alguna industria puede soportar una caída semejante sin sufrir la paralización o el cierre definitivo de sus empresas más destacadas? Desde luego que no. En efecto, para 1973 ya era historia el dueto de grandes factorías toscaneras de los tiempos dorados y el apogeo productivo. Más allá de los respectivos hitos que demuestran el comienzo de la decadencia, coincidentes ambos en 1958 (ese año la SATI dejó de pertenecer al gobierno italiano y quedó en manos de sus trabajadores a modo de cooperativa, mientras que Avanti trasladó sus operaciones a una planta mucho más pequeña en Posadas), fue en las fatídicas décadas de los sesenta y los setenta  que tanto una como otra abandonaron la actividad de modo definitivo (2).


Promediando los 70 el cigarro toscano era algo del pasado, en vías de extinción. Por suerte para quienes lo amamos nunca llegó a desaparecer del todo. Incluso hoy se verifica un revival de consumo que le otorga alguna prosperidad al par de empresas que aún se dedican a su manufacturan (3). Por supuesto, ello no se acerca ni remotamente a sus tiempos de oro, cuando la probabilidad de cruzarse con alguien fumando un ejemplar en  calles, bares, fábricas,  muelles, estaciones  y casi todos los ámbitos  públicos era altísima. Entonces, en vista de lo analizado durante las tres entradas precedentes, ¿cuál fue esa época dorada en términos numéricos incontrovertibles? ¿Hay alguna manera de establecerlo estadísticamente? Hacia allí nos enfocaremos muy pronto, en la cuarta y última nota de la serie.

                                                        CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Debido a que este blog suele ser visitado por extranjeros hispano parlantes, van las siguientes traducciones al lenguaje formal para eventuales legos en lunfardo y demás terminologías populares porteñas. Tira: policía. Punga: hurtador, ratero. Tute: juego de cartas españolas. Curda: ebrio, borracho.
(2) En manos de sus empleados, la SATI subsistió en la ubicación tradicional del barrio porteño  de Villa Real hasta 1965. Luego se trasladó a un galpón de la calle Tinogasta por poco meses, y finalmente cerró para siempre. Avanti pasó a manos de otra empresa en 1971 (EMATEC) y se mantuvo así por algún tiempo para luego trasladarse nuevamente a Buenos Aires de la mano de la Tabacalera Sudamericana y, más tarde, de la Tabacalera Sarandí, que es la actual poseedora de la marca.
(3) Siempre hablando de Argentina, claro está. En Italia sucede un fenómeno paralelo pero mucho más marcado, con la importante diferencia de que allí los toscanos han pasado a ser considerados un hábito chic, elegante, muy relacionado al mundo gourmet.