lunes, 16 de junio de 2014

Nos adentramos en la bruma del tiempo y encontramos diez fábricas con sus marcas a principios del siglo XX

No vamos a insistir acerca del carácter sorpresivo e imprevisto   que   suelen   tener   muchos   de   los descubrimientos efectuados en este blog, porque se trata de algo señalado en numerosas oportunidades, tanto aquí como en Consumos del Ayer. Pero sí vale la pena resaltar nuevamente la enorme utilidad que presta el puntilloso  trabajo de recopilación efectuado por la web del CPCCA (Cigar Pack Collectors Club of Argentina), que más de una vez nos ha servido para encontrar  aquello  que  parece  imposible  de  ser hallado. Por supuesto, se trata de un sitio muy vasto, con información asequible  a  través  de  numerosos caminos y diferentes entradas, no siempre plausibles de ser abiertas por el primer intento de sondeo. Para no abundar demasiado en detalles, digamos simplemente que la fortuna estuvo una vez más de nuestro lado  y  nos permitió acceder  a  registros documentales irrefutables, a partir de los cuales pudimos localizar la existencia pretérita de diez fábricas argentinas de toscanos que no conocíamos hasta hoy.


Concretamente, el completo espacio virtual de marras posee cierto apéndice que consiste en un listado cronológico del registro de Patentes y Marcas de productos derivados del tabaco aparecidos en el Boletín Oficial de la República Argentina desde 1894  hasta 1947  (1).  Así, luego de un prolongado  y  paciente análisis,  fuimos  descubriendo  muchos registros de marcas, tipografías, ilustraciones y envases relativos al cigarro que aquí nos ocupa. Buena parte de eso correspondía a fábricas ya conocidas (2),  pero lo interesante es que también salieron a  la  luz  factorías  cuya  presencia  en  el  pasado  nos  era completamente anónima. Es que de eso se trata, esencialmente, este pasatiempo de la investigación histórica: de buscar y encontrar. Lo primero se cumple inexorablemente, pero  no  hay ninguna garantía para lo segundo.  Con  todo,  nos alegramos de darle la bienvenida  a  más  nombres antiguos de  la  familia  toscanera nacional.  Y  sin  más demoras,  vayamos  al  grano examinando los rótulos marcarios concedidos a cada uno de estos viejos talleres tabacaleros especializados en el puro más popular de nuestro país durante cien años.


El 1 de septiembre de 1904, la firma Lastra, Caponetti y Cía. obtuvo el registro de la marca “La Toscana” con la correspondiente ilustración de la etiqueta que cubría sus cajas de 50 unidades al precio de cinco centavos cada una. El producto es presentado textualmente como cigarros “napolitanos”, que eran una rara especie de toscanos con uno de sus extremos cerrados. En teoría y por esa razón, sólo se podían fumar enteros, aunque sospechamos que los humildes y veteranos consumidores italianos de la época no dudaban en despuntarlos y cortarlos al medio para obtener dos mezzo napolitanos.


El 2 de julio de 1906 se le concedió a Fernando Paganini la marca “F. A. Paganini” para rotular su envase de 100 cigarros al precio de diez centavos cada uno.   La   leyenda Comuni 1° Qualitá no deja dudas sobre su condición toscanera, aunque no lo diga con todas las letras.  La mencionada es la categoría a la que pertenecían entonces los toscanos en la compleja y vasta nomenclatura de producción italiana.


El 19 de mayo de 1908, Agustín Grillo fue autorizado al uso del rótulo “Avaneti” en la etiqueta de una caja de 50 cigarros. Lo de Avaneti no debe confundir con un habano, con el cual no tiene nada que ver, como lo indican  la inscripción Fermentados Uso Italiano y el módico valor de cinco centavos la unidad.


El 2 de noviembre de 1909, Juan Llull, titular de Tabacos y Cigarros La Amistad, recibió el cuño de “Toscanos Ferri” para una caja de 50 cigarros. Quince años más tarde, el 4 de Julio de 1924, logró lo propio para los toscanos “Gurugú”. (3)



















El 10 de agosto de 1910 le fue otorgado a María C. de Di Paola el timbre “De Di Paola” para el envase de 50 toscanos fermentados,  incluyendo  en  ello  dos  ilustraciones completas, tal vez para tapa y fondo.


El 27 de Febrero de 1913,  Juan Panullo recibió la propiedad de la marca  “Toscano Panullo” para su caja de 50 toscanos al precio de cinco centavos cada uno.


El 28 de Abril de 1915 salió la adjudicación marcaria de los toscanos “Chianti” a nombre de Waldino Robles, representante de la Sociedad Productora e Introductora de Tabacos.


El 31 de Mayo de 1918 fueron adjudicadas dos marcas a los señores Enrique Lampe y Rodolfo Gaertner para distinguir sus toscanos: “Abruzzi” y “Aída”.  En el caso de la segunda se asegura que son productos para exportación  y aparece además la referencia al uso exclusivo de tabaco Kentucky para su capa.


El 5 de Noviembre de 1925 ocurrió otro tanto con el otorgamiento simultáneo de los rótulos “Pisa”  y “Alianza” a nombre de la Compañía Nacional de Tabacos.



















El 24 de Septiembre de 1936,  finalmente,  la  curiosa  marca  “Mulero”  quedó  bajo propiedad de Raimundo Koch. En la copia de la ilustración adjunta aparecen apuntadas diversas indicaciones sobre los colores que llevaría la etiqueta definitiva.


Por supuesto que no faltaron algunos casos dudosos, y por ello decidimos omitirlos hasta tanto tengamos mayores evidencias de las dos condiciones necesarias para ingresar en el territorio de nuestro interés: que se trate realmente de toscanos (y no de otro tipo de puros), y que hayan sido efectivamente comercializados en la Argentina (4). Pero no nos quedamos acá:  seguimos investigando   y   muy pronto vamos a iniciar un sondeo bibliotecario   que   tal  vez   nos   lleve    a    descubrir   algunos   establecimientos desconocidos anteriores a la segunda mitad de la década de 1890, es decir, previa a la aparición del registro de marcas en el Boletín Oficial.  Más  adelante,  con  esos  datos mayormente completos y mejor chequeados, vamos a hacer una actualización de nuestro listado principal de fábricas. ¿Cuándo? Muy pronto, en este mismo blog.

Notas:

(1) Aquí va el link a la introducción. Haciendo click en “ingresar” se llega al listado de 89 páginas con cien ítems cada una.  http://cpcca.com.ar/BO/index.htm
(2) Eso nos permitió aclarar muchos puntos oscuros que teníamos sobre tales establecimientos, así como responder algunas preguntas que ya habíamos planteado con anterioridad. Las próximas entradas van a estar enfocadas precisamente en eso.
(3) Años más tarde, la marca Gurugú pasó a manos de M. Duran y Cía, sita en Rosario al igual que la empresa de Llull. Dentro de pocos meses realizaremos una degustación de toscanos Flor de Mayo de la década de 1960, marca que originalmente pertenecía a Fernández y Sust pero que para ese entonces era explotada por la citada M. Durán y Cía. Con algunos datos obtenidos ahora y otros que intentaré buscar tal vez podamos reconstruir el pasado de esa misteriosa firma rosarina, que al parecer tenía como política adquirir marcas de toscanos ya constituidas en aquella ciudad. 
(4) El siguiente es un caso típico: el 28 de Febrero de 1935 aparece la renovación de la marca “Garibaldi” a nombre de C.F. de la Fuente, cuya solicitud fue hecha en Asunción del Paraguay. La imagen, sin mayores datos, se reduce a lo que parece ser una simple anilla individual de cigarro, pero el nombre netamente itálico y el aditamento Prima Qualitá refuerza la sospecha de que se trata de un toscano.  Sin  embargo  no  tenemos  esa certeza,  amén de que la solicitud hecha desde un país vecino no implica que el rótulo haya sido vendido en nuestro país. Por eso, al igual que otras, la dejamos en suspenso hasta el día en que tengamos indicios más certeros.


domingo, 18 de mayo de 2014

La Suiza, una fábrica precursora del toscano en la ciudad de Rosario

No obstante la conocida crisis económica que sacudió a la nación en 1890, el comienzo de esa década marca un avance definitivo del progreso para las principales urbes de nuestro país. En semejante contexto, Rosario ya estaba posicionada como la segunda ciudad argentina en términos de población, comercio e industria.  Apogeo del fenómeno inmigratorio mediante,  la gran metrópolis portuaria del Paraná competía con Buenos Aires en cantidad, calidad  y  envergadura de bancos,  fábricas,  hoteles,  tiendas  y estaciones ferroviarias (1). La manufactura tabacalera, muy próspera en la época, no era una excepción a este desarrollo. Numerosas factorías y talleres producían entonces diferentes artículos del fumar que luego eran comercializados al detalle en los no menos cuantiosos locales de cigarrerías, almacenes, bares y demás comercios relacionados.


Aunque la producción rosarina de cigarrillos y puros data  de  mucho  antes,    todo  indica  que  el establecimiento La Suiza, de la empresa Testoni, Chiesa & Compañía, fundado en 1890, fue el primero que sumó a esas elaboraciones tradicionales la confección de los cigarros llamados italianos, es decir, los del tipo Cavour, Brissago y Toscano, que constituían el furor de ventas hacia fines del siglo XIX. Desde su planta de la calle Urquiza 1052, a pocas cuadras del célebre  Monumento  a  la  Bandera  (2),  la firma de marras logró posicionarse rápidamente en el mercado santafecino  y  también en la misma Capital Federal, al punto de establecer un amplio local propio sobre la Avenida de Mayo 646 (3). Un informe del año 1895 describe la importancia del emprendimiento que “ocupa un área de 3000 m2, sin contar la sección aserradero”,  señalando lo siguiente:  “200 a 250 operarios, que representan otras tantas familias, ganan allí su sustento, de las cuales 150 son mujeres”.


La parte técnica enumera ciertos aspectos muy característicos de las fábricas que producían puros de acervo itálico,  como  una  estufa  de  piedra importada de Suiza con capacidad para   30.000 cigarros. Pero el detalle que más nos interesa resulta bien esclarecido cuando se relata que “pasamos enseguida al espacioso local donde se elaboran los cigarros italianos. Vimos 25 mesas ocupadas por 200 obreros…”   El catálogo de productos fabricados estaba formado en ese entonces, textualmente,  por “cigarros de paja uso Viena, cavours, cigarros pluma, marca Falstoff, Barletta, toscanos, Indianas, La Luz, Ondinas, Chiaravalli, Montegeneroso, Damitas, trabucos, perales y muchas otras clases”. En la lista antedicha conviven,  obviamente,  tipos  de productos  con  marcas  comerciales,   la  mayoría completamente desaparecidas en la bruma del tiempo. El repertorio de tabacos estibados es igualmente variopinto, pero refleja perfectamente la diversidad de materias primas que se  utilizaba  en  aquellos  años:    “vimos estibas de dos a tres mil fardos de tabaco correntino, paraguayo, salteño, tucumano, Virginia, Bahía, Río Grande y otras clases” (4).


La Suiza de Testoni & Chiesa continuó su vida en las manos fundadoras hasta 1911, cuando fue adquirida por un conglomerado tabacalero de origen inglés (luego absorbido, a su vez, por la firma Piccardo). En esos años supo lanzar al mercado diferentes rótulos que llegaron a ser muy populares, como los cigarrillos Mauser Argentino, Monterrey  y Vencedor, así como el tabaco  Cerro Corá.  También tuvo sus tropiezos comerciales y legales,  como cierta oportunidad en que debió enfrentar un juicio por falsificación e imitación de marcas, y precisamente de toscanos (5). Pero igual vale la pena recordar a este portento de la industria nacional,  el primero que puso su  pie  en  la  cuna  de  la Bandera Patria con el fin de producir el cigarro puro más popular de nuestro país durante cien años.


Notas:

(1) Entre 1910 y 1950, la ciudad de Rosario llegó a contar con cinco terminales ferroviarias de pasajeros funcionando en forma simultánea, pertenecientes a distintas empresas de capital privado. Ellas eran Rosario Central (FCCA), Rosario del Santa Fe (FCSF), Rosario Central Córdoba (FCCC), Rosario del Compañía General (FCCGBA) y Rosario RPB (FCRPB). Por ese entonces, sólo Buenos Aires  (que tenía siete)  la superaba.   Con la nacionalización de 1949  se hizo evidente que tan compleja nomenclatura  podía unificarse por trochas, y las cinco estaciones terminales pasaron a ser dos, una para trocha ancha y otra para trocha angosta. Actualmente ninguna de las mencionadas se encuentra operativa, aunque todas están en pie cumpliendo diferentes servicios: Rosario Central es un complejo cultural y recreativo, Rosario del Santa Fe es la terminal de ómnibus, Rosario Central Córdoba  no tiene un destino específico, aunque es protegida por entidades de preservación ferroviaria, Rosario del Compañía General es un destacamento de Gendarmería Nacional, y Rosario RPB se encuentra dentro de un campus universitario. La siguiente es una foto actual, tan hermosa como lúgubre y desolada, de la estación Rosario Central Córdoba lado andén.


(2) En el texto de la reseña aparece el domicilio como Urquiza 252. Por lo visto hubo un cambio posterior de numeración (algo muy común en muchas ciudades del país entre 1890 y 1900), tras el cual pasó a ser 1052.
(3) Físicamente hablando, el recinto de la filial porteña existe aún en su edificio primigenio, pero por cierta ironía histórica se ubica allí una sucursal de Mc Donald’s.
(4) Durante el período que podríamos llamar fundacional del toscano manufacturado por la industria argentina (1880 a 1920), los tipos de tabaco empleados para su producción eran mayormente tucumano (en el relleno) y Virginia (en la capa).
(5) Sobre ese tema hicimos una entrada en el blog Consumos del Ayer: http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2012/12/cigarros-en-tela-de-juicio.html

viernes, 11 de abril de 2014

Dos luces en el camino

Aunque se trata de una tarea prácticamente imposible de completar, nunca dejamos de añadir nuevas  fábricas  y  marcas  a  nuestro  listado  de  productores  de  toscanos constituidos en la Argentina desde 1875 hasta hoy. Sabemos que inevitablemente habrá varias que se nos van a escapar por tratarse de efímeros talleres instalados en pequeñas cigarrerías que nunca dejaron testimonio de su existencia en documentos oficiales o privados.  Posiblemente haya habido cientos de casos así diseminados por todas las ciudades del país, y no perdemos las esperanzas de hallar muchos de ellos en futuros sondeos  bibliográficos.  Publicidades  o menciones  en  diarios,  revistas,   nóminas catastrales, censos industriales y guías comerciales son algunas de las alternativas que ofrecen una cierta posibilidad de hallazgos, aunque también somos conscientes de que ello demandará años. No obstante y así las cosas, le seguimos dedicando el tiempo que podemos a esa singular labor que bien puede ser comparada con aquello de encontrar agujas en un pajar.  Desde luego que sería mucho más rápida la búsqueda de simples fábricas de cigarros puros, pero recordemos que eso no garantiza en absoluto que allí se confeccionaran toscanos. Son necesarias pruebas fehacientes, incontrovertibles y específicas de manufactura toscanera para que un antiguo establecimiento pase a integrar nuestra nómina histórica.


Debo añadir además que en los últimos meses no tuve la oportunidad  ni  el ánimo para continuar las indagaciones iniciadas el año pasado (conducta que espero modificar en lo que queda de este año), muchas de las cuales culminaron en éxitos rotundos, incluyendo completas reseñas de algunas manufacturas fundacionales del toscano argentino, como La Argentina y La Virginia. Y a pesar de que esos viejos datos se encuentran ocultos mayormente en bibliotecas  y  archivos gráficos, la siempre vigente búsqueda en la web produce, de tanto  en  tanto,  algún  feliz  resultado.  Fue  así  que  mi holgazanería investigativa de campo tuvo, al menos, una leve compensación informática, ya que logré dar con el paradero de dos fábricas (en realidad, una fábrica y una marca elaborada por un tercero) que no conocía y que agregué al listado. Ellas son la Cigarrería Italo Argentina, productora de los toscanos Turín, y la casa Cardin y Cía, que comercializaba toscanos bajo el rótulo La Colmena. Estos últimos, como veremos, eran elaborados por la ya conocida factoría rosarina de Fernández y Sust.


El de los toscanos  “Turín”  es un típico caso de suerte. Se trata de una antigua caja vacía de madera de  50 toscanos  (muy característica de la época) ofrecida como antigüedad en un sitio de remates. El vendedor tuvo la feliz idea de fotografiar la parte inferior del envase con una amplia y generosa vista de  su etiqueta,  en  la  que  podemos  observar prácticamente todos los datos que necesitamos para certificar la existencia del producto y situarla en tiempo y espacio: denominación de la fábrica, domicilio, marca y precio al público. A los toscanos “La Colmena”, en cambio, los ubiqué en el excelente sitio del CPCCA (Cigar Pack Collectors Club of Argentina),  aunque su historia es algo más complicada.  En efecto, La Colmena es una antigua marca de cigarrillos establecida en 1884 por Miguel Colmenero. Luego pasó por varias manos hasta la década de 1960, pero la que nos interesa es una empresa sita en la ciudad de Santa Fe llamada Cardin y Compañía, fundada en 1927 como distribuidora de alimentos, bebidas y tabacos que, de hecho, existe aún (1) (2). Desde su fundación hasta 1963, la firma comercializó cigarros toscanos bajo el paraguas de aquella vieja marca, los  que eran  elaborados  a  pedido  por la rosarina Tabacos Colón, de Fernández y Sust. ¿Cómo sabemos esto último? En primer lugar, porque el envase indica claramente la inscripción Certificado A 6 Verde, que era un número asignado por las autoridades de control a las diferentes fábricas de tabacos, y ese número en particular le pertenecía a Fernández y Sust. También está muy clara su condición de cigarros manufacturados por un tercero, como lo indica textualmente la frase “Elaboración especial para Cardin & Cía”. Por último,  más allá de la diferencia notoria de colores, la etiqueta tiene enormes similitudes con otra marca célebre de Tabacos Colón, los toscanos Génova (3). Así lo sugieren las idénticas leyendas “cuatro toscanitos” en una cara,  y  “cuatro cigarros fermentados”  en la otra,  que cuentan incluso con una tipografía semejante. Veamos entonces los dos paquetes en cuestión, para despejar dudas.


Con estos agregados, nuestro listado pasa a tener 18 fábricas y/o distribuidoras de existencia chequeada y comprobada. Una cifra irrisoria frente al prudente cálculo que alguna vez  nos indicó la presencia de al menos 100 factorías en el pasado del toscano argentino, entre grandes, medianas y pequeñas. El repertorio queda entonces del siguiente modo al día de la fecha (hacer click para ampliar):


La tarea no es nada simple, como dijimos, pero seguimos buscando. Y cuando haya novedades, aquí estarán de inmediato.

Notas:

(1) La web del CPCCA ofrece además muy buenas fotos antiguas de la fábrica en funcionamiento desde su fundación, en los tiempos de Colmenero: http://www.cpcca.com.ar/cma/fab/MIGUNERO.HTM
(2) Aunque el logo de la empresa señala la fundación en 1927, sus datos impositivos actuales asequibles en la web indican fecha de contrato social el 1/11/1937, es decir, diez años después. Opté por poner esto último en el listado por tratarse de datos oficiales.
(3) En la entrada del 16/6/2013 del blog Consumos del Ayer realizamos una degustación de antiguos toscanos Génova: http://consumosdelayer.blogspot.com.ar/2013/06/los-toscanos-rosarinos-de-fernandez-y.html


miércoles, 19 de marzo de 2014

Cavour, el cigarro patriótico italiano que llegó a ser más célebre que el toscano II

En la entrada anterior del tema resumimos los principales antecedentes  históricos del cigarro Cavour, un producto oriundo de Italia que saltó a la fama en la segunda  mitad del siglo XIX  hasta situarse como líder de ventas entre sus pares de igual origen, superando incluso al mismísimo protagonista de este blog. Ese predominio llegó a su fin en las postrimerías del decenio 1880,  pero la historia de tan singular y olvidado  artículo  merecía, de todos  modos,  una evocación.  Al respecto, también hablamos del nutrido comercio importador  y  de la no menos destacada manufactura nacional. Veamos como ejemplo lo que decía un fragmento de cierta publicidad  de la afamada cigarrería “El Día” (1) difundida en  “Caras y Caretas”  del  año  1901.  Vale aclarar que la frase incluye numerosas denominaciones de cigarros puros, cigarrillos y tabacos propias de la época: “de todo hay en El Día: brissago, habano, francés, alemán, Bahía, americano, Cavour, toscano, Garibaldi, Las Pampas, Carnaval, Irma, Baldissera, Rivadavia, damitas, aristos, Hilda, jazmines,  panetela,  Petit Bouquet,  cigarrillos  El Día números 1, 2 y 3,  Revolución, Emperador, Mensajero y Teatro. ¿Qué más podéis apetecer? ¿Qué más puede desear vuestra insaciable ambición? Con  las  marcas  citadas  y  otras  que omito,  no sólo conseguiréis salvaros de los profundos, sino que además el olor del tabaco hará que no se os apolille la ropa…”


Semejante popularidad fue perdiendo vigencia hasta desaparecer de nuestro mercado a comienzos de los años treinta, mientras que en su país natal pasó por un lento proceso de agonía que culminó en 1984, cuando el artículo fue discontinuado. Actualmente no hay manera de fumar un Cavour legítimo, pero existe la posibilidad de recurrir a un cigarro con cierta semejanza   organoléptica.    Y    ese    cigarro, precisamente,   es  el   caliqueño,    puro   de características artesanales muy típico del levante español, en especial de las tres áreas que componen la Comunidad Valenciana: Valencia, Alicante y Castellón.  El  tabaco utilizado allí es del tipo Burley, que cultiva en la misma zona, pero lo importante (y que lo acerca al viejo Cavour) reside en ciertas particularidades de su manufactura. Al igual que el Cavour, el Caliqueño pierde toda  la humedad mediante un estacionamiento en hornos especiales que lo vuelve seco y consistente al tacto (2). Su formato también se asemeja gracias al  porte cilíndrico, definido,  recto  (eventualmente “combado” por la propia característica manual de la confección), similar a los antiguos -y escasos- testimonios gráficos del modelo italiano. En definitiva, hablamos de un cigarro europeo,  elaborado con una materia prima bastante comparable, curado al calor y de idéntica conformación visual. Tales similitudes nos llevaron a realizar una degustación analítica, con el propósito histórico de sondear lo más parecido al pretérito cigarro que nos interesa en esta entrada, al menos entre las limitadas opciones disponibles en nuestros días.

















Enrique Devito, el amigo que siempre nos acompaña para estas ocasiones,  fue  quien  compartió  la  experiencia tabaquística llevada a cabo en casa de Augusto Foix, que se encargó de las fotos. Los ejemplares elegidos corresponden a la marca Canaleños, de la Compañía de Tabacos de La Canal  de Navarrés.   No hubo dificultad alguna con el encendido, al que siguió un buen tiraje, regular y constante durante toda la fumada. De inmediato empezaron a surgir esas notas siempre asociadas con los buenos cigarros que pasan por un proceso de deshidratación forzado: maderas nobles, minerales y cierto picor gustativo, dentro de valores de cuerpo medio que se acentuaron ligeramente hacia el final. La ceniza tuvo una buena consistencia, lo que habla de una correcta confección y terminación. No quedaron dudas sobre la calidad de lo probado y sobre su manufactura impecable,  resultado de una artesanía centenaria difundida en muchas partes de Europa.


Así culminamos nuestra cata, satisfechos de haber experimentado los efluvios de un cigarro diferente a todos los módulos y tipos que suelen circular dentro del género, pero dotado de ciertos acentos que nos acercaron, por un bueno rato, a lo que supo ser el Cavour en los días en que era fumado por millones de habitantes del territorio argentino.

Notas:

(1) Hacia 1900, la cigarrería y fábrica de tabacos El Día se situaba en el Paseo de Julio 674 (actual Leandro N. Alem) y era propiedad de Francisco Bernárdez. Por esa ubicación céntrica tuvo una notoriedad  muy grande entre los fumadores de su tiempo. En 1911 pasó a manos de una empresa de mayor envergadura, y posteriormente fue adquirida por la firma Piccardo.


(2) El Cavour de antaño se secaba a fuego de leña. Para el caliqueño se utilizan hornos eléctricos.   Por eso no hallamos rasgos ahumados que seguramente sí tenían los especímenes italianos del ayer, y que aún conservan los toscanos auténticos gracias al “curato a fuoco di legno” efectuado con las especies roble y haya. 

martes, 25 de febrero de 2014

La suerte de Avanti después de la CIBA

El traslado de las actividades tabacaleras de la Compañía Introductora de Buenos Aires desde el tradicional inmueble de Villa Urquiza hasta su nueva factoría misionera de Posadas, completado en 1958,  marcó una verdadera bisagra  en  la historia del cigarro toscano argentino. La planta norteña venía funcionando desde algunos años antes en  paralelo  con  su hermana de la Capital Federal, pero es evidente que el cierre de esta última determinó el inicio de una lenta debacle en el ánimo de la empresa por  mantener  la  continuidad  de  su manufactura  iniciada a comienzos del siglo XX. Estos tiempos de  cambio quedaron  reflejados  en  los  paquetes  del renombrado  producto,  ya  que  a  fines de la década del cincuenta llegaron a convivir simultáneamente (por un corto tiempo) ejemplares con el antiguo domicilio de Guanacache 5621, Buenos Aires,  y otros indicativos de la nueva localización del establecimiento en  Av. Roque Pérez 391, Posadas. Las imágenes que siguen corresponden a sendos paquetes de dos unidades fechados hacia 1959/60.











Hemos  apuntado  en  numerosas  ocasiones  que  la  época señalada forma parte del ocaso del cigarro toscano en todo el mundo,  producido  por  un  fuerte  cambio  en  los  hábitos de consumo. Fumar puros en general, y toscanos en particular, era visto como un anacronismo,  como  una  costumbre  propia  de personas de edad avanzada. Lamentablemente, esa mirada tan negativa  se  correspondía  perfectamente  con  la  realidad, mientras  la  última  generación  de  los  viejos fumadores de toscanos  iba  desapareciendo  y  el  artículo  que nos ocupa contaba con una masa de consumidores en franca disminución. Semejante tendencia llegó a un punto crítico en 1971, cuando la CIBA tomó la decisión de abandonar definitivamente el negocio del tabaco. Pero no terminó allí la historia de la marca ni del producto, que logró subsistir hasta nuestros días. Precisamente, esta entrada pretende dar a conocer muy brevemente la historia de las tres firmas que  controlaron  la fabricación y comercialización de los toscanos Avanti desde entonces hasta la actualidad.


La primera de ellas fue EMATEC  (Empresa  Misionera  de  Acopio  de  Tabacos  y Elaboración de Cigarros), que se hizo cargo del emprendimiento en 1972 mediante la compra de las marcas, las plantaciones, los acopios y la fábrica de Posadas. Con todo, pocas personas deben haber notado grandes cambios en aquel entonces, puesto que la novel conducción  no  implementó ninguna política renovadora.  Tan  es  así  que  se mantuvieron inalterados los envases históricos, como lo demuestra la siguiente caja de 4 medios toscanos (circa 1975), en la que prácticamente se conservan los mismos colores, logotipos  y tipografías que identificaron al artículo durante los decenios anteriores, con excepción de la leyenda EMATEC.


Pero los nuevos propietarios  no consiguieron  revertir la declinación  que se verificaba desde mucho tiempo atrás.  Finalizando los setenta,  EMATEC enfrentaba una fuerte deuda con el Banco de la Provincia de Misiones y la empresa debió pasar a manos del estado  nacional, sin que  ello  afectara  visiblemente  la  producción  de  los  cigarros. Encontramos al respecto una interesante referencia: en 1983 se intentó vender el total de los activos llamando a licitación pública, a pesar de que una tentativa similar realizada apenas tres años antes había fracasado por falta de oferentes (1). Finalmente, la planta de Posadas cerró, dando fin a más de treinta años de actividad (2). Por las grandes ciudades del país hubo un prolongado período de desabastecimiento y muchos fumadores debieron recurrir a las pocas opciones asequibles en esos años (3).


A mediados de los ochenta, la marca volvió a vivir al ser adquirida   y   explotada   por   Tabacalera Sudamericana, que no pudo con ella mucho tiempo, dado que cerró sus puertas en 1992.   Casi de inmediato,  Avanti pasó a manos de sus últimos dueños, quienes todavía conservan el rótulo en el mercado. Se trata de la Tabacalera Sarandí, que ofrece el producto bajo tres presentaciones: los toscanos enteros  Avanti  y los medios toscanos Caburitos y Puntanitos, todos ellos en envases plásticos de cinco unidades. Desde luego, el antiguo perfil aromático y gustativo  ha desaparecido: los toscanos de la Tabacalera Sarandí son confeccionados a máquina utilizando  un  mix  de  tabacos  que  incluye orígenes bastante diversos, como la provincia de Corrientes y el Paraguay, y se lanzan a la venta muy frescos, con un alto grado de humedad . Sin embargo,  en el siglo XXI, constituyen  una de las dos únicas alternativas al alcance del fumador argentino para degustar un toscano hecho en su país (4).

Notas:

(1) Boletín Oficial del 10/4/80.
(2) También cesaron su actividad muchos galpones de acopio que existían desde los tiempos de la CIBA en Eldorado, Wanda y otras localidades del Alto Paraná Misionero.
(3) Entre ellas podemos citar Génova y Fundador (de la manufactura rosarina Fernández y Sust, desaparecida en 1985), así como Luchador, de la familia Zenobi, única empresa argentina vigente con casi cien años de actividad ininterrumpida en el ramo.
(4) Desde luego, la otra es Luchador, fábrica que vistamos y de la que hicimos una reseña en este blog.

martes, 28 de enero de 2014

El triunfo del cigarro urbano

La migración del campo a la ciudad,  ese fenómeno que hoy reconocemos como irreversible, comenzó a mediados del siglo XIX en  base a diversas causas de tipo social  y  económico. Fundamentalmente fueron dos  motivos -complementarios entre sí-  los que impulsaron dicha tendencia: la paulatina tecnificación agrícola,   que requería cada vez menos mano de obra en los medios rurales, y la revolución  industrial, que demandaba cada vez más trabajo en los ámbitos urbanos.  En la Argentina, estos hechos tuvieron  importantes implicancias  en la manera de vivir de las personas con el consecuente cambio en los hábitos de consumo. La vida era distinta, los tiempos eran otros y muchas costumbres que se remontaban a la época colonial cayeron rápidamente en desuso para ser reemplazadas por aquellas más adecuadas al frenesí de la modernidad. Mientras todo ello ocurría, los productos del comer, del beber y del fumar  experimentaban su  propia revolución. Entre estos últimos, hubo un cigarro que pasó de ser un producto exótico de minorías a  un  artículo  masivo  consumido  por  millones. Hablamos, desde luego, del cigarro toscano, y la cuestión que nos proponemos analizar en esta entrada es la siguiente: ¿tuvieron que ver los sucesos económicos y sociales de la época en ese éxito? Como  veremos,  hay muchas  razones  para  responder  el interrogante de manera rotundamente afirmativa.


Desde los comienzos de la mecanización en la industria manufacturera del cigarrillo de papel, a mediados de la década de 1860, ese artículo iba ganando terreno paulatinamente en las preferencias de los consumidores. A fines del decenio siguiente, cuando las maquinarias abocadas a su confección se perfeccionaron definitivamente y automatizaron el proceso casi en su totalidad (1),  se hizo claro que   el pequeño  cilindro  de  tabaco   iba  a  terminar gradualmente con el  predominio del cigarro puro. En  las principales ciudades de nuestro país y en el campo se consumían profusamente cigarros de hoja de los más diversos orígenes desde los tiempos de la colonia.  Además del legítimo habano de Cuba, era habitual fumar puros nacionales, paraguayos, brasileros, suizos y de otras procedencias europeas. Pero la proliferación del cigarrillo barato producido por  millones fue mermando esa supremacía de modo gradual, que se volvió cada vez más veloz durante las últimas décadas del siglo XIX. No obstante, los cigarros tenían todavía  una amplia porción del mercado en la década de 1890, con una activa participación de los llamados “italianos”, es decir, el Cavour, el Brissago y el toscano. Con todo y así las cosas, esa realidad se modificó contundentemente apenas veinte años después:   para  los  tiempos  del centenario, el toscano había pasado a ser el único cigarro de hoja de alto consumo, mientras el resto de sus congéneres vegetaba entre la desaparición y la vida latente. La pregunta concreta, entonces, es la siguiente: ¿por qué el toscano logró sobrevivir a todos los demás puros en semejante debacle? ¿Qué tenía él que no tuvieran otros?


En su trabajo Aroma d’Italia. Emigrazione italiana e Monopolio dei tabacchi fino alla Grande Guerra,  el profesor  Luca  Garbini  expone algunas explicaciones bastante acertadas al respecto. Las modas, la emancipación femenina (que veía el consumo del tabaco como un logro), la agitación propia de la vida moderna y otros motivos del mismo tenor hacían que la gente ya no tuviera tiempo para la ceremonia del puro vistoso y abultado, que demandaba al menos entre cuarenta y sesenta minutos de tranquilidad  en una  simple  fumada  regular. Desde  luego,  los  cigarrillos  fueron  los  principales beneficiados frente a esos cambios finiseculares típicos del 1900.  Pero  el  toscano también resultó favorecido por las circunstancias reinantes, ya que se trataba de un cigarro de porte pequeño  (sobre todo en su modalidad más común,  la  del  “medio toscano”), fácil de transportar, económico, con escasos requerimientos de conservación y practicable en cualquier momento del día. Si tuviéramos que resumir tales cualidades en tres puntos básicos, nos quedamos con los siguientes:

1- Formato: el toscano, como dijimos, se presentaba pequeño, de constitución sólida y compacta. Eso lo hacía muy práctico para portarlo en el bolsillo sin riesgo de quebraduras,  o  incluso  en  la  boca, apagado.   El hecho  de  ser   seco  también representaba una enorme ventaja, puesto que no sufría la falta de humedad  y otros padecimientos propios de los delicados cigarros frescos.
2- Potencia: el sabor intenso del toscano ofrecía un alto grado de satisfacción y saciedad al paladar de los fumadores, que compensaba con creces su porte pequeño.  Esto era así en su formulación original importada de Italia (con vehemente tabaco Kentucky curado a fuego de leña) y también en las imitaciones argentinas, que por ese entonces se elaboraban con  rústicos tabacos de Tucumán y Corrientes para el relleno y Virginia para la capa, con un posterior secado en estufas especiales según la modalidad tradicional (2).
3- Precio: mientras que un puro de formato habanero llegaba a costar hasta $ 1,70 a finales del siglo XIX, nuestro héroe  podía conseguirse a valores oscilantes entre $ 0,05 y 0,10 para una pieza entera, que incluso se cortaba al medio y permitía dos fumadas independientes completas.   Eso volcó a miles de aficionados hacia el consumo de toscanos por una cuestión meramente económica, sumada a las bondades descriptas anteriormente.


Con tantos puntos a favor, el siglo XX encontró al cigarro de nuestro interés en un momento de expansión que contrastaba fuertemente con  la realidad de los demás productos del mismo género, relegados a una decadencia lenta pero sostenida.   El toscano había dejado de ser ese artículo raro de minorías, visible sólo en los conventillos italianos, para afianzarse como un producto masivo que alcanzaba a personas de todas las edades y orígenes. Se iniciaba así una época de esplendor que llegaría a perdurar cincuenta años y lo consagraría como el más popular de todos los cigarros que pisaron este país.

Notas:

(1) La mecanización del cigarrillo comenzó con el advenimiento de las máquinas a vapor, al igual que muchas otras industrias. Al principio fueron sólo picadoras de tabaco y prensas, pero pronto se extendió a toda la cadena, desde  la confección de cada unidad  hasta  su empaquetado. Eso abarató los costos de un modo que resulta revelador en la perspectiva cronológica secular: hacia el año 1800, un cigarrillo costaba la mitad que un cigarro de hoja promedio,   pero en 1900 esa diferencia se había disparado a la cuadragésima parte, o sea que el cigarrillo valía cuarenta veces menos que un puro de calidad estándar.
(2) No obstante la familiaridad entre ambos procedimientos, hubo siempre una diferencia sustancial: en Italia, lo que se secaba y ahumaba a fuego eran las hojas de tabaco (aún hoy se hace así), mucho antes del armado; en la Argentina, se secaban los toscanos terminados.