martes, 17 de enero de 2017

Cifras reveladoras II: tiempo de cambios

El cuadro estadístico expuesto en la entrada pasada ofrece un dato llamativo: la disminución de 1914 luego del repunte sostenido durante varios años, tanto en lo que hace a toscanos importados como nacionales. ¿Pudo haber sido el inicio de la Primera Guerra Mundial la causa de ese descenso? No caben dudas de que el gran conflicto bélico tuvo mucho que ver. Desde el punto de vista de los cigarros manufacturados en Italia, las razones son obvias: dificultades para atender los compromisos del comercio internacional, vuelco de las industrias hacia la fabricación de pertrechos militares y escasez de mano de obra por el reclutamiento masivo de hombres. Por su parte, la caída en la confección y el consumo de  ejemplares nacionales obedece posiblemente a motivos menos directos pero igualmente comprobables, como la crisis económica global experimentada en aquel tiempo. Una cifra de carácter interno es bastante ilustrativa: entre 1914 y 1918, el poder adquisitivo de los salarios argentinos descendió un 38,2 por ciento (1).


Los guarismos posteriores de la importación continúan marcando la tendencia, ya que los casi noventa y cuatro millones y medio de toscanos arribados a nuestros puertos en 1914 pasan a ser 83.280.000 en 1915, 53.648.000 en 1916 y 39.198.945 en 1917. Concluida la guerra y superadas sus distorsiones más severas, la nueva década arrancó en franco repunte, comenzando con 53.200.000 de unidades en 1921 y continuando hasta el final del decenio, cuando las cifras volvieron a mostrarse tan destacadas y dinámicas como veinte años antes: 68.111.466 en 1926, 86.511.730 en 1927 y 106.090.000 en 1928. No obstante, esta segunda “era dorada” del vero sigaro tuvo su término muy pronto a consecuencia de la bien conocida depresión de 1930. Para empeorar el panorama, Italia vivía entonces un momento de graves agitaciones políticas, conflictos sociales, huelgas masivas y paralización productiva. Aquellos embarques que alguna vez llegaron a superar el centenar de millones anuales se derrumbaron prontamente: para 1939 alcanzaron apenas 11.453.073 y en 1940 sólo fueron  9.355.000 unidades. El informe de este último año destaca los problemas originados por la “situación internacional”, y no era para menos:  comenzaba en Europa otra guerra devastadora.


Y ese sería, de hecho, el último ingreso de cigarros italianos genuinos a nuestro país por muchísimo tiempo. Al año siguiente (1941) el informe que nos ocupa fue tan contundente e inequívoco como siempre: “no se ha registrado importación de cigarros toscanos y similares (italianos)”. Cierta vez hicimos una entrada sobre el tema, afirmando que la Segunda Guerra Mundial acabó con los toscanos de la península, aunque sin tener la fecha exacta de interrupción (2). Ahora lo sabemos con certeza absoluta: fue en 1941, coincidentemente con el endurecimiento de la refriega (3).


Desde ya queda claro que semejante ausencia fue entera y rápidamente compensada por la confección vernácula, aunque el origen del proceso es cronológicamente anterior. Más allá del hito de 1912, cuando los toscanos nacionales superaron por primera vez (y para siempre) a los importados, consideramos que la consolidación definitiva de la industria nacional comenzó a gestarse a principios de los años treinta. Varios sucesos reseñados por este blog permiten afirmarlo así, especialmente aquellos relacionados con las dos mayores fábricas del ramo: Avanti y SATI. La primera, como vimos hace muy poco, se encontraba mejorando sus cultivos misioneros de tabaco Kentucky y estaba próxima a abrir dos nuevas plantas de elaboración. La SATI, por su lado, había inaugurado una enorme factoría en 1933 y para comienzos de los años cuarenta lograba su plenitud productiva, tanto en lo que hace a los toscanos Regia Italiana como a sus famosas marcas de cigarrillos Macedonia y Broadway. El año 1945 la Memoria del Departamento de Hacienda registra un récord en la producción y consumo de toscanos, para entonces 100% argentinos: nada menos que 347.145.600 ejemplares, correspondientes a 60.113.143 de paquetes de 2, 4 y 5 unidades y 84.585.976 cigarros sueltos (4).


Pero claro, todo tiene un final. Así como años antes se había terminado el tiempo de los pequeños talleres y los cigarreros artesanales, también le iba a llegar su hora póstuma a las mega manufacturas de toscanos. Y todo por el más evidente de los motivos: la disminución del consumo. En eso nos vamos a enfocar la próxima…


                                                          CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Los conflictos de la Argentina próspera. Félix Luna, 2003.
(2) Fue el 12/11/2014 en la entrada “La guerra que terminó con los toscanos genuinos importados de Italia” http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2014/11/la-guerra-que-termino-con-los-toscanos.html 
(3) Ese año se produjeron dos hechos cruciales:  la invasión a la U.R.S.S. por parte de Alemania (22 de junio)  y el ingreso de Estados Unidos a la guerra tras el ataque japonés a Pearl Harbor (7 de diciembre).
(4) Promediando los años treinta hicieron su aparición los toscanos empaquetados, tanto enteros como amezzatos. Hasta entonces, el sistema de comercialización minorista sólo se efectuaba al modo entero y “suelto”, fraccionando directamente las cajas de fábrica que contenían 50 o más unidades. Si el cliente lo deseaba podía cortar su toscano al medio en la misma cigarrería, que contaba con las otrora célebres guillotinas diseñadas para tal fin (ver foto). Desde la aparición de los impuestos internos en 1895 cada cigarro llevaba una estampilla fiscal, pero eso se volvió engorroso e innecesario en el caso de los paquetes, que pasaron a pagar y exhibir  una estampilla única de acuerdo a su contenido. Por ese motivo la Memoria los registraba separadamente, costumbre que se extendió por muchos años. En distintos períodos existieron paquetes de papel  y cajitas de cartón de 2, 3, 4, 5 y 10 cigarros toscanos. Por supuesto, el único método para convertir  paquetes en unidades consiste en multiplicar la cantidad de envases expendidos por su contenido, caso por caso y año por año.


martes, 3 de enero de 2017

Cifras reveladoras I: la edad de oro

En su destacado carácter de fuente de ingresos para las arcas del estado, el tabaco estuvo bajo la lupa de las autoridades impositivas argentinas desde finales del siglo XIX. A los propósitos que nos interesan aquí, distintos compendios de información oficial (en general, registros aduaneros) fueron dando cuenta del crecimiento paulatino en el consumo de cigarros italianos a partir de su primer arribo al país, en 1861. La producción nacional de dicho rubro, iniciada veinte años después, resultó numéricamente poco significativa durante bastante tiempo, pero hacia 1900 era evidente que su relevancia había crecido de modo formidable. Fue así que un antiguo informe de tinte económico – tributario comenzó a ocuparse del tema en los primeros años de la nueva centuria. Se trata de la llamada Memoria del Departamento de Hacienda, cuyas viejas ediciones nos han servido para obtener y analizar una completa y meticulosa data de importación, producción y comercialización de puros toscanos desde 1905 hasta 1976  (1).


Tal cúmulo de referencias estadísticas será analizado a lo largo de cuatro entradas (dos en enero y dos en febrero) que se inician ahora mismo. Las tres primeras van a estar enfocadas en sendos ciclos esenciales para el devenir toscanero patrio, mientras que  la última tendrá un propósito de resumen general explicativo. Iniciamos hoy con lo acontecido por los tiempos del centenario (la edad de oro), en la segunda tomaremos conocimiento de los sucesos coetáneos a la Segunda Guerra Mundial (tiempo de cambios), en la tercera haremos un análisis de los años decadentes para el producto que nos convoca (el ocaso), y en la cuarta vamos a puntualizar las razones que nos llevan a designar cada período de la manera en que lo hacemos (toscanos per cápita). Ubiquémonos entonces al comienzo histórico de nuestra secuencia.


Desde 1861 hasta 1904, tal cual lo antedicho, las únicas cifras sobre dispendio de cigarros italianos fueron aquellas provistas por la Aduana de Buenos Aires. Algo muy lógico, ya que el acceso a semejantes productos estuvo monopolizado por la importación  durante dos décadas, mientras que la manufactura nacional, iniciada tímidamente hacia 1881, creció de modo muy lento hasta las postrimerías decimonónicas. No obstante, el advenimiento del nuevo siglo trajo consigo una avalancha en el interés por esos potentes puros de impronta mediterránea (2) con el consecuente y marcado aumento en su trascendencia porcentual para los guarismos industriales tabacaleros y las intenciones recaudatorias del fisco. Ya en 1905 se los comienza a mencionar de manera explícita, con números de la importación que van reflejando aumentos sostenidos, más allá de algún vaivén temporal: 70.622.365 unidades en 1905, 82.745.760 en 1906, 101.470.698 en 1907 y 96.370.000 en 1908. Pero en 1909 leemos algo inédito hasta entonces, tal vez la cita pionera de carácter oficial sobre el toscano de confección argentina. En efecto, los considerandos del director de la repartición incluyen una referencia respecto a que “la industria nacional comienza a elaborar en cantidades dignas de consideración los cigarros denominados toscanos.” (3)


Tamaña elocuencia se incrementa al año siguiente como explicación de una leve baja importadora. Así, el funcionario señala que la misma “ha sido ampliamente compensada por la producción nacional.”.


Si acaso hacía falta más énfasis, lo tenemos en 1911. “En cuanto a los cigarros tipo toscano de producción nacional, siguen desalojando a los de procedencia extranjera”, asegura la reseña, y luego sustenta el argumento con los números correspondientes.


La conclusión de este “cabeza a cabeza” entre nacionales y extranjeros llega en 1912, dándonos además una certeza absoluta sobre cierto punto que tratamos hace tiempo (4): el año preciso en que la manufactura argentina superó numéricamente a la importación. La frase respectiva no requiere comentarios adicionales: “el tipo de los cigarros de producción nacional preponderante es el italiano, habiendo desalojado al similar importado.”


Mediante las unidades comercializadas de uno y otro origen, el siguiente cuadro expone una visión más clara sobre el desarrollo del fenómeno  entre 1909 y 1914. Vale decir que la tendencia resultó irreversible, dado que a partir de 1912 los importados perdieron el protagonismo en forma definitiva (5).

AÑO                 IMPORTACION           ELABORACIÓN

1909                  108.870.000                     68.168.444     
1910                  105.280.000                     99.998.257
1911                  110.910.000                   108.653.532
1912                  106.510.000                   115.799.130
1913                  108.850.000                   136.625.285
1914                    94.465.000                   122.457.316

Independientemente de la “guerra” entre importadores y fabricantes para ganar el mercado, no podemos dejar de advertir la magnitud de los guarismos, que promediando el decenio alcanzan la pasmosa cifra de más de doscientos millones de ejemplares consumidos anualmente en todo el territorio de la república. Entonces… ¿cómo siguió la cosa? Eso lo veremos en la próxima entrada, muy pronto.


                                                             CONTINUARÁ…              

Notas:

(1) Lamentablemente hay numerosos períodos faltantes, que por suerte no corresponden a ninguna de las fechas claves que iremos marcando a lo largo de la serie. Los mayores “agujeros” informativos se sitúan en las décadas de 1920, 1940 (segunda mitad) y 1950.
(2) En los primeros años, la Memoria utiliza indistintamente los rótulos cigarros italianos, cigarros tipo italiano, cigarros tipo toscano  o cigarros toscanos, incluyendo alguna mención ocasional del Cavour. Un par de décadas después sólo se habla de toscanos, lo que indica la desaparición paulatina de los demás módulos peninsulares, en especial Cavour y Brissago, y en menor medida otros prototipos  que pisaron estas tierras esporádicamente, como Napolitano, Minghetti y Branca.
(3) Sin dudas, la puesta en funcionamiento de la gigantesca fábrica Avanti entre 1902 y 1904 resultó el principal motivo de crecimiento para la industria local.
(4) Fue en la entrada que subimos con fecha 1/8/2015: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2015/08/hace-cien-anos-se-producia-un-hito-en.html
(5) Se observará que, en algunos casos, hay diferencias sustanciales entre lo que dicen las imágenes y las cifras del cuadro. Ello se debe a que la Memoria solía hacer correcciones de un año al otro. Por ejemplo, en 1912 el informe habla de una elaboración nacional de 111.976.537, mientras que el cuadro expone 115.799.130. ¿Motivos? Este último número se menciona en 1913 como elaboración de 1912. En tales casos opto siempre por la cifra publicada más tarde, ya que supongo que el ministerio necesitaba cierto tiempo para"ajustar" los guarismos.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Algunas precisiones sobre la CIBA y su fábrica Avanti II

El primer dato de interés histórico que nos brinda el valioso texto reseñado en la entrada anterior consiste en la conformación accionaria original de la Compañía Introductora de Buenos Aires. Sabemos ahora que todo  su capital provino de la reconocida empresa William Paats, Roche y Cía, lo cual indica un idéntico grupo de inversores controlando ambas sociedades . El punto es doblemente sugestivo si tenemos en cuenta que esta última firma fue importadora de los legítimos toscanos italianos hasta 1903, o sea, el mismo año en que decidió levantar la fábrica Avanti. Si buscamos explicaciones, es muy lógico asignarle al nuevo emprendimiento un propósito basado en las inmejorables perspectivas que presentaba el mercado vernáculo, puesto que para ese entonces los toscanos carecían de rival en materia de cigarros puros y su demanda se acrecentaba progresivamente. Más difícil resulta saber por qué esa misma casa cesó casi de  inmediato la importación de los ejemplares peninsulares genuinos (1) o, mejor aún, cuál de las dos partes involucradas resolvió finalizar el contrato respectivo, celebrado algunos años antes. ¿Fue la firma argentina, atenta a la mayor rentabilidad de una manufactura local, o fueron los italianos, advertidos de que su importador exclusivo en Argentina se disponía a “falsificar” el emblemático producto, iniciando así una especie de competencia desleal? La respuesta tiene aún más opciones (2) y el hallazgo de evidencias aclaratorias no resulta técnicamente imposible (tal vez quedaron registros en documentos oficiales italianos de la época), aunque sólo el tiempo dirá si algún día podremos encontrarlas.


La mención de cifras inequívocas sobre el volumen productivo de los primeros años sirve para confirmar ciertos postulados largamente sostenidos por este blog, aunque nunca avalados en forma documental. Ya estamos en condiciones de ratificarlos fehacientemente: al poco tiempo de su apertura, Avanti era la fábrica de toscanos más grande del país y su producción abastecía (por sí sola) el mayor porcentaje del mercado. Considerando la referencia de los ocho millones y medio de puros mensuales confeccionados en 1916, es decir, 102.000.000 al año, no quedan dudas al respecto: las estadísticas de esa época señalan una producción  toscanera argentina cercana a 150.000.000 de unidades. En función de ello, prácticamente dos tercios de los toscanos fabricados en nuestro territorio eran obra de la CIBA. Ya que tales guarismos porcentuales no se modificaron sustancialmente con el correr de las décadas (3) (4),  podemos sentenciar que Avanti siguió siendo el cigarro nacional más vendido por el siguiente medio siglo.


El crecimiento que experimentó la empresa a partir  de los años cuarenta queda demostrado por la adquisición de la fábrica de B Yoldi en 1944, y por el emplazamiento de otras dos plantas complementarias en San Luis y Posadas hacia 1946. La primera tuvo una duración acotada (solamente hasta 1962), mientras que la segunda acabó convirtiéndose en la fábrica principal una vez que el imponente edificio del barrio de Villa Urquiza fue desafectado de las labores industriales, en 1958. Sin embargo, éste continuó en poder de la CIBA al menos por diez años más, según consta en un comunicado de tipo legal publicado por el Boletín Oficial a finales de 1967. Allí comprobamos la existencia física de las dos propiedades aún en poder de la firma, la de Posadas como fábrica y la de Buenos Aires como depósito. Al texto en cuestión (arriba) añadí (abajo) la única imagen que pude hallar de los galpones misioneros (ya abandonados), así como el consabido pero siempre ilustrativo dueto de paquetes indicando domicilios pre y post mudanza de la manufactura.


Un último tema de enorme interés para nuestras finalidades investigativas es aquel relativo a las plantaciones. Sabíamos algo acerca de los cultivos experimentales de la variedad Kentucky en las primeras décadas del siglo XX, pero ahora también avalamos esa información con un panorama completo del desarrollo tabacalero de campo que caracterizó a la CIBA durante mucho tiempo. Los primeros resultados satisfactorios datan de 1929, por lo cual podemos deducir que el Kentucky empezó a ser utilizado masivamente a partir de 1930, conforme aumentaba la cantidad de fincas dispuestas para tal fin. El mapa al costado de este párrafo (hacer click para ampliar) muestra la ubicación de las localidades mencionadas en el libro que nos ocupa, numéricamente dispuestas según su orden textual de aparición: MonteCarlo, Puerto Rico, Wanda, Lanusse, Oberá, Cerro Azul y Campo Grande. En los decenios de 1930 y 1940, buena parte de esa materia prima viajaba hasta la factoría porteña por vía fluvial, luego del embarque en varios puertos del Paraná, especialmente el de Posadas (5). Un dato final es muy valioso: la última importación de Kentucky norteamericano se realizó en 1948, lo que nos dice dos cosas: que a partir de entonces los Avanti fueron hechos 100% con tabaco nacional, y que antes de eso tenían materia prima de USA en su interior, lo cual no sabíamos hasta ahora.


Hay casi infinitas ramificaciones temáticas para seguir analizando, pero ya llegará el momento de hacerlo. Por lo pronto, tenemos un conocimiento mucho mayor sobre el rótulo de toscanos argentinos más célebre de la historia.

Notas:

(1) Recordemos que en 1904 la importación de toscanos legítimos pasó a manos de Roberto de Sanna y la empresa Bunge y Born, el primero como “representante” y la segunda como introductora propiamente dicha.
(2) Los casos señalados se basan en la hipótesis de que los argentinos actuaron primero desencadenando la ruptura, pero los hechos no tuvieron que ser necesariamente así. Por ejemplo, es también factible que Italia haya decidido terminar el contrato por otros motivos, y que W Paats, Roche y Cía resolviera -posterior y consecuentemente- continuar en el negocio mediante el emplazamiento de una fábrica propia.
(3) En realidad, la aparición de la SATI con sus Regia Italiana implicó una competencia importante sin llegar a comprometer el sólido liderazgo de Avanti. Por otro lado, su existencia histórica fue bastante fugaz, ya que sólo se mantuvo durante veinticinco años, desde 1933 hasta 1958.
(4) Durante enero y febrero de 2017 vamos a “hilar fino” sobre estadísticas tabacaleras del siglo XX (desde 1905 hasta 1976), gracias al hallazgo de cifras oficiales y contundentes.
(5) Así lo señalan algunos testimonios que hemos visto oportunamente.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Algunas precisiones sobre la CIBA y su fábrica Avanti I

Por su carácter de mayor exponente histórica del toscano argentino, la fábrica Avanti de la Compañía Introductora de Buenos Aires ha sido objeto de numerosas entradas en este blog y también en Consumos del Ayer. De hecho, fue la primera factoría nacional del ramo tabacalero que reseñamos, así como unos pretéritos cigarros Avanti  inauguraron nuestra serie de degustaciones de productos añejos. Pero el hallazgo de nuevas fuentes de información nos sirvió para confirmar datos cronológicos, descubrir secretos del proceso manufacturero y establecer precisiones acerca de algunos puntos que hasta entonces se hallaban en la penumbra. En este caso se trata del libro Las salinas grandes de Hidalgo -La Pampa- y su desarrollo, de Walter Stauffacher, editado en 1967 por la propia CIBA. En esta primera entrada vamos a presentar la parte del texto que nos interesa y en la próxima haremos un análisis pormenorizado de todo lo que nos dicen esos datos acerca del emprendimiento fabril toscanero más importante del pasado nacional.


Queda claro que el tema central de la obra se basa en las conocidas actividades de producción salina que la CIBA llevó a cabo a partir de 1934 (con una marca famosa, Dos Anclas), pero hay un capítulo específico que relata los inicios de la empresa, coincidentes con el advenimiento del siglo XX. Ello nos permite saber que el capital inicial fue obtenido íntegramente del activo de la reconocida importadora William Paats, Roche y Cía. Luego de referirse a los primeros negocios encarados por la firma (1), el texto continúa señalando que “en septiembre de 1903 resolvió instalar una fábrica en la ciudad de Buenos Aires para elaborar cigarros italianos y ya en agosto de 1904 comenzó a producir la nueva manufactura (…) Al principio se elaboraron 25.000 a 30.000 cigarros por día, pero ya en octubre de ese mismo año se llega a 90.000 cigarros diarios.” Desde luego, era la época dorada del producto y eso se hizo notar rápidamente, llegando en 1916 a elaborar 8.500.000 cigarros por mes hasta alcanzar, entre 1922 y 1927, la suma de diez millones de unidades. ¿Con qué recursos humanos se realizaba semejante tarea? Así lo explica: “la dotación de la fábrica de Villa Urquiza sobrepasaba entonces los 1.000 obreros, en su mayoría mujeres.”


Un dato interesante es la adquisición de la fábrica de Bienvenido Yoldi (2) en 1944, que posteriormente y hasta 1957 funcionó con el nombre de “La Firmeza”. Pero aún más reveladora es la apertura de otras dos plantas conforme la porteña perdía competitividad. Al respecto, dice: “en 1945, debido al retiro de un importante núcleo de personal antiguo y ante las dificultades para para conseguir obreras en Buenos Aires dispuestas a aprender el oficio de cigarrera, se resolvió la instalación de fábricas en el interior del país…”  La primera fue en San Luis (3) y un año más tarde se sumó Posadas, que hacia 1958 llegaron a alcanzar conjuntamente volumen y calidad suficientes como para cerrar la vieja y legendaria factoría de Villa Urquiza. Un párrafo describe con cruda sinceridad el achicamiento general del negocio sentenciando: “posteriormente se resolvió ampliar la fábrica de Posadas para absorberla producción de la de San Luis pues, como en general el consumo de cigarros de hoja ha disminuido mundialmente, el de los cigarros Avanti también sufrió esa baja y por lo tanto resultaba antieconómico mantener dos manufacturas a producción no total. Fue así que en 1962 se decidió cerrar San Luis y hoy (habla de 1967) la planta de Posadas, con un  personal de 350 empleados y obreros, está produciendo la totalidad de los cigarros.”


Queda para el final otro tópico de extremo interés, que es el desarrollo de las plantaciones de tabaco. “Desde 1917, la Introductora vino realizando ensayos para plantar tabaco de la variedad Kentucky en el país (…), pero recién en 1929 se perfilaron los primeros resultados, resolviéndose entonces la instalación de una chacra experimental en Eldorado, Misiones.”  (4) Pronto las zonas de cultivo se extendieron por las localidades de Montecarlo, Puerto Rico, Wanda y Lanusse, y más tarde hacia el sur por Oberá, Cerro Azul y Campo Grande. Vienen a continuación diversas especificaciones sobre los avances agronómicos durante los siguientes años, pero nos enfocamos en una última frase tremendamente valiosa y elocuente: “desde 1960, la CIBA ha venido comprando también tabaco misionero para uso de su manufactura de tabacos y/o para exportar. La última importación de tabaco Kentucky de procedencia norteamericana se realizó en el año 1948.”


Lo apuntado parece un poco difuso, pero es cuestión de ubicarlo en el contexto adecuado de forma, tiempo y lugar, lo que nos permitirá encontrar muchas respuestas a viejos interrogantes de este blog. Todo ello en la próxima entrada, muy pronto.

                                                           CONTINUARÁ…                                

Notas:

(1) Algunos fueron importación de mármoles, mercería, comestibles, velas y bebidas, todo ello abandonado entre 1908 y 1921. Más adelante, además de los toscanos y la sal, la CIBA estuvo vinculada a la fabricación de textiles, alimentos (galletitas y bizcochos) y tuvo representaciones comerciales de diversos artículos, además de haber controlado la fábrica de enlozados Ferrum.


(2) La manufactura de B. Yoldi fue famosa por sus “toscanos suizos”, sobre los cuales subimos una de las primeras entradas a comienzos de 2013. La susodicha firma parece haberse dedicado a la importación hasta mediados del decenio de 1910, luego al negocio mixto (importación y elaboración) y finalmente a la manufactura local. Ese mismo derrotero con las etapas sucesivas “importador”, “importador-fabricante” y luego “sólo fabricante” presenta grandes similitudes con otros emprendimientos toscaneros de la época. Vale decir que la presencia de Yoldi en el Boletín Oficial como solicitante de marcas es bien profusa durante las tres primeras décadas del siglo.


(3) Lo de Misiones se entiende bien, pero ¿por qué en San Luis, sitio alejado como pocos de los centros de consumo y de las zonas productoras de tabaco? Hay una sola respuesta lógica: allí la CIBA concentraba buena parte de su actividad salera, por lo cual tenía el espacio, la disponibilidad de personal y la logística necesarios. Aunque no tengo indicios que así lo prueben, tampoco debemos  descartar la existencia complementaria de algún tipo de ventaja impositiva basada en la radicación geográfica al estilo diferimiento o similares.
(4) Sobre eso también subimos una entrada hace bastante tiempo: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2013/03/un-yankee-en-misiones-el-tabaco.html

domingo, 16 de octubre de 2016

Cuando el toscano era parte integrante de la canasta básica

Una acertada premisa asegura que la mejor  interpretación de los hechos pretéritos sólo se logra pensando del mismo modo en que lo hacía la gente del pasado. Atila fue un hombre cruel en una época de crueldad, escribió alguien una vez, y esa frase sintetiza perfectamente el sentido de lo que estamos explicando. Dicho en otras palabras, nunca podremos entender una época si no nos ponemos en el lugar de la gente que vivía en esa época. Parece sencillo, pero aun así se suele caer fácilmente en el error de emitir juicios desde nuestro punto de vista actual sobre sucesos ocurridos hace cincuenta, cien o mil años, lo que siempre desemboca en visiones equivocadas. Por esa razón, tanto aquí como en Consumos del Ayer evitamos sentenciar si lo que comían, bebían y fumaban nuestros antepasados era mucho, poco, bueno o malo. Preferimos, en cambio, descifrar y transmitir el espíritu de la época con la mayor objetividad histórica posible.


Siguiendo ese razonamiento, no resulta extraño que el cigarro toscano fuera considerado un producto imprescindible en la canasta básica del habitante típico por los años del centenario. En efecto, dentro de los grupos sociales adecuados, el puro que nos ocupa tenía la misma importancia cotidiana que un alimento o una bebida, y el importe de su compra formaba parte de los gastos proyectados para el “día a día”. No es la primera vez que mostramos indicios probatorios en diferentes testimonios y documentos (escenas del cine, menciones de la literatura, viejas propagandas, etcétera), aunque nunca falta la oportunidad de encontrar otros nuevos. Así sucede en este caso gracias al libro Rosario, del 900 a la década infame (1), donde su  autor Rafael Celpi reproduce cierto fragmento de una vieja nota aparecida en la revista porteña La Semana Universal durante el año 1912, coincidiendo plenamente con los años de oro del consumo toscanero patrio (2).


Si bien el artículo no habla de Rosario sino de Buenos Aires, la realidad que describe es  igualmente aplicable a cualquier urbe, pueblo o localidad argentina de aquellos tiempos. En concreto, el texto presenta de modo crudo y visiblemente crítico la difícil realidad de los “jornaleros” que abundaban en todo el territorio nacional, y para ello efectúa un breve análisis comparativo entre el dinero que obtenían por su trabajo y los gastos necesarios para sobrellevar  las horas laborales de cada jornada. Recurriendo al lenguaje propio de la gente que retrata, la lista de gastos de un obrero durante sus horas de faena se presenta así, textualmente:

- Tranvía ida y vuelta                                                         0,10           - Cañonazo matutino (vino, licor, grapa o ginebra)           0,10
- Toscanos                                                                        0,10
  (Almuerzo al aire libre)
- Medio kilo de uva                                                            0,20
- Queso                                                                             0,20
- Nueces                                                                           0,15  
- Pan                                                                                 0,15
- Cañonazo vespertino                                                      0,10

Total:                                                                                 1,10

Considerando que un jornal promedio rondaba los dos pesos, el trabajador de entonces volvía diariamente a su casa con menos de la mitad de lo que había ganado. Y es precisamente aquí donde tenemos que dejar de lado los inevitables apriorismos que surgen al juzgar lo visto con ojos del siglo veintiuno. Si queremos entender por qué las personas humildes gastaban su escaso dinero en consumos que nos resultan tan peculiares, debemos considerar  la realidad de esa época. Para empezar, la comida es llamativamente “sana”: con excepción del pan, la ausencia de grasas se ve amplificada por la ingesta abundante de fruta fresca y frutos secos, pero obviamente no todos los obreros se alimentaban así. Es probable que semejante cuadro fuera común en época estival (lo de almuerzo al aire libre parece confirmarlo) y muy específicamente entre obreros italianos, ya que los ingredientes del menú son típicamente mediterráneos hasta el punto de asemejarse bastante a la última cena de Jesucristo. ¿Y el alcohol? ¿Eran necesarios dos cañonazos por día? Por supuesto que lo eran. Quien no entiende eso no entiende nada acerca de las condiciones de vida reinantes hace un siglo. No sólo se trataba de matar el frío del invierno o la sed del verano: en tiempos donde los remedios farmacéuticos eran caros y poco efectivos, el alcohol, bien o mal, también hacía  las veces de digestivo, analgésico, estimulante, antidepresivo y un montón de cosas más. Todo ello volvía tolerable la vida en general y el duro trabajo físico en particular.


Finalmente nos quedan los toscanos, que acompañaban con su aroma inconfundible a millones de personas. ¿Cómo no gastar diez centavos diarios para ese pequeño vicio capaz de llenar las horas vacías con su humo fragante?  Como bien dijo el político italiano Enrico Arlotta en los años que nos ocupan, refiriéndose al papel de los cigarros italianos en la vida de sus compatriotas emigrados al Río de la Plata: “dopo il faticoso lavoro (…) egli trova nelle nuvolette di fumo dell’ amato toscano come un efluvio, un aroma della patria lontana e pure cosi cara, che lo consola  dal duro lavoro e dal non meno duro esilio”. ¿Acaso hace falta traducirlo?


Notas:

(1) Se conoce como década infame a la de 1930 por los acontecimientos políticos ocurridos en el país, especialmente aquellos relacionados con el fraude electoral y las persecuciones políticas.
(2) Muy pronto vamos a presentar una serie de entradas enfocadas en el hallazgo de nuevos datos estadísticos sobre importación y producción de cigarros italianos durante el siglo XX. En alguna de ellas probaremos nuestra hipótesis que considera al decenio de 1910 como edad dorada del toscano en Argentina, a pesar de que el mayor volumen de manufactura y ventas se dio treinta años después. 

sábado, 1 de octubre de 2016

Manufacturas pioneras del toscano nacional: la fábrica de cigarros italianos de Ángel Tolerutti

Tal cual sucede frecuentemente, la serie de entradas sobre la Guía Kunz 1886 que acabamos de comenzar  en Consumos del Ayer no nació como consecuencia de búsquedas específicas para ese blog. Bien al contrario, el hallazgo de remotas publicidades resultó ser un aditamento circunstancial del verdadero propósito por el que fuimos a la Biblioteca Nacional de Maestros ubicada en el bellísimo Palacio Sarmiento (conocido también como Palacio Pizzurno) (1), sede además del Ministerio de Educación. La idea de apersonarme en el prestigioso reservorio bibliográfico, en realidad,  no fue otra que completar ciertos datos apenas visibles en una de las brevísimas e irritantes “vistas de fragmentos” de Google Books. No era para menos: se trataba del anuncio tipo clasificado relativo a la fábrica de cigarros italianos de Ángel Tolerutti, un establecimiento que hasta ese momento me era completamente desconocido. Y aunque todo dato sobre la antigua actividad  tabacalera argentina de ascendencia  italiana nos concierne y nos atrae, este caso tenía un sabor a triunfo por partida doble: el de lo muy antiguo y el de lo muy elocuente.


Hay motivos de sobra para manifestar esto último. Lo de elocuente no necesita demasiadas explicaciones en vista del mencionado rótulo “fábrica de cigarros italianos” , cuya comprensión en tiempo y forma brinda absoluta seguridad de que allí se practicaba la manufactura de los tres modelos más exitosos: Cavour, Brissago y Toscano. Pero el período cronológico representa un atractivo todavía mayor. En efecto, el acotado puñado de factorías activas durante el decenio de 1880 que habíamos logrado identificar hasta ahora no ofrece más certezas que algunas citas publicadas muchos años después, y en ningún caso  podemos determinar el momento exacto en que comenzaron a producirse los puros que nos convocan (2). Incluso la presencia de dichos emprendedores es escasa y difusa  en la propia guía Kunz de 1886 (3), mientras que el hallazgo de Tolerutti representa una evidencia de naturaleza categórica.


Concretamente, encontramos la fábrica de cigarros italianos de Ángel Tolerutti en Moreno 662/666 de la vieja numeración, haciendo esquina con la que hoy llamamos Virrey Cevallos (entonces Zeballos), a pocas cuadras del actual Congreso Nacional. La escueta data plasmada nos permite saber que el inmueble era alquilado (su propietario era un tal José Romero) y que contaba con línea de la empresa Unión Telefónica bajo el número 3157. Nos hubiera gustado tener mayores precisiones sobre el funcionamiento del lugar, pero su inequívoca denominación y el dato del teléfono (un lujo tecnológico en ese tiempo) sugieren cuanto menos que se trataba de una firma bien constituida, con cierto tiempo de existencia en el ramo.


Sin embargo, la manufactura de marras no vuelve a aparecer en un ningún registro subsiguiente: ni en guías industriales, ni en publicidades gráficas, ni en el boletín fabril del censo 1895. Su existencia documentada de 1886 es tan rotunda como su posterior desaparición. ¿Cuál fue entonces el destino de Ángel Tolerutti y su taller especializado en puros peninsulares? Quizás la repuesta se encuentre en el mismo censo 1895, pero en su parte de población. En principio, todo indica que el apellido correcto se escribe Tollerutti (4), patronímico bajo el cual fueron empadronadas solamente siete personas en el país, de las cuales seis integraban una familia domiciliada en la calle capitalina federal Santiago del Estero 2045. Ahora bien, para abundar sobre cada uno de los pormenores visibles y las conjeturas que se pueden hilvanar  consecuentemente necesitaría mucho espacio. Basta decir que dos de las mujeres presentes declaran practicar el oficio de cigarreras, que el propio Ángel Tollerutti -masculino adulto- no fue censado en ese ni en ningún otro lugar (hay un pequeño de 3 años llamado así, que suponemos hijo suyo) y que los párvulos de menor edad están apuntados como huérfanos de padre. En resumen, el panorama sugiere de manera  acentuada un fallecimiento reciente del padre de familia y  titular de la fábrica, aunque algunas componentes del grupo continuaban con el oficio, probablemente ya no como actividad formal sino como simple  método de subsistencia económica.


Por supuesto, este pionero se incorpora a nuestro listado de históricos establecimientos elaboradores y lo hace entre la vanguardia del orden cronológico, como corresponde a su condición de precursor del toscano nacional, tan bien acreditada por la Guía Kunz 1886.

Notas:

(1) Casualmente, el magnífico edificio comenzó a emplazarse el mismo año de publicación de la guía Kunz y se inauguró dos años después, en 1888. La siguiente foto parece haber sido obtenida cuando la obra se encontraba en estado muy avanzado. Nótese el entorno de casa bajas y la esquina sin ochava abajo a la izquierda (parece un típico “boliche”), en el ángulo NE de la intersección entre las actuales Marcelo T de Alvear y Rodríguez Peña.


(2) Por ejemplo, los antecedentes sobre La Argentina de Juan Otero (fundada en 1878) sólo se obtienen en reseñas escritas hacia 1893 y 1895, al igual que los de La Virginia de Donato Didiego (fundada en 1883). Ambas elaboraban todo tipo de productos tabacaleros y está claro que para 1890 ya hacían cigarros italianos. Pero, ¿fue así desde sus comienzos, o se trató de una diversificación productiva posterior?
(3) Desde luego, aprovechamos la ocasión para buscar otros manufactureros de época que ya conocíamos, y lo hicimos mediante todos los caminos posibles (calle, apellido, rubro), pero francamente encontramos poco. A Juan Otero lo vemos apuntado como simple cigarrero con domicilio en la calle Defensa 172. No hay nada acerca de otros productores toscaneros de la primera época, como Donato Didiego o el boquense Agustín Grillo (ni siquiera aparecen sus nombres). Sin embargo se observa un destacado aviso de los Cónyuges Brambilla , importadores de productos italianos que comprarían la fábrica a Didiego varios años después. Finalmente, en la lista de cigarrerías minoristas detectamos a dos de los tabaqueros italianos empadronados en el Boletín Industrial del censo 1895: Severo Bonani y Bernardo Corso.


 (4) La forma con una sola ele no existe, incluso en la Italia actual, según comprobamos por diversas indagaciones.