jueves, 24 de agosto de 2017

Treinta años de consolidación I

No es casualidad que el primer intercambio del rubro cigarros de hoja  entre Italia y Argentina haya sido realizado en el año 1861, pues tanto el país exportador como el importador vivían momentos de profunda trascendencia histórica que alentaban la reciprocidad comercial. Por su parte, una  incipiente corriente migratoria entre la península y el Río de la Plata crecía de manera sostenida. La población total de nuestro territorio según el censo 1869 acusaba 1.877.590 habitantes, incluyendo 211.000 extranjeros compuestos  por 72.000 italianos, 35.000 españoles, 32.000 franceses y un resto de ingleses, suizos, alemanes y demás. Si consideramos  semejante realidad en el singular contexto histórico y social (países nacientes, fervor patriótico, colectividad nueva, desarraigo) de un período en el que, además, se fumaba mucho, los números que siguen se explican por sí mismos.


Veamos entonces cómo se desarrolla la importación de cigarros italianos hasta el final de la década, según consta en las respectivas ediciones de la Estadística de la Aduana de Buenos Aires.

Año             Unidades       % interanual

1861              220.000              
1862              402.000              +   82,7
1863              740.000              +   84,0
1864           1.028.000              +   38,9                          
1865           1.267.000              +   23,2
1866           2.093.000              +   65,2
1867           1.877.000              -    10,8
1868           5.279.000              + 181,2
1869           6.219.000              +   17,8

Cifras elocuentes, por cierto. Exceptuando la leve disminución de 1867, el resto del decenio está signado por aumentos marcados y constantes que culminan con un sorprendente porcentaje de contraste entre año inicial y año final de la lista: nada menos que 2.726,9% . Al parecer, los peninsulares arribados a nuestras costas se inclinaban rápidamente por el consumo de sus productos patrios, que llegaban desde ultramar. Esto último era excluyente en esos tiempos: la falta aún de una industria tabacalera criolla enfocada en el segmento itálico (las primeras manufacturas de la especialidad comenzarían recién hacia 1878/1881) dejaba el mercado completamente abierto a las importaciones.


Ya hemos señalado alguna vez lo difícil que resulta encontrar referencias sobre nuestro tópico en esos primeros años (1). Siendo así, ¿qué cosas podemos sacar en limpio sobre el consumos de cigarros italianos en tiempos de Mitre, Sarmiento, la batalla de Pavón y la Guerra del Paraguay, más allá de los volúmenes importados? En principio, pudimos descubrir un vestigio del embrionario interés por los puros que nos ocupan en cierta propaganda publicada por un periódico de la Ciudad de Buenos Aires durante 1865. Se trata de la cigarrería La Primera Porteña, de la calle San Martín N° 40, que ofrecía cigarros italianos y suizos como parte de una modesta variedad de artículos muy populares en la época (2). La mención del rubro es inequívoca (y también la más antigua que conozco), pero a su vez nos lleva a un viejo tema varias veces mencionado, que es la variopinta composición del segmento durante las tres décadas iniciales. En 1900, hablar de “cigarros italianos” prácticamente equivalía a decir “toscanos”, pero en 1865 el panorama era muy distinto. Por ese entonces nuestro leitmotiv era un integrante  más dentro de la gran diversidad de modelos elaborados por las factorías del Monopolio di Stato, que incluía no sólo los puros típicos de Italia, sino también imitaciones habaneras tipo Regalías o Londres (3). Ahora bien, determinar qué porcentaje aproximado del total de cigarros importados desde Italia corresponde a toscanos resulta casi imposible por la carencia de registros fehacientes, al menos hasta 1890. No obstante, nuestras investigaciones nos permiten aseverar con bastante certeza que prototipos como el Cavour o el Brissago fueron más conocidos y vendidos hasta fines del decenio de 1880.


En lo que hace a la comercialización minorista, sabemos que la colectividad italiana de entonces vivía bastante cerrada sobre sí misma, y eso es muy lógico en tiempos tan tempranos del proceso migratorio. A los prejuicios de una sociedad argentina aún no habituada a la llega masiva de extranjeros se sumaba la falta de políticas sociales y culturales de integración. Como dijimos al principio, la comunidad peninsular pionera buscaba comer, beber y fumar sus productos típicos al modo más genuino posible(4). Lograrlo no era tan sencillo en el caso de las comidas y las bebidas, pero no presentaba mayores dificultades para el tabaco: como hemos visto, los únicos cigarros italianos existentes en el mercado local provenían de Europa. Cierto registro de comercios de la ciudad de Buenos Aires en 1870 apunta 14 cigarrerías con propietarios italianos sobre un total de 58 establecimientos del ramo. Una en particular nos llamó la atención: la de Juan Tiscornia, que suma la actividad adjunta de introductor, es decir, importador. No tenemos certeza absoluta, pero tal evidencia sugiere que podría ser uno de los primeros importadores de tabacos itálicos.


En la década de 1860 los cigarros italianos aparecieron por estas latitudes y se desarrollaron rápidamente, aunque su popularidad estaba a la sombra de los favoritos del público local, que eran los habanos, los paraguayos y los de Brasil. ¿Cómo siguió la cuestión en los siguientes veinte años? Eso lo veremos en la segunda y última parte de esta serie, muy pronto.

                                                          CONTINUARÁ...

Notas:

(1) Tengo pendiente un largo trabajo de relevamiento hemerográfico entre 1860 y 1890 con el fin de ubicar publicidades y menciones relativas al tema. Ello sólo es posible de modo presencial (o sea, pasando horas y horas en las bibliotecas públicas), dado que se trata de material escasamente difundido en la web. La cosa requiere mucha paciencia y muchas ganas que no siempre se dan en tiempo y forma.y 1890 a fin de ubicar publicidades y menciones
(2) No puedo especificar el nombre del medio ni la fecha exacta de publicación por tratarse de una cita dentro de un texto fragmentado. De todos modos, además de los puros itálicos y helvéticos, vemos charutos finos de Bahía, rapé de Burdeos y pitos (pipas) “Flor del Brasil”.


(3) Contabilizamos nueve variedades diferentes sólo entre los modelos nativos de Italia, según aparece en el Manuale del Fumatore de 1866 que reseñamos en una entrada del año pasado:

 

(4) Como es lógico suponer, el fenómeno se fue atenuando paulatinamente, pero a principios del siglo XX todavía existía una gran cantidad de comercios especializados en artículos para las colectividades. La siguiente publicidad  es muy ilustrativa de su época y presenta un legendario almacén de productos italianos en Buenos Aires.


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