lunes, 15 de junio de 2015

Desventuras de un investigador

¿Alguna vez escucharon aquello de la aguja en el pajar? Bien, eso mismo pensaba yo respecto a la búsqueda de talleres tabacaleros con elaboración de cigarros italianos en la Argentina finisecular del XIX. Pero ahora me doy cuenta de que el asunto es mucho más frustrante: el pajar está lleno de agujas, aunque jamás podré llegar  a verlas o tocarlas con claridad y precisión.  Están ahí,  no hay dudas,  pero se trata de objetos etéreos, inciertos, evasivos.  Así tal cual se siente encarar el trabajo de marras basándose en la fuente más completa de la época: el Censo Económico y Social de 1895, cuyos legajos originales manuscritos se encuentran hoy en el Archivo General de la Nación.


Hablando solamente de la Capital Federal y del apartado específico de industrias, cada uno de estos legajos (unos 20 en total) contiene alrededor de 600 fichas individuales correspondientes a los establecimientos censados, tanto fábricas como talleres de menor envergadura, comercios con elaboración propia y artesanos que trabajaban en sus domicilios. Cualquier confección o reparación era considerada una actividad industrial, por lo que la nómina incluye,  a modo de ejemplo,  una gran cantidad de carpinteros, sastres, modistas, relojeros y zapateros. Y fundamentalmente, que es lo que nos interesa, de cigarreros.  Los  emprendimientos  relacionados con el tabaco están mezclados aleatoriamente entre los demás rubros, ya que el orden de encuadernación  sigue un criterio puramente geográfico en base al itinerario de los censistas. En otras palabras: hay que hojear los legajos página por página.


Los datos solicitados en el formulario son bastante escuetos, pero seguramente suficientes para el propósito estadístico de la compulsa: ubicación genérica (localidad), sección (para las grandes ciudades), razón social, nombre de los propietarios,  nacionalidad de los mismos,  rubro,  capital  (en inmuebles, máquinas y herramientas, materia prima elaborada y sin elaborar), uso de energía (cantidad de máquinas y “caballos de fuerza”  disponibles), y algunas notas finales sobre el personal empleado. Todo muy lindo pero poco útil a mis fines prácticos, dado que las referencias sobre  tipos o marcas de los productos resultantes brillan por su ausencia,  más allá de las descripciones globales Cigarrería  o  Fábrica de Cigarros. ¿Cómo detectar entonces la confección de toscanos o de cualquier otro puro  italiano? No hay manera directa de hacerlo, por cierto. De hecho, me hubiera conformado con eso para reconocer el fracaso y abandonar la búsqueda, pero hete aquí (y allí está lo más terrible) que esa misma información,  reticente por un lado,  brinda por otro algunos apuntes tan sugestivos que casi llegan a decir “AQUÍ SE FABRICABAN TOSCANOS”, aunque jamás lo hacen de un modo claro e inequívoco.


Un primer indicio a tener en cuenta es la abrumadora supremacía de italianos  y  españoles entre los propietarios de cigarrerías, siempre hablando de locales con algún tipo de elaboración propia (recordemos que sólo así se los incluía dentro del grupo industrias). Sabemos muy bien que los primeros traían el afecto,  la  tradición  y  el conocimiento  técnico  referido  a  sus  cigarros nacionales emblemáticos, por lo que ese dato en sí mismo apunta con bastante fuerza en la dirección que nos interesa. Pero hay algunas señales más consistentes todavía, como el caso concreto que sigue. Se trata de una cigarrería propiedad del italiano Enrique Botti y el español Roque Ramírez , ubicada en la sección  2ª (cuadrilátero Paseo Colón, Rivadavia, Chacabuco, Independencia), cuya singular denominación lo dice todo: “Cigarrería de la Paja”. ¿Qué clase de nombre es ese?  A no preocuparse,  que hay una explicación muy lógica si tenemos en cuenta el consumo tabacalero del período 1880-1910, y es la especialización en el exitoso cigarro  Brissago o Virginia, llamado popularmente “de la paja” por esos años.  Indefectiblemente,  donde se elaboraban cigarros de la paja también se hacían toscanos y Cavour, ya que los tres procedían del mismo tipo de materia prima, requerían  torcedores calificados de manera excluyente,  pasaban  por  idénticos  procesos  de estacionamiento en estufas y, por sobre todo, contaban con amplia demanda entre un público que los consideraba artículos de estilo similar. En la Argentina del año 1895, las posibilidades de que una manufactura autodesignada como     “Cigarrería de la Paja” produjera la terna completa de los puros peninsulares más típicos, eran de nueve a favor y una en contra.


Lamentablemente, indicios y probabilidades no son certezas. Hasta ahora sólo revisé dos folios, lo cual equivalió a hojear detenidamente 1200 páginas con el agridulce resultado de descubrir un montón de “posibles” fábricas de toscanos sin un solo caso que pueda considerar comprobado por completo.  No voy a continuar la búsqueda en el AGN,  al menos  por  ahora,  hasta que tenga las ganas y el tiempo de revisar los 18 legajos restantes (unas 10.800 páginas), sin perder de vista que eso es nada más que la Capital Federal y que en la década de 1890 funcionaban numerosas fábricas de cigarros en Rosario  y  otros puntos del país.   Tal vez más adelante vuelva sobre el asunto para compilar los casos llamativos en una lista especial que podríamos rotular como probables precursores de la industria del toscano.  Ya veremos cuándo,  pero mientras tanto no dejaré de publicar aquí las historias, los datos y las anécdotas de siempre, además de regalarme cotidianamente con el humo de unos buenos ejemplares, argentinos e italianos.

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