viernes, 11 de abril de 2014

Dos luces en el camino

Aunque se trata de una tarea prácticamente imposible de completar, nunca dejamos de añadir nuevas  fábricas  y  marcas  a  nuestro  listado  de  productores  de  toscanos constituidos en la Argentina desde 1875 hasta hoy. Sabemos que inevitablemente habrá varias que se nos van a escapar por tratarse de efímeros talleres instalados en pequeñas cigarrerías que nunca dejaron testimonio de su existencia en documentos oficiales o privados.  Posiblemente haya habido cientos de casos así diseminados por todas las ciudades del país, y no perdemos las esperanzas de hallar muchos de ellos en futuros sondeos  bibliográficos.  Publicidades  o menciones  en  diarios,  revistas,   nóminas catastrales, censos industriales y guías comerciales son algunas de las alternativas que ofrecen una cierta posibilidad de hallazgos, aunque también somos conscientes de que ello demandará años. No obstante y así las cosas, le seguimos dedicando el tiempo que podemos a esa singular labor que bien puede ser comparada con aquello de encontrar agujas en un pajar.  Desde luego que sería mucho más rápida la búsqueda de simples fábricas de cigarros puros, pero recordemos que eso no garantiza en absoluto que allí se confeccionaran toscanos. Son necesarias pruebas fehacientes, incontrovertibles y específicas de manufactura toscanera para que un antiguo establecimiento pase a integrar nuestra nómina histórica.


Debo añadir además que en los últimos meses no tuve la oportunidad  ni  el ánimo para continuar las indagaciones iniciadas el año pasado (conducta que espero modificar en lo que queda de este año), muchas de las cuales culminaron en éxitos rotundos, incluyendo completas reseñas de algunas manufacturas fundacionales del toscano argentino, como La Argentina y La Virginia. Y a pesar de que esos viejos datos se encuentran ocultos mayormente en bibliotecas  y  archivos gráficos, la siempre vigente búsqueda en la web produce, de tanto  en  tanto,  algún  feliz  resultado.  Fue  así  que  mi holgazanería investigativa de campo tuvo, al menos, una leve compensación informática, ya que logré dar con el paradero de dos fábricas (en realidad, una fábrica y una marca elaborada por un tercero) que no conocía y que agregué al listado. Ellas son la Cigarrería Italo Argentina, productora de los toscanos Turín, y la casa Cardin y Cía, que comercializaba toscanos bajo el rótulo La Colmena. Estos últimos, como veremos, eran elaborados por la ya conocida factoría rosarina de Fernández y Sust.


El de los toscanos  “Turín”  es un típico caso de suerte. Se trata de una antigua caja vacía de madera de  50 toscanos  (muy característica de la época) ofrecida como antigüedad en un sitio de remates. El vendedor tuvo la feliz idea de fotografiar la parte inferior del envase con una amplia y generosa vista de  su etiqueta,  en  la  que  podemos  observar prácticamente todos los datos que necesitamos para certificar la existencia del producto y situarla en tiempo y espacio: denominación de la fábrica, domicilio, marca y precio al público. A los toscanos “La Colmena”, en cambio, los ubiqué en el excelente sitio del CPCCA (Cigar Pack Collectors Club of Argentina),  aunque su historia es algo más complicada.  En efecto, La Colmena es una antigua marca de cigarrillos establecida en 1884 por Miguel Colmenero. Luego pasó por varias manos hasta la década de 1960, pero la que nos interesa es una empresa sita en la ciudad de Santa Fe llamada Cardin y Compañía, fundada en 1927 como distribuidora de alimentos, bebidas y tabacos que, de hecho, existe aún (1) (2). Desde su fundación hasta 1963, la firma comercializó cigarros toscanos bajo el paraguas de aquella vieja marca, los  que eran  elaborados  a  pedido  por la rosarina Tabacos Colón, de Fernández y Sust. ¿Cómo sabemos esto último? En primer lugar, porque el envase indica claramente la inscripción Certificado A 6 Verde, que era un número asignado por las autoridades de control a las diferentes fábricas de tabacos, y ese número en particular le pertenecía a Fernández y Sust. También está muy clara su condición de cigarros manufacturados por un tercero, como lo indica textualmente la frase “Elaboración especial para Cardin & Cía”. Por último,  más allá de la diferencia notoria de colores, la etiqueta tiene enormes similitudes con otra marca célebre de Tabacos Colón, los toscanos Génova (3). Así lo sugieren las idénticas leyendas “cuatro toscanitos” en una cara,  y  “cuatro cigarros fermentados”  en la otra,  que cuentan incluso con una tipografía semejante. Veamos entonces los dos paquetes en cuestión, para despejar dudas.


Con estos agregados, nuestro listado pasa a tener 18 fábricas y/o distribuidoras de existencia chequeada y comprobada. Una cifra irrisoria frente al prudente cálculo que alguna vez  nos indicó la presencia de al menos 100 factorías en el pasado del toscano argentino, entre grandes, medianas y pequeñas. El repertorio queda entonces del siguiente modo al día de la fecha (hacer click para ampliar):


La tarea no es nada simple, como dijimos, pero seguimos buscando. Y cuando haya novedades, aquí estarán de inmediato.

Notas:

(1) La web del CPCCA ofrece además muy buenas fotos antiguas de la fábrica en funcionamiento desde su fundación, en los tiempos de Colmenero: http://www.cpcca.com.ar/cma/fab/MIGUNERO.HTM
(2) Aunque el logo de la empresa señala la fundación en 1927, sus datos impositivos actuales asequibles en la web indican fecha de contrato social el 1/11/1937, es decir, diez años después. Opté por poner esto último en el listado por tratarse de datos oficiales.
(3) En la entrada del 16/6/2013 del blog Consumos del Ayer realizamos una degustación de antiguos toscanos Génova: http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2013/06/los-toscanos-rosarinos-de-fernandez-y.html


miércoles, 19 de marzo de 2014

Cavour, el cigarro patriótico italiano que llegó a ser más célebre que el toscano II

En la entrada anterior del tema resumimos los principales antecedentes  históricos del cigarro Cavour, un producto oriundo de Italia que saltó a la fama en la segunda  mitad del siglo XIX  hasta situarse como líder de ventas entre sus pares de igual origen, superando incluso al mismísimo protagonista de este blog. Ese predominio llegó a su fin en las postrimerías del decenio 1880,  pero la historia de tan singular y olvidado  artículo  merecía, de todos  modos,  una evocación.  Al respecto, también hablamos del nutrido comercio importador  y  de la no menos destacada manufactura nacional. Veamos como ejemplo lo que decía un fragmento de cierta publicidad  de la afamada cigarrería “El Día” (1) difundida en  “Caras y Caretas”  del  año  1901.  Vale aclarar que la frase incluye numerosas denominaciones de cigarros puros, cigarrillos y tabacos propias de la época: “de todo hay en El Día: brissago, habano, francés, alemán, Bahía, americano, Cavour, toscano, Garibaldi, Las Pampas, Carnaval, Irma, Baldissera, Rivadavia, damitas, aristos, Hilda, jazmines,  panetela,  Petit Bouquet,  cigarrillos  El Día números 1, 2 y 3,  Revolución, Emperador, Mensajero y Teatro. ¿Qué más podéis apetecer? ¿Qué más puede desear vuestra insaciable ambición? Con  las  marcas  citadas  y  otras  que omito,  no sólo conseguiréis salvaros de los profundos, sino que además el olor del tabaco hará que no se os apolille la ropa…”


Semejante popularidad fue perdiendo vigencia hasta desaparecer de nuestro mercado a comienzos de los años treinta, mientras que en su país natal pasó por un lento proceso de agonía que culminó en 1984, cuando el artículo fue discontinuado. Actualmente no hay manera de fumar un Cavour legítimo, pero existe la posibilidad de recurrir a un cigarro con cierta semejanza   organoléptica.    Y    ese    cigarro, precisamente,   es  el   caliqueño,    puro   de características artesanales muy típico del levante español, en especial de las tres áreas que componen la Comunidad Valenciana: Valencia, Alicante y Castellón.  El  tabaco utilizado allí es del tipo Burley, que cultiva en la misma zona, pero lo importante (y que lo acerca al viejo Cavour) reside en ciertas particularidades de su manufactura. Al igual que el Cavour, el Caliqueño pierde toda  la humedad mediante un estacionamiento en hornos especiales que lo vuelve seco y consistente al tacto (2). Su formato también se asemeja gracias al  porte cilíndrico, definido,  recto  (eventualmente “combado” por la propia característica manual de la confección), similar a los antiguos -y escasos- testimonios gráficos del modelo italiano. En definitiva, hablamos de un cigarro europeo,  elaborado con una materia prima bastante comparable, curado al calor y de idéntica conformación visual. Tales similitudes nos llevaron a realizar una degustación analítica, con el propósito histórico de sondear lo más parecido al pretérito cigarro que nos interesa en esta entrada, al menos entre las limitadas opciones disponibles en nuestros días.

















Enrique Devito, el amigo que siempre nos acompaña para estas ocasiones,  fue  quien  compartió  la  experiencia tabaquística llevada a cabo en casa de Augusto Foix, que se encargó de las fotos. Los ejemplares elegidos corresponden a la marca Canaleños, de la Compañía de Tabacos de La Canal  de Navarrés.   No hubo dificultad alguna con el encendido, al que siguió un buen tiraje, regular y constante durante toda la fumada. De inmediato empezaron a surgir esas notas siempre asociadas con los buenos cigarros que pasan por un proceso de deshidratación forzado: maderas nobles, minerales y cierto picor gustativo, dentro de valores de cuerpo medio que se acentuaron ligeramente hacia el final. La ceniza tuvo una buena consistencia, lo que habla de una correcta confección y terminación. No quedaron dudas sobre la calidad de lo probado y sobre su manufactura impecable,  resultado de una artesanía centenaria difundida en muchas partes de Europa.


Así culminamos nuestra cata, satisfechos de haber experimentado los efluvios de un cigarro diferente a todos los módulos y tipos que suelen circular dentro del género, pero dotado de ciertos acentos que nos acercaron, por un bueno rato, a lo que supo ser el Cavour en los días en que era fumado por millones de habitantes del territorio argentino.

Notas:

(1) Hacia 1900, la cigarrería y fábrica de tabacos El Día se situaba en el Paseo de Julio 674 (actual Leandro N. Alem) y era propiedad de Francisco Bernárdez. Por esa ubicación céntrica tuvo una notoriedad  muy grande entre los fumadores de su tiempo. En 1911 pasó a manos de una empresa de mayor envergadura, y posteriormente fue adquirida por la firma Piccardo.


(2) El Cavour de antaño se secaba a fuego de leña. Para el caliqueño se utilizan hornos eléctricos.   Por eso no hallamos rasgos ahumados que seguramente sí tenían los especímenes italianos del ayer, y que aún conservan los toscanos auténticos gracias al “curato a fuoco di legno” efectuado con las especies roble y haya. 

martes, 25 de febrero de 2014

La suerte de Avanti después de la CIBA

El traslado de las actividades tabacaleras de la Compañía Introductora de Buenos Aires desde el tradicional inmueble de Villa Urquiza hasta su nueva factoría misionera de Posadas, completado en 1958,  marcó una verdadera bisagra  en  la historia del cigarro toscano argentino. La planta norteña venía funcionando desde algunos años antes en  paralelo  con  su hermana de la Capital Federal, pero es evidente que el cierre de esta última determinó el inicio de una lenta debacle en el ánimo de la empresa por  mantener  la  continuidad  de  su manufactura  iniciada a comienzos del siglo XX. Estos tiempos de  cambio quedaron  reflejados  en  los  paquetes  del renombrado  producto,  ya  que  a  fines de la década del cincuenta llegaron a convivir simultáneamente (por un corto tiempo) ejemplares con el antiguo domicilio de Guanacache 5621, Buenos Aires,  y otros indicativos de la nueva localización del establecimiento en  Av. Roque Pérez 391, Posadas. Las imágenes que siguen corresponden a sendos paquetes de dos unidades fechados hacia 1959/60.











Hemos  apuntado  en  numerosas  ocasiones  que  la  época señalada forma parte del ocaso del cigarro toscano en todo el mundo,  producido  por  un  fuerte  cambio  en  los  hábitos de consumo. Fumar puros en general, y toscanos en particular, era visto como un anacronismo,  como  una  costumbre  propia  de personas de edad avanzada. Lamentablemente, esa mirada tan negativa  se  correspondía  perfectamente  con  la  realidad, mientras  la  última  generación  de  los  viejos fumadores de toscanos  iba  desapareciendo  y  el  artículo  que nos ocupa contaba con una masa de consumidores en franca disminución. Semejante tendencia llegó a un punto crítico en 1971, cuando la CIBA tomó la decisión de abandonar definitivamente el negocio del tabaco. Pero no terminó allí la historia de la marca ni del producto, que logró subsistir hasta nuestros días. Precisamente, esta entrada pretende dar a conocer muy brevemente la historia de las tres firmas que  controlaron  la fabricación y comercialización de los toscanos Avanti desde entonces hasta la actualidad.


La primera de ellas fue EMATEC  (Empresa  Misionera  de  Acopio  de  Tabacos  y Elaboración de Cigarros), que se hizo cargo del emprendimiento en 1972 mediante la compra de las marcas, las plantaciones, los acopios y la fábrica de Posadas. Con todo, pocas personas deben haber notado grandes cambios en aquel entonces, puesto que la novel conducción  no  implementó ninguna política renovadora.  Tan  es  así  que  se mantuvieron inalterados los envases históricos, como lo demuestra la siguiente caja de 4 medios toscanos (circa 1975), en la que prácticamente se conservan los mismos colores, logotipos  y tipografías que identificaron al artículo durante los decenios anteriores, con excepción de la leyenda EMATEC.


Pero los nuevos propietarios  no consiguieron  revertir la declinación  que se verificaba desde mucho tiempo atrás.  Finalizando los setenta,  EMATEC enfrentaba una fuerte deuda con el Banco de la Provincia de Misiones y la empresa debió pasar a manos del estado  nacional, sin que  ello  afectara  visiblemente  la  producción  de  los  cigarros. Encontramos al respecto una interesante referencia: en 1983 se intentó vender el total de los activos llamando a licitación pública, a pesar de que una tentativa similar realizada apenas tres años antes había fracasado por falta de oferentes (1). Finalmente, la planta de Posadas cerró, dando fin a más de treinta años de actividad (2). Por las grandes ciudades del país hubo un prolongado período de desabastecimiento y muchos fumadores debieron recurrir a las pocas opciones asequibles en esos años (3).


A mediados de los ochenta, la marca volvió a vivir al ser adquirida   y   explotada   por   Tabacalera Sudamericana, que no pudo con ella mucho tiempo, dado que cerró sus puertas en 1992.   Casi de inmediato,  Avanti pasó a manos de sus últimos dueños, quienes todavía conservan el rótulo en el mercado. Se trata de la Tabacalera Sarandí, que ofrece el producto bajo tres presentaciones: los toscanos enteros  Avanti  y los medios toscanos Caburitos y Puntanitos, todos ellos en envases plásticos de cinco unidades. Desde luego, el antiguo perfil aromático y gustativo  ha desaparecido: los toscanos de la Tabacalera Sarandí son confeccionados a máquina utilizando  un  mix  de  tabacos  que  incluye orígenes bastante diversos, como la provincia de Corrientes y el Paraguay, y se lanzan a la venta muy frescos, con un alto grado de humedad . Sin embargo,  en el siglo XXI, constituyen  una de las dos únicas alternativas al alcance del fumador argentino para degustar un toscano hecho en su país (4).

Notas:

(1) Boletín Oficial del 10/4/80.
(2) También cesaron su actividad muchos galpones de acopio que existían desde los tiempos de la CIBA en Eldorado, Wanda y otras localidades del Alto Paraná Misionero.
(3) Entre ellas podemos citar Génova y Fundador (de la manufactura rosarina Fernández y Sust, desaparecida en 1985), así como Luchador, de la familia Zenobi, única empresa argentina vigente con casi cien años de actividad ininterrumpida en el ramo.
(4) Desde luego, la otra es Luchador, fábrica que vistamos y de la que hicimos una reseña en este blog.

martes, 28 de enero de 2014

El triunfo del cigarro urbano

La migración del campo a la ciudad,  ese fenómeno que hoy reconocemos como irreversible, comenzó a mediados del siglo XIX en  base a diversas causas de tipo social  y  económico. Fundamentalmente fueron dos  motivos -complementarios entre sí-  los que impulsaron dicha tendencia: la paulatina tecnificación agrícola,   que requería cada vez menos mano de obra en los medios rurales, y la revolución  industrial, que demandaba cada vez más trabajo en los ámbitos urbanos.  En la Argentina, estos hechos tuvieron  importantes implicancias  en la manera de vivir de las personas con el consecuente cambio en los hábitos de consumo. La vida era distinta, los tiempos eran otros y muchas costumbres que se remontaban a la época colonial cayeron rápidamente en desuso para ser reemplazadas por aquellas más adecuadas al frenesí de la modernidad. Mientras todo ello ocurría, los productos del comer, del beber y del fumar  experimentaban su  propia revolución. Entre estos últimos, hubo un cigarro que pasó de ser un producto exótico de minorías a  un  artículo  masivo  consumido  por  millones. Hablamos, desde luego, del cigarro toscano, y la cuestión que nos proponemos analizar en esta entrada es la siguiente: ¿tuvieron que ver los sucesos económicos y sociales de la época en ese éxito? Como  veremos,  hay muchas  razones  para  responder  el interrogante de manera rotundamente afirmativa.


Desde los comienzos de la mecanización en la industria manufacturera del cigarrillo de papel, a mediados de la década de 1860, ese artículo iba ganando terreno paulatinamente en las preferencias de los consumidores. A fines del decenio siguiente, cuando las maquinarias abocadas a su confección se perfeccionaron definitivamente y automatizaron el proceso casi en su totalidad (1),  se hizo claro que   el pequeño  cilindro  de  tabaco   iba  a  terminar gradualmente con el  predominio del cigarro puro. En  las principales ciudades de nuestro país y en el campo se consumían profusamente cigarros de hoja de los más diversos orígenes desde los tiempos de la colonia.  Además del legítimo habano de Cuba, era habitual fumar puros nacionales, paraguayos, brasileros, suizos y de otras procedencias europeas. Pero la proliferación del cigarrillo barato producido por  millones fue mermando esa supremacía de modo gradual, que se volvió cada vez más veloz durante las últimas décadas del siglo XIX. No obstante, los cigarros tenían todavía  una amplia porción del mercado en la década de 1890, con una activa participación de los llamados “italianos”, es decir, el Cavour, el Brissago y el toscano. Con todo y así las cosas, esa realidad se modificó contundentemente apenas veinte años después:   para  los  tiempos  del centenario, el toscano había pasado a ser el único cigarro de hoja de alto consumo, mientras el resto de sus congéneres vegetaba entre la desaparición y la vida latente. La pregunta concreta, entonces, es la siguiente: ¿por qué el toscano logró sobrevivir a todos los demás puros en semejante debacle? ¿Qué tenía él que no tuvieran otros?


En su trabajo Aroma d’Italia. Emigrazione italiana e Monopolio dei tabacchi fino alla Grande Guerra,  el profesor  Luca  Garbini  expone algunas explicaciones bastante acertadas al respecto. Las modas, la emancipación femenina (que veía el consumo del tabaco como un logro), la agitación propia de la vida moderna y otros motivos del mismo tenor hacían que la gente ya no tuviera tiempo para la ceremonia del puro vistoso y abultado, que demandaba al menos entre cuarenta y sesenta minutos de tranquilidad  en una  simple  fumada  regular. Desde  luego,  los  cigarrillos  fueron  los  principales beneficiados frente a esos cambios finiseculares típicos del 1900.  Pero  el  toscano también resultó favorecido por las circunstancias reinantes, ya que se trataba de un cigarro de porte pequeño  (sobre todo en su modalidad más común,  la  del  “medio toscano”), fácil de transportar, económico, con escasos requerimientos de conservación y practicable en cualquier momento del día. Si tuviéramos que resumir tales cualidades en tres puntos básicos, nos quedamos con los siguientes:

1- Formato: el toscano, como dijimos, se presentaba pequeño, de constitución sólida y compacta. Eso lo hacía muy práctico para portarlo en el bolsillo sin riesgo de quebraduras,  o  incluso  en  la  boca, apagado.   El hecho  de  ser   seco  también representaba una enorme ventaja, puesto que no sufría la falta de humedad  y otros padecimientos propios de los delicados cigarros frescos.
2- Potencia: el sabor intenso del toscano ofrecía un alto grado de satisfacción y saciedad al paladar de los fumadores, que compensaba con creces su porte pequeño.  Esto era así en su formulación original importada de Italia (con vehemente tabaco Kentucky curado a fuego de leña) y también en las imitaciones argentinas, que por ese entonces se elaboraban con  rústicos tabacos de Tucumán y Corrientes para el relleno y Virginia para la capa, con un posterior secado en estufas especiales según la modalidad tradicional (2).
3- Precio: mientras que un puro de formato habanero llegaba a costar hasta $ 1,70 a finales del siglo XIX, nuestro héroe  podía conseguirse a valores oscilantes entre $ 0,05 y 0,10 para una pieza entera, que incluso se cortaba al medio y permitía dos fumadas independientes completas.   Eso volcó a miles de aficionados hacia el consumo de toscanos por una cuestión meramente económica, sumada a las bondades descriptas anteriormente.


Con tantos puntos a favor, el siglo XX encontró al cigarro de nuestro interés en un momento de expansión que contrastaba fuertemente con  la realidad de los demás productos del mismo género, relegados a una decadencia lenta pero sostenida.   El toscano había dejado de ser ese artículo raro de minorías, visible sólo en los conventillos italianos, para afianzarse como un producto masivo que alcanzaba a personas de todas las edades y orígenes. Se iniciaba así una época de esplendor que llegaría a perdurar cincuenta años y lo consagraría como el más popular de todos los cigarros que pisaron este país.

Notas:

(1) La mecanización del cigarrillo comenzó con el advenimiento de las máquinas a vapor, al igual que muchas otras industrias. Al principio fueron sólo picadoras de tabaco y prensas, pero pronto se extendió a toda la cadena, desde  la confección de cada unidad  hasta  su empaquetado. Eso abarató los costos de un modo que resulta revelador en la perspectiva cronológica secular: hacia el año 1800, un cigarrillo costaba la mitad que un cigarro de hoja promedio,   pero en 1900 esa diferencia se había disparado a la cuadragésima parte, o sea que el cigarrillo valía cuarenta veces menos que un puro de calidad estándar.
(2) No obstante la familiaridad entre ambos procedimientos, hubo siempre una diferencia sustancial: en Italia, lo que se secaba y ahumaba a fuego eran las hojas de tabaco (aún hoy se hace así), mucho antes del armado; en la Argentina, se secaban los toscanos terminados.


jueves, 26 de diciembre de 2013

Cavour, el cigarro patriótico italiano que llegó a ser más célebre que el toscano I

Camillo Benso, más conocido como el Conde de Cavour (1810-1861), fue un político italiano que tuvo un protagonismo decisivo en la unificación de ese país. Iniciada hacia 1830, proclamada en 1861 y culminada efectivamente en 1870, semejante evolución histórica dio comienzo en el antiguo Reino  de  Piamonte  y  Cerdeña para extenderse paulatinamente mediante tratados, negociaciones y guerras a lo largo de cuarenta años. Junto con el rey Víctor Manuel y el célebre Giuseppe Garibaldi, Cavour es hoy un prócer de la nación peninsular. Y eso, como es lógico, era mucho más marcado en plena euforia de aquellos años, con el consecuente uso de su nombre para bautizar no sólo edificios públicos, localidades y calles, sino también productos de consumo masivo. Entre ellos, un cigarro que fue considerado casi “patriótico” y que logró competir con el toscano en términos de popularidad y ventas hasta bien entrada la década de 1880.


Fue así que en los comienzos del decenio de 1860 apareció en  Italia  (más precisamente, en Piamonte)  un  puro  en homenaje al estadista de marras, cuyo formato no iba mucho más allá de lo normal y regular  -una media corona cubana- pero que, no obstante, tenía una particularidad realmente única: el tabaco utilizado en su manufactura era tratado con óxido de hierro. Según una especie de leyenda, tal proceso se debía a la mezcla “accidental” entre un cigarro y cierto líquido ferroso ocurrida en el propio escritorio del conde. Aunque esta versión resulta poco creíble (como tantos otros mitos sobre el origen de artículos masivos), lo cierto es que el baño previo en agua saturada con herrumbre le confería un gusto especial y producía el rápido oscurecimiento de la capa, confiriéndole el  color intenso tan apreciado  en  aquellos  tiempos.  Algunos  antiguos  textos  especializados  italianos detallan todo el procedimiento para la correcta elaboración del Cavour, e incluso postulan sus opiniones sobre la supuesta toxicidad del producto. En Cenni sul tabacco e dei modi di sua manifattura nella reale  azienda di Lucca, editado en 1862, el autor asegura que “non é vero che le sostanze amare di cui e composta la concia delle sue fasce siano nocive” (1)



De un modo u otro, el Cavour resultó un éxito de ventas y logró posicionarse como el cigarro más vendido en Italia y en todos los países con presencia de la inmigración italiana, al menos hasta finales de la década ochenta del siglo XIX. A partir de allí, esa supremacía fue paulatinamente perdida a manos del toscano (2) Pero el podio obtenido por el Cavour a lo largo de treinta años fue mucho más allá de los meros aconteceres mercantiles, ya que llegó a ser considerado el puro nacional de Italia y símbolo de la resistencia patriótica durante el proceso de unificación. Una interesante anécdota  pone en evidencia lo antedicho, involucrando al Cavour como rival del Virginia o Brissago, tan popular en Austria. En 1866, los italianos aprovecharon la guerra entre Prusia y Austria para declarar su propia guerra a este último país y anexarse el Véneto. Desde varios años antes, muchos italianos residentes en la región ponían en práctica una especia de “protesta pacífica” mediante el consumo del cigarro Cavour (símbolo de Italia) en lugar del Virginia, típico de Austria. Esto puede parecer una nimiedad a nuestros ojos actuales, pero evidentemente no lo era entonces, ya que el propio Maximiliano de Habsburgo, gobernador austríaco del Véneto, se vio obligado a dar explicaciones sobre el caso en el resumen de su gestión titulado Il Governatorato del Lombardo Véneto1857-1859. Allí habla sobre “l’uso dei sigari austriaci sostituti con sigari piamontesi, conosciuti come Sigari Cavour, che venivano introdotti di contrabando” La frase no necesita traducción y expone de manera efectiva la rebeldía popular expresada a través de dos artículos del tabaco.


Desde luego, el Cavour también supo ser rey de los puros peninsulares en la Argentina, con una nutrida importación y una no menos destacada manufactura local. De ello da cuenta, por ejemplo, el censo Municipal de Buenos Aires de 1887, en el que el puro que nos ocupa aparece como único representante del segmento cigarros entre la numerosa miríada de productos evaluados en base a sus precios mayoristas.  Lo  hallamos también en innumerables publicidades de tabacos y en el libro de stock del Ferrocarril Sud de 1898 que venimos analizando desde hace tiempo en Consumos del Ayer.  Allí,  con  8825 unidades a lo largo de 16 meses, se alza como el segundo en su tipo más vendido en trenes y estaciones de la empresa, detrás del toscano. Una última referencia ejemplificadora de su celebridad podemos encontrar en una foto de Caras y Caretas del año 1907, donde se lo puede ver  junto a otros cuatro puros (dos nacionales, un toscano y un Brissago) como ilustración  del consumo de tabaco en nuestro país.


El Cavour dejó de producirse en la Argentina hace mucho tiempo, a fines de la década de 1930. Lo propio sucedió en Italia en el año 1984, cuando el último ejemplar salió de una de las fábricas del Monopolio di Stato. Pero el autor de este blog ha logrado encontrar (o al menos eso cree) un cigarro español muy parecido a lo que debió ser el Sigaro Cavour en sus buenos tiempos: el Caliqueño español elaborado en Valencia (3). Por tal motivo, hicimos una degustación con espíritu histórico, tratando de encontrar alguno de aquellos viejos aromas y sabores olvidados.

                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) “No es cierto que las sustancias amargas de las que está compuesto el curtido de su capa son perjudiciales”.
(2) En la próxima entrada de este blog vamos a realizar un análisis pormenorizado de las razones económicas, culturales y sociales por las cuales el toscano pasó a liderar las ventas de cigarros italianos en todo el mundo a partir de 1890. 
(3) Por supuesto, y tal como es mi costumbre, en la segunda parte voy a exponer con mucho detalle las razones por las que encuentro esa similitud entre el Caliqueño y el Cavour.

jueves, 28 de noviembre de 2013

Corredor profesional y toscanero aficionado

Domingo Marimón  nació en Barcelona, España, el 8 de mayo de 1903.   Con apenas unos días de vida   sus   padres desembarcaron en Buenos Aires a la búsqueda de nuevos horizontes laborales, como era muy común en esa época. Al poco tiempo,   su padre Agustín se radicó en Zárate para trabajar como mecánico en la industria naviera, y fue de allí, seguramente, donde  nació la posterior pasión de Domingo por el automovilismo y su mundo.  Como piloto profesional compitió en categorías como la Fórmula 1 Mecánica Argentina y el célebre Turismo Carretera. En el año 1948 ganó la edición de ese año del  “Gran Premio  de  la América  del  Sur”, la competencia más larga y peligrosa de automovilismo de aquel entonces,  que unía las ciudades de Buenos Aires con Caracas.  A  lo  largo  de  su actuación en el Turismo Carretera, se destacó por ser defensor de la marca Chevrolet, de la cual se dice que fue el creador del apodo "Chivo" (1) que la caracteriza aún hoy.


Por supuesto que  en este blog nos interesa otra de las aficiones de este recordado as de la velocidad, ya que se lo conocía popularmente como "toscanito" ¿El motivo? Era costumbre  de  él  andar siempre con un cigarro toscano en la boca, tal cual  lo demuestra el hecho de que la mayoría de las fotos que han sido guardadas para la posteridad  lo retratan saboreando el puro de tipo italiano, incluso en las situaciones de mayor tensión nerviosa, tan comunes al oficio del que era un ídolo popular consumado.   Conduciendo  raudamente  o posando, de traje elegante o con ropa de corredor, en la tapa de El Gráfico o en cualquier otra publicación, solo o acompañado, Domingo Marimón aparecía, invariablemente, haciendo gala de su gusto por los cigarros fuertes. En la siguiente foto, por ejemplo, se lo ve junto a otros dos ases de la especialidad: Froilán González y Juan Manuel Fangio.


Entre sus principales logros deportivos figuran el primer puesto en la primera etapa del Gran Premio Internacional de 1947, el primer puesto general en el ya mencionado Gran Premio de América del Sur de 1948 (más  conocido  como  carrera   “Buenos Aires -Caracas”)  y el primer puesto en la Vuelta de Santa Fe de 1950. Como dijimos, fue un fumador inveterado de cigarros toscanos desde su temprana juventud hasta su muerte, acaecida en 1981. A tal punto llegaba esa asociación de  imágenes entre su principal actividad y sus preferencias tabaquísticas, que sus amigos de Cosquín construyeron una réplica de un toscano de ocho metros de largo y la montaron sobre un camión para homenajearlo a su llegada del triunfo de Buenos Aires-Caracas en 1948.


Domingo Marimón, el amante de los toscanos, debe haber sido un testigo directo de los cambios producidos en la industria del tabaco en el transcurso del siglo XX, los que quizás lo haya obligado a cambiar de marca en varias oportunidades,   conforme aparecían y desparecían las distintas fábricas emplazas en nuestro país durante ese dinámico período. Hemos querido así rendir un tributo a este corredor de espíritu juguetón y temperamento aguerrido, que sigue siendo recordado por los fanáticos del automovilismo nacional.

Notas:

(1)  Según se dice, este apodo nació durante una competencia corrida entre Argentina y Chile. Una de las etapas más difíciles era realizar cierto cruce por caminos montañosos de la Cordillera de Los Andes. En esa competencia, Marimón se mostraba confiado con su medio mecánico,  al cual había bautizado como "chivo", ya que según sus propias palabras, ante una rueda de prensa, el piloto confesó: “sobre el comportamiento del auto, viaja bárbaro muchachos. Además, trepa como un chivo”


martes, 8 de octubre de 2013

Calendario histórico del toscano en la Argentina: 1861-1971

Los historiadores profesionales aseguran  que la ciencia objeto de su especialidad  no debe basarse nunca en fechas precisas, y tienen razón.  Al decir,  por ejemplo,  que Constantinopla cayó ante los turcos el 29 de Mayo 1453,   no  significa que el mundo cambió de un día para el otro. Bien al contrario, ese hecho puntual señala el epílogo de una larga serie de acontecimientos políticos,  económicos  y  sociales que venían ocurriendo desde varios siglos antes.   Sin embargo,  nadie puede negar que  el establecimiento de un datado cronológico implica una gran ayuda para formar “bloques” temporales imprescindibles en el estudio del pasado. Con esa misma filosofía, vamos a presentar  un pequeño resumen de los acontecimientos más significativos en la historia del toscano en Argentina. Ello incluye tanto a los genuinos ejemplares italianos, que comenzaron a importarse a principios de la década de 1860, como a aquellos creados por la industria nacional, iniciada en 1875. De esa manera armamos un calendario que abarca algo más de 150 años, de los cuales 110 corresponden al devenir toscanero en nuestro país.


1818
En Florencia, capital del Granducato di Toscana, comienza la historia del cigarro toscano con las primeras elaboraciones artesanales.
1861
Primera importación argentina documentada de cigarros italianos, en cantidad de 220.000 unidades.
1865
Aunque el control público del Reino de Italia funciona desde 1861, en 1865 se establece oficialmente la AZIENDA TABACCHI ITALIANI (ATI), empresa encargada de manufacturar, comercializar, promocionar y exportar  los tabacos peninsulares. En nuestro país las importaciones crecen de manera sostenida: durante ese período anual arriban más de 1.200.000 puros de tal procedencia. Esto significa un aumento del 550% en apenas cuatro años.
1878
Juan Otero produce los primeros toscanos argentinos en su fábrica La Argentina, del barrio de Barracas. Para ello utiliza tabaco de Tucumán en el relleno y capa exterior de Virginia. Los cigarros son secados y curados en grandes estufas de piedra al fuego y humo de leña, imitando el proceso original del tabaco Kentucky empleado en Italia. Durante 1882 gana importantes premios en las exposiciones Continental y Rural por sus cigarros “tipo italiano”.


1883
En Buenos Aires se establece otra empresa tabacalera fuertemente especializada en cigarros italianos: La Virginia, de Donato Didiego. Entre 1889 y 1895 crece el número de fábricas que tienen al toscano entre lo más destacado de su elaboración: La Buenos Aires, en Capital Federal, La Suiza, en Rosario, Peirano Hermanos, en San Nicolás, y Miguel Campins, en Tucumán, son las principales.
1884
El monopolio tabacalero de Italia pasa a la órbita de la DIREZIONE GENERALE DELLE GABELLE (Administración General de Impuestos) Se profundiza así el control estatal sobre la industria del tabaco.
1893
El monopolio italiano vuelve a cambiar de manos administradoras, que se hacen más específicas. Ahora depende de  la DIREZIONE GENERALE DELLE PRIVATIVE (Administración General del Monopolio)
1901
Un juicio entre el importador oficial designado W Paats, Roche & Cía y la fábrica rosarina  La Suiza pone al descubierto la amplia falsificación que realizan  muchos fabricantes argentinos, utilizando etiquetas similares a los de los toscanos europeos genuinos.


1902
Comienza a funcionar la fábrica Avanti en el barrio porteño de Villa Urquiza, la primera enfocada exclusivamente en cigarros toscanos hechos con tabaco 100% argentino. Su inauguración oficial se lleva a cabo en 1904.


1910
No obstante la creciente manufactura local, las importaciones de cigarros italianos alcanzan proporciones extraordinarias. En el año del centenario nuestro país importa 91.000.000 de toscanos, que ya están constituidos como los puros de mayor aceptación en estas tierras.
1928
La Regia Italiana desembarca en Buenos Aires para importar sus productos sin intermediarios. Para ello establece la SATI (Societá Anonima Tabacchi Italiani). En 1933 abre una gran factoría en el barrio de Villa Real, donde produce toscanos y varias marcas de cigarrillos. En la confección de unos y otros emplea un blend de tabacos argentinos y extranjeros. Desde ese momento y por los treinta años siguientes, Avanti y Regia Italiana son las dos marcas líderes dentro del rubro.


1940
El consumo de toscanos llega a su apogeo. Una estadística publicada ese año indica que los habitantes de este país fuman anualmente 190.000.000 de puros toscanos, entre nacionales e importados.
1946
Italia se convierte en república tras la abdicación de su último rey, Humberto II. En cierto modo, este hecho marca una bisagra en la historia toscanera mundial. Las costumbres cambian y los toscanos entran en un lento pero sostenido ocaso.
1956
La Regia Italiana decide cerrar sus delegaciones en el exterior, incluyendo la SATI de Argentina. Esto se hace efectivo dos años después.
1958
En vista de las ventas declinantes de la última década, la Compañía Introductora de Buenos Aires cierra su planta Avanti de Buenos Aires y concentra las operaciones en Posadas, Misiones.
1971
Cierra definitivamente Avanti de la CIBA. En los años siguientes, la marca pasa sucesivamente por las manos de varias pequeñas empresas. Las glorias del toscano son sólo un recuerdo de tiempos pretéritos.

Muchos se preguntarán por qué elegimos el cese de actividades de la fábrica Avanti como final de esta historia, siendo que los toscanos continuaron fabricándose hasta el día de hoy. Es muy simple: los años setenta del siglo XX  marcaron el final de una época, en la que últimos y “verdaderos” aficionados al puro de estirpe itálica -pertenecientes a una generación nacida por el 1900-  iban despareciendo, como bien lo evidencia el cierre de la principal manufactura que existió en estas tierras.


Próximamente pondremos la lupa  sobre cada una de las etapas apuntadas con el fin de analizar  los diferentes procesos que generaron el éxito del toscano en la Argentina: desde el cigarro raro y exótico fumado en los ghettos italianos hasta el artículo masivo consumido por millones de personas sin distinción de nacionalidades.