martes, 12 de julio de 2016

La Honradez, de Torrieri y Galina

Eduardo Torrieri nació  el 23 de febrero de 1878 en la ciudad italiana de Lanciano, sobre la costas del Mar Adriático. Sus progenitores formaban  parte de lo que se podría llamar “clase acomodada”, con intereses en la industria textil y la propiedad de tierras. No obstante dicha ventaja económica hereditaria, su temperamento de juventud  lo llevó a distanciarse de la familia y emprender un viaje a América en compañía de su hermano. Luego de permanecer algún tiempo en Buenos Aires (1) viajó a la ciudad entrerriana de Colón, donde logró acometer simultáneamente dos negocios: la imprenta (con una máquina comprada de segunda mano en 1895) y la fabricación de cigarros y cigarrillos.


Desde los comienzos, el emprendimiento llevó el mismo nombre que lo perpetuaría en la memoria histórica de la ciudad: La Honradez. Involucrado en  esa razón social fue aprendiendo el oficio de fabricar y comercializar sus productos bajo las marcas Entre Ríos y Coronel Lamas. Al poco tiempo se separó del socio primitivo para comenzar una nueva aventura tabacalera, esta vez aliado con Carlos Galina. Conservando el rótulo empresarial ya consolidado se afincaron sobre la calle Suipacha 324 (actual Sourigues) mediante la compra del terreno y la construcción de un importante edificio que todavía subsiste, tal cual podemos apreciar en la foto de abajo. Aunque venido a menos por el paso del tiempo y el abandono, el inmueble conserva cierta ínfula altanera que se percibe observando las orgullosas inscripciones La Honradez, sobre la amplia puerta de entrada, y Torrieri y Galina, en un frontón superior de material (ambas señaladas con flechas).


La actividad de la casa no tardó en ampliarse a través  del desarrollo de nuevas marcas y productos en el campo de los cigarrillos finos, los cigarros tipo habano y los toscanos. No faltaba espacio para tales labores, ya que la edificación contaba con oficinas, depósitos, galpones para secado (tal vez existiera una estufa para secar los toscanos a fuego de leña), secciones de manufactura y salón de ventas, todo ello rodeando un gran patio central. Tampoco abandonó Torrieri su antigua actividad de imprentero: años después sumó al establecimiento una sección  donde no sólo se hacían trabajos del ramo “para afuera” sino también  paquetes, cajas de cartón y todos los impresos necesarios para vestir sus propios envases antes de salir a la venta. Algunos vestigios gráficos aún son factibles de ser ubicados, como un rótulo con la leyenda Bocaditos de La Honradez (cigarros) y la solicitud para registrar la marca O Finchado plasmada en el Boletín Oficial del 11 de junio de 1912 (2)


Pero no fue sólo su actividad  industrial lo que hizo de Eduardo Torrieri un vecino célebre de la ciudad de Colón, sino la estrecha amistad y el trabajo público común que llevó a cabo con el abogado colonense Herminio Quirós, diputado nacional desde 1920 y gobernador de Entre Ríos en 1930. Quizás pocos políticos argentinos hayan logrado alcanzar tan buena reputación por honestidad, trayectoria y capacidad de acción. Además de su destacado trabajo en el campo de la jurisprudencia, Quirós tradujo en hechos concretos su gestión con obras tales como el emplazamiento de escuelas, hospitales, muelles, caminos y parques, entre muchas realizaciones llevadas a cabo en diferentes terruños de su provincia natal. Actualmente, el Parque Quirós de Colón recuerda esa labor fecunda, típica de un hombre íntegro en la vida personal y en la vida cívica. Una anécdota marca bien la relación entre Quirós y Torrieri: cierta vez, siendo diputado, Quirós le encargó a su amigo que buscara, comprara y enviara a su estudio porteño de la Avenida de Mayo 1190 una selección de quesos, dulces, miel y licores elaborados en la Colonia San José para el deleite de un paladar encumbrado: nada menos que el entonces presidente de la república Marcelo Torcuato de Alvear (3).


Con el tiempo, distintas actividades hicieron que Eduardo Torrieri vendiera su parte de la sociedad a Carlos Galina, que quedó como único propietario de la fábrica. Los registros indican que la factoría se mantuvo en funcionamiento hasta 1945, si bien no hay precisiones sobre cuántos años perduró como manufactura de tabacos. De todos modos, lo importante aquí es rescatar las figuras de aquellos hombres que dedicaron parte de sus vidas a la elaboración del puro que nos convoca, mientras se sucedían los aconteceres de mayor importancia en la historia patria.

Notas:

(1) El Censo Nacional de 1895 lo encontró ubicado todavía en Capital Federal, según los datos que se pueden apreciar a continuación en la imagen del formulario manuscrito original, de izquierda a derecha: Eduardo Torrieri, varón, 17 años, soltero, italiano, residente en Buenos Aires (con comillas del renglón anterior), religión católica, ocupación dependiente, lee y escribe (dispuesto como "si" a la pregunta del caso). No dudamos que se trata del mismo personaje, especialmente por la nacionalidad y el año de nacimiento (1878).


(2) También existen testimonios sobre las marcas Guerrillero y Mío y Suyo.
(3) Fuente: Quirós, el hombre que enseñó a los colonenses a valorar el pedazo de tierra que les habían asignado Urquiza, Sourigues, Elías y Peyret. Nota de Alberto Pierotti para El Entre Ríos

miércoles, 8 de junio de 2016

Señas particulares: ahumado y seco

Dice la leyenda que el método denominado fire cured (curado a fuego) se utilizó por primera vez en 1839, cuando un esclavo de color del condado de Slade Caswell, en Carolina del Norte, echó repentinamente mucha leña (quizás verde o húmeda) sobre un fuego destinado a secar cierta partida de tabaco fresco. El ahumado resultante modificó positivamente no sólo el aroma y el sabor, sino también la textura, el color y el brillo, creando así un nuevo sistema para tratar la materia prima. No obstante, cuando se investiga dicho tópico a fondo, el mismo mérito es reivindicado por otras dos naciones: Italia y Cuba. La primera sostiene que el proceso fue iniciado en Florencia hacia 1818 ( bajo la famosa versión del pilón mojado durante un aguacero), mientras que el país antillano afirma lo propio como parte de una técnica habitual en  la legendaria fábrica de habanos Partagás. Desde luego, tal como suele ocurrir en estos casos, ninguna de las tres aseveraciones cuenta con registro probatorio alguno más allá de la tradición transmitida por vía oral.


De un modo u otro, el ahumado con fuego de leña perduró a través del tiempo como una característica fundamental en la elaboración que aquí nos interesa. Aún hoy, el tabaco kentucky  de los toscanos italianos genuinos pasa invariablemente por la etapa del curato a fuoco con las maderas nobles del roble y la haya. Este tratamiento genera una especie de “aceramiento”  exterior (las capas de los toscanos suelen ser más brillosas que las de cualquier otro puro), brindando además cierto tacto vidrioso y una capilaridad especial, levemente rugosa, sin olvidar la obvia modificación del espectro aromático y gustativo en términos sensoriales que recuerdan a los leños, el humo y otros rasgos invernales. Todo ello produce, en definitiva, el carácter potente y fragante que ha caracterizado al cigarro peninsular por excelencia durante casi doscientos años.


Lo visto tuvo su  correlato histórico local desde que comenzó la fabricación de imitaciones toscaneras en Argentina, allá por 1881. Hemos señalado muchos testimonios documentales relativos a fábricas pioneras del siglo XIX que nos hablan, por ejemplo, de “estufas especiales” para secar los cigarros italianos (1) en establecimientos legendarios como La Virginia, La Buenos Aires o La Suiza. Esos casos paradigmáticos, obtenidos en las firmas más importantes y prestigiosas de la época, permiten presumir una práctica generaliza en todo el resto de la industria, al menos en aquellos tiempos fundacionales de la actividad tabacalera con impronta peninsular. Todo indica que la etapa del ahumado perduró hasta mediados de la década de 1940 para ser paulatinamente abandonada en los años siguientes (2), conforme el producto perdía vigencia y los viejos fumadores iban despareciendo a la par de su gusto por el tabaco fuerte, de paladar intenso y envolvente.


Pero el proceso de curtido en ahumadero no es, como se puede llegar a pensar, responsable de que los toscanos sean cigarros secos y duros, bien diferentes a los habanos y todas sus imitaciones esponjosas y húmedas. En realidad, el secreto de la característica deshidratada es obra de un estacionamiento posterior en ambientes secos que puede llevar varios meses. Y al respecto existen numerosos vestigios sobre la influencia de dicha práctica en el mercado local, tanto en lo que hace a la importación como a la manufactura vernácula. Para graficar el primer caso, una edición del Boletín Oficial de la República Argentina de octubre de 1906 da cuenta de la solicitud elevada por la empresa Bunge y Born (en ese entonces, flamante importadora de los toscanos legítimos) para obtener un plazo más amplio en cierto requerimiento legal relativo al envío de las estampillas fiscales a Italia, donde eran colocadas en los ejemplares terminados. La frase capturada a continuación es elocuente en cuanto a lo recién señalado: el tiempo de estacionamiento imprescindible para el secado final.


Más curiosa todavía resulta una propaganda de la celebérrima casa Avanti publicada en la igualmente famosa revista Caras y Caretas durante el año 1928. En ella (que ya ha sido posteada aquí hace mucho tiempo) apreciamos el consejo del fabricante respecto a la guarda de los paquetes en un sitio “bien seco” con el fin de disponer, en cualquier momento, de un cigarro capaz de dar satisfacción absoluta en materia de fumar.


El toscano italiano actual es tan seco como en sus viejas épocas (3), aunque existe una corriente de opinión que sostiene la teoría del “perfeccionamiento”  del sabor cuando se lo guarda en humidores y se lo consume con cierto grado de esponjosidad. No adhiero a ese criterio de clara influencia habanófila y modernista, más preocupada por las modas que por el verdadero espíritu del producto. En lo que a este blog concierne, el toscano debe nacer seco y morir seco, tal cual ha sido siempre por obra y gracia de las generaciones que lo fabricaron y fumaron durante los últimos dos siglos.

Notas:

(1) Nunca dejamos de aclararlo, no obstante haberlo hecho en más de una oportunidad: en Italia se ahúman las hojas de tabaco mucho antes del armado de los cigarros. En la Argentina, lo que se curaba con humo eran los toscanos terminados.
(2) En la fábrica Luchador aún se conserva la habitación de ladrillo interior a la vista que hacía las veces de estufa, en la cual se puede observar claramente la marca oscura dejada por el humo y el calor las brasas a través de los años. Según nos comentaba Heraldo Zenobi, la práctica en cuestión era sumamente engorrosa y fue abandonada definitivamente a comienzos de los años sesenta.


(3) En el ámbito local de nuestros días, las dos únicas fábricas existentes los presentan en  versiones diametralmente opuestas: bien secos (Luchador) y húmedos (Avanti, Caburitos, Puntanitos). No obstante, estos últimos tienden a secarse con el paso de las semanas.

viernes, 13 de mayo de 2016

Una dura crítica hacia los toscanos en el "Manuale del Fumatore" de 1866

El año 1866 marca el inicio de la última etapa en los sucesos correspondientes al desarrollo de la unificación italiana. Dicho período se conoce  como  Tercera Guerra de la  Independencia y coincide con el momento de mayor fervor patriótico para la entonces naciente nacionalidad peninsular (1).   Curiosamente (o no  tanto), esos  años  resultaron  pletóricos  de  avances tecnológicos  y científicos extendidos a la industria de nuestro interés, la del tabaco, que tenía un amplio desarrollo en la Italia de la época. Fue así que muchas publicaciones del decenio en cuestión dieron cuenta de los quehaceres tabacaleros, tanto en lo referente a la producción como también al consumo. Uno de esos pretéritos trabajos (asequibles hoy gracias a sitios como Google Books o archive.org) es el Manuale del Fumatore, editado en Milán en 1866. Su autor, Giácomo Sormanni, era un reconocido enólogo que por lo visto extendía su apego a las cuestiones del buen fumar.


















El momento de aparición del libro coincide con los primeros años de importación argentina de cigarros italianos, período crucial de la historia que nos desvela en este blog. Por ese motivo tomamos tan antiguo testimonio con mucha atención, toda vez que nos puede ayudar  a comprender mejor no solamente  cómo  eran los toscanos a  mediados  del  siglo  XIX,  sino  también  cómo  se  los consideraba  y  cómo  se los  fumaba.  En  una  próxima entrada veremos que los mencionados ingresos de tabaco peninsular se incrementaron exponencialmente durante el decenio de 1860, lo cual tiene su sentido en la no menos creciente inmigración que arribaba simultáneamente  a nuestro país (2). En semejante contexto, las consideraciones de Sormanni tienen para nosotros un gran valor histórico.  Y aquí viene los más interesante de todo: oh sorpresa, dentro de la variedad de puros itálicos reseñados por el experto, los toscanos se llevan la peor parte. De hecho, son criticados de un modo directo y cortante.


El capítulo que nos interesa se titula Rivista dei Zigari Nazionali y presenta observaciones y comentarios de los puros italianos más famosos del momento, a saber: Virgina, Cavour, Roma, Sella, Superiori, Toscani, Bolognesi, Wevey y “Cigaritos”. Hemos hablado en este espacio sobre muchos de ellos, especialmente del Cavour y el Virginia (Brissago), pero nos queremos enfocar de manera específica en lo que dice sobre los toscanos, que es lo que sigue.

Zigari Toscani: Sono della forma dei Cavour ma un poco più  sottili e più lunghi -i militari ne fano grande uso perchè forti-  la  loro  qualità  è  inferiore  e  tramanda  un  odore cattivissimo. Traducido, “son de la forma del Cavour pero un poco más delgados y más largos -los militares hacen un gran uso de ellos porque son fuertes (3)-  pero su calidad es inferior y transmiten un olor muy malo”.


En líneas generales, Sormanni no parece tener un buen concepto sobre los cigarros itálicos en general, pero su crítica al toscano es la más lapidaria de todas. Ello lleva a preguntarse si los puros que conforman la esencia de este espacio eran considerados realmente tan malos en aquella época. Desde luego que no existe una respuesta única e inequívoca para dicha cuestión (hay una obvia subjetividad implícita en los comentarios del autor), pero la realidad es que,  por ese entonces,  el toscano no era visto como un producto de alta calidad, ni mucho menos. Aunque hoy se pretende negar su origen humilde por el simple hecho de que dos próceres italianos eran aficionados a él (Vittorio Emanuele II y Giuseppe Garibaldi) (4), los vestigios documentales y testimonios de los tiempos del Resorgimento indican en forma bastante clara lo contrario, o sea, que poseía todas las características del puro económico, simple y popular. Hacia 1860 o 1870,  el toscano acreditaba  la misma reputación que puede tener para un argentino de hoy, en términos gastronómicos, un choripán de puesto callejero. En otras palabras: algo típico, pero de calidad discutible.


Maurizio Capurro, un lúcido usuario y colaborador del sitio www.gustotabacco.it , dice  algunas  cosas  muy  sensatas acerca del tópico que estamos analizando. Por ejemplo, que “hoy en día, los toscanos son menos comunes que en otros tiempos. No es extraño verlos en boca de profesionales con cuello blanco, así como resulta sorprendente hallarlos en escritos de sibaritas y sommelieres que anteriormente los consideraban apestosos. Muchos de nosotros gastamos tiempo y energía para estudiar,  escribir y compartir con otros aficionados el gusto por ellos. Se organizan eventos con personalidades que apenas los habían fumado alguna vez en bares o en los bolos.” Y finaliza con una frase sobre la realidad del toscano en los viejos tiempos, bien distinta a la rutilante celebridad de hoy, que corona lo antedicho y a la vez que explica en gran medida las consideraciones de Sormanni escritas hace ciento cincuenta años: “muchos fumaban toscanos simplemente porque no podían permitirse algo mejor”.


Por último, tanto el orden de presentación de los cigarros italianos como los comentarios al respecto refuerzan nuestra hipótesis (tantas veces expuesta aquí) de que el Virginia y el Cavour fueron más famosos y mejor considerados hasta que el toscano comenzó su despegue,  allá  por  1890.  Así se desprende hasta el momento de todas nuestras investigaciones, y en ellas seguimos... como siempre.

Notas:

(1) La lista completa de todas las batallas y combates que la historia oficial italiana considera como pertenecientes al proceso del Risorgimento (aunque muchas de ellas enfrentaron a pueblos que luego formarían la unidad del mismo país) puede hallarse en el siguientes enlace: https://web.infinito.it/utenti/f/francots/ris/batris0.htm  Se trata nada menos que de 76 acontecimientos bélicos de distinta envergadura llevados a cabo entre 1820 y 1870, con una gran mayoría acontecida a partir de 1848.


(2) Anticipando un poco lo que veremos pronto, la primera importación de 1861 fue de 220.000 cigarros. En 1866 ya era de 2.093.000 unidades, o sea que prácticamente se había decuplicado en apenas cinco años.
(3) ¿Era eso verdad? ¿Constituían los soldados un grupo característico de fumadores toscaneros en la vieja Italia?  Existen indicios que así lo sugieren,   como  muchas estadísticas oficiales sobre exportación de toscanos con un  elemento  común:   el incremento temporal de los envíos a ciertos países de África mientras fueron ocupados militarmente en tiempos de la expansión colonial italiana  (Libia,  Etiopía).    También podemos hallar evidencias locales, como la siguiente resolución publicada en el Boletín Oficial de la República Argentina a fines de febrero de 1904, que habla por sí sola. Nótese que se despachan cuatro veces más toscanos que cigarrillos.

 

(4) En un reciente viaje tuve la oportunidad de charlar con Enzo Scivetti,  Ambasciatore in Puglia del Sigaro Toscano, quien sostiene eso, que era un producto consumido por todas las clases sociales. Scivetti es un eminente catador de toscanos y un sólido experto en la realidad tabacalera italiana del presente, pero no sé si se ha ocupado en indagar todo lo que dice el pasado sobre el tema. Como se observará, personalmente me permito disentir de su respetable opinión.

domingo, 10 de abril de 2016

Las misteriosas marcas secundarias de Avanti

Apenas comenzada la vigésima centuria, el inicio de actividades en la gran fábrica  Avanti  de  la Compañía Introductora de Buenos Aires constituyó toda una revolución para la industria tabacalera argentina. No era un pequeño establecimiento como tantos que por entonces elaboraban cigarros de tipo italiano,   sino una enorme planta que ocupaba una manzana entera enfocada casi con exclusividad en la manufactura de toscanos. Además del movimiento logístico y humano esperable frente a un emprendimiento cuya  envergadura  no  tenía precedentes dentro de la industria de los cigarros puros (contratación de personal, compra de insumos y materia prima, tendido de redes de distribución), la novel factoría también tuvo que encarar el desarrollo de sus marcas, destinadas a los millones de fumadores dispersos en todo el territorio nacional. Aunque la ley de marcas y patentes se encontraba vigente desde 1876, sólo en los últimos años del siglo XIX había comenzado a ser aplicada con cierta efectividad. Los juicios al respecto eran sonados y numerosos, por lo cual era necesario cumplir con todo los requisitos legales que aún hoy supone la tenencia de algún rótulo comercial.


Prácticamente al inicio mismo de la saga en cuestión comenzaron a tramitarse las respectivas solicitudes (1), que por entones quedaban asentadas en las páginas del Boletín Oficial (2).  En lo que a la gráfica respecta, existían tres niveles básicos de especificidad. El  primero era  el  simple registro del nombre  con determinada tipografía  identificatoria.   El  segundo podía incluir un dibujo, logotipo u otra clase de imagen. Finalmente, también era factible registrar el packaging completo, desde etiquetas y contraetiquetas hasta la figura de las cajas o paquetes con sus respectivas tapas,  fondos  y bordes.  Desde luego, a mayor especificidad gráfica, menores eran las posibilidades de que la marca registrada fuera víctima de imitaciones  o falsificaciones.  El 20 de junio de 1904 la CIBA presentó su primera imagen para el registro marcario, consistente nada menos que en la orgullosa silueta de Giuseppe Garibaldi . La figura de marras iba a perdurar durante los siguientes setenta años como emblema de la escudería toscanera nacional más célebre de todos los tiempos, especialmente en sus recordados paquetes de dos unidades.


Además de las numerosas solicitudes y renovaciones relativas a su rótulo principal, la CIBA también gestionó el registro de muchas marcas secundarias entre 1904 y 1945. Ellas fueron Flor, Regina, Prima, Amante, Avante, Adelante, Fascista (3), Aliados, Palo, Pila, Fino, Genial, Kentucky, Ricotona, Norma, Tute, Alpini, Firenze, Puntanitos (4), Ituzaingó, Cantores y Ta Te Ti. Todas fueron de la clase tipográfica, sin imagen, por lo cual podemos asumir que nunca llegaron  a  materializarse  en  el  mundo  comercial tangible.  En algunas de ellas se evidencia claramente el único propósito de proteger el rótulo Avanti frente a posibles solicitudes de sonoridad “cercana”,  como Amante, Avante y Adelante. Pero hubo otras que incluían no sólo imágenes, sino también  los diseños completos de paquetes y/o cajas. Veamos cuáles fueron, en orden cronológico:

El 26 de febrero de 1909, los toscanos Monopolio. En la cara principal del envase se aprecia la leyenda puro Kentucky Extra , lo cual genera varias preguntas que dejaremos para otra oportunidad (omitimos el resto de las imágenes del envase por su amplitud).


El 28 de enero de 1918,  los cigarrillos Avanti Legítimos,  en los que “solamente se emplean despuntes y recortes de los afamados toscanos”. Vimos algo sobre este rótulo en una entrada  subida hace un par de años, cuando analizamos la producción de cigarrillos y tabaco para pipa a partir de los sobrantes de la fabricación toscanera.


El 4 de julio de 1935, los cigarros Genio. No se percibe la leyenda “toscanos” en ningún lugar de la etiqueta, por lo cual es dable suponer que se trataba de otro tipo de puros.


 El 6 de Noviembre de 1945, los toscanos Colectivos y los toscanos El Gordo.


No tengo respuestas para la pregunta, pero me la planteo de todos modos:  ¿habrán existido realmente estos cigarros, cigarrillos y toscanos? Ninguna de las actuales y completas colecciones de marquillas argentinas cuenta con alguno de los cinco ejemplares precedentes, y eso es ciertamente llamativo. Queda  claro  que  las solicitudes  tipográficas  señaladas  al comienzo bien pudieron ser, además de “protectivas”, simples ideas que no se materializaron, y sabemos que ello ocurre en todos los rubros. Pero este último grupo es diferente. El registro de una marca con su packaging completo  donde  aparecen datos bien específicos como el contenido y el precio,  parece indicar un inminente lanzamiento al mercado. Sin embargo, no hay un solo vestigio que indique si los cigarrillos Avanti Legítimos, los cigarros Genio o los toscanos Monopolio, Colectivos y El Gordo vieron alguna vez la luz de un kiosco, una cigarrería o un almacén.


Y así seguimos empantanándonos en investigaciones sin salida, planteándonos interrogantes sin respuesta y buscando santos griales en la historia argentina del toscano. Pero para eso estamos aquí, y es nuestra intención continuar hasta que exhalemos nuestro último suspiro, que tendrá sin dudas un hálito itálico y humeante.

Notas:

(1) Aunque la misma CIBA tomaba oficialmente el año 1904 como fecha de inauguración de su gran planta en Villa Urquiza,  sabemos  que  las  actividades  tabacaleras  de  la empresa comenzaron en 1902.  Cabe preguntarse si la producción de los dos primeros años fue realizada en dicho edificio (todavía sin concluir) o en algún otro lugar.  En los pocos registros que perduran de ese período se apunta como domicilio las oficinas sitas en  la  calle  Bartolomé  Mitre. La primera solicitud oficial de la compañía en el rubro de cigarrillos, cigarros y afines corresponde a la marca Reina Guillermina, que data del 5 de noviembre de 1902 e indica la dirección Bartolomé Mitre 343. Una vieja etiqueta de Avanti que parece corresponder a la misma época señala un domicilio céntrico bastante cercano, en Bartolomé Mitre 531.


(2) Vale la pena recordarlo una vez más: en la web del CPCCA puede ubicarse un completísimo compendio cronológico del registro de marcas de tabaco desde  1894 hasta 1947: http://www.cpcca.com.ar/es-index.htm  
(3) No hay que sorprenderse: durante las décadas del veinte y el treinta ese nombre resultaba sumamente atractivo para muchas personas, como los millones de ciudadanos italianos residentes en Argentina que simpatizaban con el régimen que gobernó Italia entre 1922 y 1945.
(4) Aún hoy vigente en propiedad de la Tabacalera Sarandí. 

sábado, 19 de marzo de 2016

Originale 150, la edición del resurgimiento

No es la primera vez que enfocamos el tema central de una entrada en torno al llamado Resurgimiento (Risorgimento) o, más comúnmente, proceso de Unidad Italiana.   Como señalamos en reiteradas oportunidades, dicho desarrollo histórico fue resultado de la lenta y progresiva  integración entre diferentes estados hasta conformar el país europeo que conocemos  hoy.  En  rigor,  sus comienzos datan de 1830 y no acabó de completarse hasta 1870,  pero se toma como fecha emblemática de la nacionalidad peninsular el 17 de marzo de 1861, ya que ese día fueron proclamados oficialmente  el  Reino de Italia  y  su  monarca  Vittorio Emanuele II. En lo que a este blog concierne, la fecha de 1861 resulta fundamental para comprender el primer período de consumo toscanero  que hubo en estas tierras. La razón es tan simple como contundente: ese año se registró la primera importación de cigarros italianos realizada por nuestro país, tal como pudimos comprobar en la entrada del 25/9/2013 (1).


Mucho más cerca cronológicamente, en 2011, se cumplieron los 150 años de aquella gesta patriótica. Para  los  italianos,    ello tuvo un significado tan destacado como fue el bicentenario argentino para nosotros, celebrado el año anterior.  Las  acciones conmemorativas tuvieron diferentes matices, desde los esperables actos públicos hasta el lanzamiento de productos alusivos. Y entre estos últimos no faltó un ejemplar del cigarro que mejor representa el espíritu itálico,  bautizado  especialmente  como  Toscano Originale  150.     Tal  cual  su  nombre  lo  indica, pertenece a una edición especial de la línea más alta entre las marcas  regulares  del  toscano  genuino (2).   Los  adeptos  incondicionales  y memoriosos de estas páginas tal vez recuerdan que hace un par de años realizamos una degustación de Originale   y   lo  señalamos  como  el  probable  toscano  italiano  más representativo del viejo estilo. Ahora hicimos un análisis similar con el Originale 150, pero vale la pena tener en cuenta, antes que nada,  las marcadas diferencias entre uno y otro modelo.


El toscano Originale “común” es un puro obtenido a partir de tabaco Kentucky norteamericano que se emplea para la capa, mientras que el relleno incluye un mix de tabaco italiano   y   los  recortes  sobrantes  de  la  capa.    El estacionamiento posterior al armado alcanza 12 meses, durante los cuales perfecciona sus características  de aroma  y  sabor.  El Originale 150 degustado para esta ocasión, en cambio, está hecho con tabaco 100% italiano cultivado en la provincia de Benevento, al sur del país, en la región de Campania., mientras que su maduración es significativamente mayor,   con 18 meses completos de añejamiento post-confección . Tales disparidades llevan a preguntarse cuál de los dos será más fiel al estilo fundacional de producto, aunque realmente se trata de algo muy difícil de responder. Si hablamos de la materia prima, por ejemplo,  la lógica sugiere que el 150 debería estar algo más alejado del toscano típico del siglo XIX,  ya que en aquellos días la manufactura itálica echaba mano preferencial a materias primas de origen americano (había entonces muy poco tabaco plantado en Italia).  Pero  son  sólo conjeturas (3);  lo  importante  es  que  tanto  uno  como  otro representan actualmente las mejores y más nobles tradiciones tabacaleras italianas.


El Originale 150 probado pertenece a un bonita caja de tres unidades que me regaló un aficionado  italiano (4)  hace  ya  unos  años.  Esta  vez  no  hubo  amigos  argentinos compartiendo la humeante ceremonia,  que llevé a cabo íntegramente en mi nocturna tranquilidad domiciliaria.  Esa misma calma me animó a encarar el asunto al modo entero o alla maremmmana, es decir, con la pieza completa. A riesgo de ser reiterativo (y sé bien que lo soy), digamos una vez más que el encendido fue absolutamente perfecto , al igual que el tiraje desarrollado durante toda la combustión. Una vez alcanzado el punto óptimo de temperatura y formación de ceniza (aproximadamente 3,5 cm) empezaron a aparecer esos aromas y sabores tan particulares y a la vez tan característicos en los ejemplares de alta gama del vero toscano,  propios de un tabaco magníficamente trabajado y curado: especias, madera  y  nueces,  con mucha menos participación del borde ahumado en comparación con los modelos más económicos. En cierto modo, este Originale 150 ofrece una maravillosa contradicción:  es un cigarro refinado (para los parámetros toscaneros), pero también tiene cierta sencillez mineral que lo  acerca al perfecto estereotipo del viejo y  secular aroma,  ese mismo que inundaba las calles  y  los comercios gastronómicos populares en la Argentina de antaño.  En dicho sentido,  podemos decir que lo catado simboliza con mucha altura el siglo y medio conmemorado en 2011, por partida doble: el de la unificación italiana y el del arribo de los cigarros peninsulares a nuestros puertos.


Así terminamos otra degustación con propósitos históricos, y quedamos a la espera de una próxima.

Notas:

(2) Al día de hoy, contando las ediciones especiales, dicho segmento acredita  los rótulos Originale, Originale Millenium, Originale Selected, Originale 150 y Originale 1815.
(3) Hasta los propios italianos que investigan el pasado de la producción tabacalera reconocen la falta de registros suficientes   y   fidedignos para asegurar cómo era el toscano antes de 1880 o 1890, dado que en ese tiempo se elaboraba en diferentes sitios, utilizando técnicas distintas y con tabacos de orígenes múltiples.  Ni  siquiera  es  posible afirmar categóricamente que los primeros toscanos existentes allá por la década de 1820 hayan tenido alguna semejanza visual  con el modelo troncocónico de puntas abiertas tan típico en nuestros días.
(4) Nobleza obliga a mencionarlo: el amigo Roberto Zironi, enólogo, profesor de la Universidad de Údine y gran simpatizante de  los toscanos y las pipas.