lunes, 1 de diciembre de 2014

Pipas y cigarrillos: los otros destinos tradicionales del tabaco toscanero

Por cuestiones de lógica elemental, todos nos inclinamos a pensar   que   el   tabaco   de   los   toscanos   se   usa exclusivamente para confeccionar el tipo de puros que nos convocan en este blog. Debe quedar claro que no me estoy refiriendo a las variedades botánicas involucradas (que en la Argentina han sido mayormente  Kentucky, Virginia  y Criollo), cuya utilización es perfectamente factible en todo tipo de derivados tabacaleros, sino a aquella materia prima que   según   las   técnicas   tradicionales   ya   ha   sido seleccionada  y  procesada  para el armado de cigarros itálicos. Muchos se preguntarán si acaso cabe alguna otra posibilidad cuando se está tan cerca  del resultado final. Y la respuesta es contundente en sentido afirmativo,    puesto  que  un  porcentaje  no despreciable del tabaco destinado a la manufactura de los toscanos no acaba en ellos, sino vendido suelto o como ingrediente de otros artículos afines.  Así es hoy  y  así fue siempre, como veremos a continuación.


Si hablamos específicamente de nuestro país, el torcido de toscanos se mantuvo bajo la modalidad  manual durante más de un siglo, hasta que la mecanización puso pie en la actividad promediando la década de 1990 (1) y un buen porcentaje comenzó a ser elaborado a máquina (2). Sin embargo, ello  no modifica mayormente las causas tradicionales por las que un toscano, o parte de él, pueden ser desechados: nos estamos refiriendo al despunte y a la roturas. El primero de estos episodios tiene lugar cuando el cigarro debe ser emparejado por sus extremos (de allí el término “despunte”, es decir, sacar las puntas) para que la piezas terminadas se vean uniformes y prolijas, lo cual implica el corte con una cuchilla especial, y ello ocurre tanto en el método artesanal como en el maquinado,   produciendo   invariablemente  un pequeño residuo de tabaco que se separa, pero nunca se descarta. Lo de las roturas no necesita mayores argumentos explicativos:  algunos cigarros se rompen o desarman durante el proceso de elaboración y embalaje, cualquiera sea el sistema empleado para manufacturarlos. Pues bien, ¿qué hacer con todo ese sobrante de tabaco en condiciones de circulación comercial?  Muy simple: empaquetarlo y venderlo suelto o picarlo para relleno de cigarrillos. La primera opción es históricamente muy común, mientras que la segunda corresponde a épocas acotadas y específicas, pero lo bueno es que encontramos antiguos registros documentales de ambas.


El 28 de enero de 1918, la Compañía Introductora de Buenos Aires presentó una solicitud para el registro de la marca  “Avanti Legítimos”.  Ello  no  aludía  directamente a los celebérrimos toscanos, sino a cigarrillos de papel que contenían el tabaco descartado en la producción de aquellos, según los procesos recién descriptos.   El hallazgo de este  notable testimonio nos acercó un elemento que desconocíamos por completo: alguna vez la CIBA tuvo una fábrica de cigarrillos en Rosario, más precisamente ubicada en la calle Entre Ríos 845. Vale la pena remarcar tres leyendas del envase cuya solicitud marcaria se tramitaba, como ser “tabaco fuerte Kentucky”, una, “cada atado de cigarrillos contiene el tabaco de 4 toscanos”, otra, y “solamente se emplean despuntes y recortes de los afamados toscanos”, la última.


A fines de ese mismo año, el Boletín Oficial de la República Argentina hace constar cierta resolución del Ministerio de Hacienda (equivalente al de Economía actual) por la cual se rechazaba una solicitud de la  Compañía Ítalo Americana  (3)  respecto  a  cuestiones impositivas que serían difíciles de explicar, pero cuyo elemento central eran los “toscanos rotos” que la firma se disponía a comercializar en el mercado. Para resumir, digamos que el tabaco suelto pagó siempre un arancel inferior al de los tabacos manufacturados, lo que lo convertía en un vehículo ideal para la evasión.   En vista de que la fábrica de marras pedía un tratamiento especial,  las autoridades optaron por continuar con  los procedimientos habituales sin excepciones de ningún tipo, manteniendo el control sobre los cigarros declarados  como “rotos” mediante inspecciones sorpresivas en los establecimientos tabacaleros.


Por último localizamos otra solicitud de marcas el 14 de noviembre de 1929, según la cual la Societá Anónima Tabacchi Italiani (SATI) tramitó el rótulo Toscanos Rotos, en español, y Spezzature di Toscani, en italiano, con las interesantes bajadas “legítimos de la Regía Italiana”,  y “especialidad para pipa”. Podemos apreciar además su primer domicilio en la calle Alberti -donde se había instalado apenas un año antes- que en la década siguiente sería trasladado a la gran factoría del barrio de Villa Real, de la que hemos dado cuenta muchas veces.


A pesar del paso de las épocas y de su propio ocaso como producto, el sobrante del tabaco toscanero nunca perdió esa condición “todo terreno”.  Incluso  hoy,  los  dos productores de toscanos argentinos continúan presentando sus despuntes como ingrediente para fumar en pipa. No así para el relleno de cigarrillos, ya que los tiempos cambiaron demasiado en ese ámbito: se trata de algo demasiado sabroso para los afectados, indiferentes y endebles fumadores del siglo XXI.


Notas:

(1) Eso ocurrió en Italia hacia finales de la década de 1950. Por diversas particularidades que les son propias (en especial, por la forma), los toscanos tardaron mucho más que el resto de los puros en lograr la automatización. Los habanos y demás cigarros análogos, por ejemplo, alcanzaron el dudoso privilegio de ser hechos a máquina treinta años antes. Fueron los Estados Unidos (cuándo no) quienes desarrollaron y promovieron  semejante proceso tecnológico
(2) Hoy por hoy existen en Argentina dos únicas fábricas de toscanos que utilizan la mecanización, una, y el proceso manual, otra.  La marca Avanti y sus anexas Caburitos y Puntanitos (Tabacalera Sarandí) se elaboran a máquina, mientras que Luchador y su rótulo secundario Super Charutos (Heraldo Zenobi) son hechos a mano.
(3) No tenemos registrado a la fecha ningún productor con ese nombre así tal cual está expresado, lo que incrementa nuestro listado de “posibles fábricas de toscanos” sin una confirmación contundente. En este caso, queda claro que el susodicho  emprendimiento existía,  que se dedicaba al ramo de nuestro interés  y que funcionaba a la fecha de publicación de la norma. El inconveniente es que no tenemos la certeza de que su denominación sea correcta, y no uno de esos errores de transcripción tan comunes en los documentos públicos de todas las épocas.

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