jueves, 17 de septiembre de 2015

Cigarreros italianos en 1895 III

El personal ocupado en cada establecimiento es quizás el más significativo de los datos apuntados en la lista de cigarreros italianos  que venimos analizando desde las últimas dos entradas,  ya que nos permite vislumbrar el grado más o menos modesto,  artesanal y familiar de cada establecimiento.  De todos modos,  no tenemos dudas sobre el común denominador de “micro-empresa” que envuelve a la inmensa mayoría.  En el repertorio de 41 talleres notamos que 20  declaran tener 1 o 2 empleados, mientras  que  otros  17 cuentan con 3, 4 o 5 personas ocupadas. Dos de los cuatro restantes apenas superan la media decena, con 6 y 7 empleados, y finalmente nos queda la única dupla de firmas con un plantel de cierta consideración: Cayetano Sturla (11) y Caligaris y Terzano (25). Este último número sobresale del resto y nos dio la excusa para investigarlo de manera particularmente puntillosa, cosa que hicimos con los resultados que siguen.


Como dijimos en la entrada anterior, la segunda fuente de información  para verificar datos es la parte poblacional  del  mismo  censo  1895,  felizmente digitalizada  en  internet.  En  el  caso  Caligaris  y Terzano, la ficha del Boletín Industrial  indicaba la sección 7ª, y allí nos adentramos con mucha suerte, al punto de hallarlos  habitando en el mismo domicilio y descubrir que eran parientes.  Eso nos permitió además sumar  un  indicio  geográfico  de  cierta especificidad: la calle Corrientes. Por desgracia no se llega a leer el número,  pero tratándose de la mencionada sección 7ª tiene que ser algún punto entre las actuales José Evaristo Uriburu y Rodríguez Peña.  Yendo a la información concreta,  el primer apuntado es Giuseppe Caligaris,  italiano de 36 años y profesión comerciante, junto a su esposa Teresa Terzano, de 31 años e igual nacionalidad, y sus hijos Aída, Carmen, Alfonso y Adolfo, todos nacidos en Argentina.  Luego sigue el otro grupo familiar encabezado por Carlo Terzano, también italiano y comerciante,  de 32 años, unido en matrimonio con Giovanna Bianco, italiana de 26,  y su descendencia argentina encarnada por los pequeños Josefa,  Giovanna y Federico.  Seguidamente aparecen Juan Marelleno, cigarrero español (22), Francesco Amerio, carpintero italiano viudo (55),  y las que parecen ser hijas de este último:  Emma (26) y Giuseppina (20), ambas cigarreras de oficio. No hay después de esto otras referencias de nuestro interés.


No caben dudas de que los Caligaris y Terzano registrados en el Boletín Industrial son los mismos que hallamos luego en el censo de población. Tenemos, en el primero, a dos socios que declaran ser italianos y conjugan sus nombres a modo de razón social,  y luego, en el segundo,  a  dos individuos con idénticos apellidos y nacionalidades, domiciliados en la misma sección, que viven juntos, que parecen ser cuñados y que se definen como comerciantes, o sea que sobre ese punto no hay dudas. Ahora bien, ¿por qué comerciantes y no cigarreros? En realidad, los dos rótulos son correctos si una persona elabora cigarros y también los vende, ya que es indistintamente una cosa o la otra y puede elegir la que guste al manifestar su profesión. Un panadero de oficio con  local propio de venta al público bien puede indicar que es panadero, pero también puede decir que es comerciante, sin mentir en ninguno de los dos casos.  De  todas maneras, la presencia de otros cigarreros en el lugar confirma nuestra hipótesis, aunque genera una nueva pregunta relativa a notorias diferencias numéricas: si en la compulsa de población fueron censados nada más que tres cigarreros y un carpintero, ¿dónde están los otros 21 empleados? Si bien no tenemos la certeza de que fábrica y casa sean  exactamente lo mismo -espacialmente hablando- sabemos que por aquel tiempo la gente buscaba tener su domicilio aledaño al trabajo e incluso,  si  era  posible,  en el mismo inmueble,  en piezas situadas al fondo,  arriba  o  al  costado,   pero casi siempre en la inmediata cercanía.  Quizás la cigarrería estaba muy cerca  y  sólo fueron censados los cigarreros que vivían allí mismo, mientras que otros se domiciliaban algo más alejados. Esa es una de varias posibles explicaciones (1), pero lo que nos interesa aquí es que hasta ahora todo huele a tabaco, por decirlo de alguna manera, y si hilamos un poco más fino huele a cigarro puro (2).


La vez pasada destacamos el ingrediente septentrional de los apellidos comparecientes en nuestra lista, de neta mayoría piamontesa, ligur, lombarda y véneta, es decir, donde existía la mayor tradición itálica de cigarros puros. Y en este caso es aplastante: una búsqueda muy minuciosa en sitios especializados nos indicó que de los 339 Caligaris existentes hoy en la península,  309 (90%) corresponden al Piamonte,  la Liguria y la Lombardía. En el mismo sentido, los Terzano son 174 en total, de los cuales 122 (70%) pertenecen a las susodichas regiones del norte. También revisamos el apellido Amerio de las dos jóvenes cigarreras presentes en el lugar. La distribución gráfica de esa gracia en el territorio italiano, que podemos ver a continuación, habla por sí sola.


Hemos verificado así, a modo de muestra representativa, uno de los establecimientos en tiempo, forma  y  lugar,  conocido a sus titulares,  sus familias  y  a algunos de sus empleados, todo reforzado por indicios que apuntan a la producción de cigarros puros italianos sin descartar al resto de los artículos tabacaleros. Es casi seguro que en las cigarrerías de nuestra lista se confeccionaban,  además del Cavour,  el Brissago y el toscano, otro tipo de cigarros de hoja e incluso, quizás, cigarrillos. No obstante parecería que nada indica de manera inequívoca una cosa o la otra con excepción de algunas conjeturas, ciertas suposiciones y determinados  hechos circunstanciales ocurridos hace 120 años.  Pero, ¿qué pasa si unimos todas  las pistas obtenidas  hasta ahora con otras reflexiones sobre la industria toscanera de la época, muchas de las cuales vimos hace tiempo en este blog, y las confrontamos conjuntamente? Eso mismo vamos a hacer, a  modo de epílogo, en la próxima entrada de la serie.

                                                            CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Tal vez el censo se hizo un domingo (que en ese entonces se trabajaba medio día) y solamente estaban presentes algunos de los operarios. También es posible que la cifra de 25 empleados incluyera a personas que elaboraban cigarros en sus propias casas y luego los llevaban a la fábrica, donde se efectuaba un control y se  pagaba por cantidad y calidad entregada. Esa práctica era muy común dentro de la industria tabacalera.
(2) La presencia de carpinteros,  como el apuntado Francesco Amerio,  resultaba imprescindible en las manufacturas de cigarros puros, ya que éstos solían ser envasados en cajas de madera conteniendo 20,  25  o  50 unidades,  según el modelo. Las reseñas de establecimientos célebres como La Argentina  o  La Virginia,  que hemos repasado oportunamente, hablan de sectores propios y específicos de carpintería destinados a dicha labor.


martes, 8 de septiembre de 2015

Cigarreros italianos en 1895 II

Tal cual señalamos en el posteo de junio titulado Desventuras de un investigador, el Boletín Industrial del censo 1895 es tan útil para ubicar manufacturas de tabaco como inútil para saber si se dedicaban a alguna especialización determinada. Dicho en otros términos, prácticamente ningún dato allí plasmado nos ofrece indicios sobre la eventual elaboración de productos   italianos (1).   No  obstante,  aquella adversidad  inicial se  convirtió  en  un marcado entusiasmo por averiguar algo más sobre esos cigarreros peninsulares que tenían toda la aureola de  fabricantes  toscaneros. La  primera  fuente complementaria que consultamos fue el capítulo poblacional del censo en cuestión (que es un censo aparte, en rigor de verdad), donde los habitantes quedaron asentados en los domicilios junto con sus grupos familiares (2). Sabiendo que nuestro sondeo se limitaba a la Capital Federal  iniciamos la exploración de nombres y apellidos. Un dato histórico nos ayudaba bastante: la gente de la época solía vivir en el mismo lugar de trabajo  o  muy cerca de él,  especialmente si se trataba de empresas pequeñas  y familiares. Era más que probable encontrar a estos cigarreros italianos habitando en la misma sección donde desarrollaban sus labores cotidianas.


Y así fue que dimos con muchos de ellos, quienes declaraban siempre  tener  como  oficios  los  de cigarrero   o   comerciante.   Eso  es  una  buena confirmación de su existencia en tiempo y lugar, pero no implica ningún rastro concreto del tema que más nos interesa.  Un cigarrero a secas podía hacer cualquier tipo de puro y no necesariamente uno italiano, e incluso era capaz de armar cigarrillos de papel.  Lo mismo sucede con los comerciantes dedicados al rubro, que podían elegir entre cientos de ítems tabacaleros para confeccionar y vender. La  nacionalidad italiana es un dato que apunta en la dirección que queremos, pero no lo suficiente, al igual que la condición de talleres artesanales con pocos empleados. ¿Qué más pudimos encontrar? Pues bien, la siguiente etapa de la búsqueda nos llevó a la misma Italia (virtualmente hablando, claro), donde logramos descubrir algunas cosas harto interesantes.   Verbigracia,  que  la  nómina presentada en la entrada anterior está repleta de apellidos originarios del norte de Italia, especialmente del Piemonte, la Liguria, la Lombardía y el Véneto. Y eso, como veremos, no es casualidad.


Señalamos hace algún tiempo que la primera gran inmigración desde Italia, entre 1860 y 1880, estuvo compuesta por nativos del norte,  y que a partir de entonces empezó a venir la gente del centro y el sur. En la Argentina de 1895,  quince años después del comienzo de esta segunda oleada,  era  igualmente  sencillo encontrar personas de cualquier región de ese país. ¿Por qué, entonces, la mayoría de los cigarreros italianos era del norte?  Por algo muy simple: la industria tabacalera se encontraba allí mucho más desarrollada, había más fábricas y existía una mayor tradición en la manufactura de ciertos cigarros emblemáticos,  como  el Cavour,  del Piemonte,  o el Brissago, del Véneto.  Ergo,  esos artesanos tabacaleros llegaban empapados de una tradición laboral claramente inclinada hacia los puros de sus respectivas regiones.   No  eran especialistas en los tipos habanos,  ni en cigarrillos de papel (3),  sino en los cigarros que consumían ellos, sus hermanos, sus padres, sus abuelos, y que seguramente habían aprendido a armar cuando todavía eran niños. Veamos a modo de ejemplo gráfico un par de casos: el de Francisco Queirolo y Cayetano Sturla. En ambos podemos apreciar una selección de la página correspondiente al censo de población y luego la ubicación geográfica de sus apellidos en Italia, de acuerdo con el sitio www.gens.info (4)


Exactamente lo mismo sucede con Ricotti, Aime, Cavanenghi, Rotta, Corso, Bonani, Montini, Camillo, Dodero, Ferrando, Pancini, Carrega, Capra, Bertolazzi (apuntado erróneamente en la ficha del censo con una sola zeta) Gambetta y Nicolodi, sumados a los socios y cuñados Caligaris y Terzano, cuyo caso especial trataremos en la próxima entrada. Empezamos hablando de cigarreros italianos. Luego, de cigarreros italianos artesanales. Ahora ya tenemos a cigarreros italianos artesanales mayormente del norte, lo que nos va llevando lentamente hacia donde queremos llegar…

                                                            CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Hay excepciones muy puntuales. En aquella misma ocasión señalábamos el sugestivo nombre de la Cigarrería de la paja, de Botti y Ramírez, y poco tiempo después dimos con algo parecido, pero mucho más explícito: nada menos que el inestimable y legendario establecimiento La Argentina, de Juan Otero y Nicolás Cavalleri, pionero en la industria nacional de puros itálicos. En el padrón que nos ocupa aparece como Fábrica de cigarros denominados de la paja,  es  decir,  Brissagos.  Semejante rótulo viene a confirmar que cualquier referencia de la época sobre la elaboración de alguno de los tres cigarros italianos más famosos indicaba inexorablemente la confección simultánea de los otros dos. En el caso de La Argentina lo sabemos bien porque conocemos la reseña de su establecimiento según una importante guía industrial publicada ese mismo año de 1895, cuyo contenido volcamos hace un par de años bajo el título Manufacturas pioneras del toscano nacional . Volveremos sobre este punto en la cuarta y última entrada de la presente serie, cuando expongamos conjuntamente los indicios que avalan nuestra hipótesis de que todos los integrantes de la lista de cigarreros italianos afincados en Buenos Aires producían toscanos.


(2) Esa información es de libre acceso en el sitio familysearch.org. La parte específica del censo 1895 está en el siguiente enlace que lleva al motor de búsqueda de nombres y apellidos: https://familysearch.org/search/collection/1410078
(3) De hecho, los cigarrillos son la más remota de las posibilidades, por dos razones. La primera es que en Italia no gozaban de un consumo extendido: según las estadísticas presentadas por el profesor Luca Garbini (cuyo excelente trabajo académico hemos citado varias veces), en 1895 Italia vendió en su mercado interno cigarros puros por un total equivalente a 5.845.851 kilos de tabaco, mientras que los cigarrillos apenas alcanzaron los 390.712 kilos. El segundo motivo es que la manufactura argentina del cigarrillo estaba en ese entonces sumamente mecanizada y en manos de fábricas grandes. Para un cigarrero artesanal, elaborar semejante  tipo de artículos era poco o nada competitivo.
(4) Si alguien desea buscar un apellido deber ir al botón Cognome.

martes, 1 de septiembre de 2015

Cigarreros italianos en 1895 I

Cuando en junio pasado me propuse discontinuar la búsqueda de cigarreros italianos apuntados en el Boletín Industrial del Censo 1895  no imaginaba que dicho planteo se derrumbaría tan pronto,  ya  que apenas fueron necesarias un par de semanas para que mi espíritu indagador emergiera de nuevo y me llevara otra vez al Archivo General de la Nación. Como resultado preliminar de semejante impulso pude   sacar en   limpio   un   listado   de   41 manufactureros peninsulares diseminados por diferentes  barrios  de  la Capital  Federal. Seguramente muchos otros desarrollaban el mismo oficio en el resto del país, especialmente en las provincias de Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, pero la ciudad porteña por sí sola nos brinda una confirmación plena de que a fines del siglo XIX existían decenas de locales, talleres y pequeñas fábricas dedicadas a la elaboración de cigarros italianos.  En  ésta y  otras  tres  entradas,  que  subiremos consecutivamente,  iremos  analizando  el  singular repertorio  de  cigarreros  itálicos afincados en Buenos Aires hasta llegar a la conclusión -con las debidas evidencias y los argumentos necesarios- de que todos ellos eran fabricantes de toscanos, aunque los registros en cuestión no lo indiquen explícitamente.


El rubro del tabaco en la Reina del Plata estaba dominado por los españoles, que en 1895 alcanzan más  o  menos  el  60%  de  la  titularidad  de  las empresas volcadas como Cigarrerías, Fábricas de Cigarros o Fábricas de Tabacos (1). Les siguen los italianos con un 30%,  mientras que el resto se compone  de  otras  nacionalidades,  incluyendo algunos argentinos.   Nuestro interés se concentra en ese treinta por ciento de italianos residentes en 18 de las 29 secciones que sirvieron como límites jurisdiccionales del censo. Lamentablemente no pudimos acceder a dos de ellas (10ª y 11ª) por hallarse traspapeladas en los archivos del AGN, aunque su ubicación nos habla de sectores no demasiado poblados. Las otras secciones que no aparecen en el listado son  8ª, 12ª, 14ª, 17ª, 22ª, 23ª, 24ª, 26ª y 29ª, en las que sucede una de dos cosas: o hay cigarrerías y fábricas de cigarros (pero no en manos de italianos) o directamente no se ubica allí ninguna clase de manufactura de tabacos.


Dado que las fichas del censo no informan domicilios (excepcionalmente algunos censistas anotaban el dato al margen para ordenar sus recorridos), la única referencia geográfica reside en la indicación de secciones. Las siguientes son las marcas limítrofes correspondientes a cada una de ellas en 1895, bien precisas en algunos casos y más genéricas en otros (2):

Sección 1ª: Paseo de Julio (Alem), Córdoba, Maipú, Rivadavia.
Sección 2ª: Paseo Colón, Rivadavia, Chacabuco, Independencia.
Sección 3ª: Maipú, Córdoba, Libertad, Rivadavia.
Sección 4ª: Chacabuco, Rivadavia, Salta, Independencia.
Sección 5ª: Libertad, Córdoba, Rodríguez Peña, Rivadavia.
Sección 6ª: Salta, Rivadavia, Solís, Independencia.
Sección 7ª: Rodríguez Peña, Córdoba, J. E. Uriburu, Rivadavia.
Sección 9ª: J. E. Uriburu, Córdoba, Jean Jaures, Rivadavia.
Sección 13ª: barrio de Retiro.
Sección 15ª: barrio de Recoleta.
Sección 16ª: barrios de Constitución (este) y San Telmo.
Sección 18ª: barrio de Constitución (oeste).
Sección 19ª: barrio de Barracas.
Sección 20ª: barrio de La Boca.
Sección 21ª: barrios de Palermo y Recoleta (norte).
Sección 25ª: barrio de Flores.
Sección 27ª: barrio de San Cristóbal (este).
Sección 28ª: parte del barrio de La Boca.

Y el que sigue, finalmente, es el listado de las 41 cigarrerías con elaboración propia y fábricas de cigarros situadas en la Capital Federal (3),  cuyos titulares declaran ser de nacionalidad italiana. Solamente en una ocasión detectamos la mixtura de nacionalidades entre los dueños de un taller: Botti, italiano, y Ramírez, español. De izquierda a derecha, las columnas indican razón social (mayormente el mismo nombre del dueño), propietarios, cantidad de empleados y sección (hacer click sobre el listado para ampliar).


No resulta extraño que la Sección 20ª (La Boca) sea la que acredita el mayor número de hallazgos si tenemos en cuenta la composición poblacional que dio origen al vecindario. Ese dato, en apariencia poco revelador, es uno de los tantos que nos fueron llevando a una conclusión fascinante: hay mucha más información en el listado de lo que parece a simple vista. En base a ello, vamos a desmadejar lentamente el hilo histórico que nos llevará a responder algunos de los   interrogantes que constituyen la esencia de este blog: ¿podemos saber cuántos de esos cigarreros italianos eran fabricantes de toscanos?  Y si es así,  ¿en qué se datos nos basamos?  De eso hablaremos en las próximas tres entradas, muy pronto.

                                                             CONTINUARÁ…

Notas:

(1) Aunque ya lo mencionamos en junio, vale aclarar que no hay confusión posible entre las llamadas cigarrerías que se dedicaban exclusivamente a la venta minorista y aquellas que tenían elaboración propia, dado que fueron censadas en boletines distintos (Boletín Comercial  y  Boletín Industrial) cuyas fichas están bien diferenciadas con preguntas puntuales, y que además se encuentran archivados separadamente. Queda claro que un cierto porcentaje de cigarreros hacía ambas cosas,  fabricar  y  vender al público,  pero en esos casos tenemos la completa seguridad de que cualquier tipo de manufactura quedaba registrada en el boletín que nos interesa -el industrial- por más pequeña que fuera su producción.
(2) El ambiente entre suburbano y semi-rual de las secciones más alejadas del centro hace difícil establecer las divisorias de acuerdo con nuestra comprensión actual de la ciudad. Muchas de esas antiguas demarcaciones se basaban en hitos desaparecidos o muy modificados con el tiempo, como las divisiones de antiguas quintas o el paso de pequeños arroyos.
(3) No incluye aquellas de las que teníamos conocimiento previo y que ya integraban nuestro listado de fábricas chequeadas, como las manufacturas de Agustín Grillo, los Cónyuges Brambilla (La Virginia) o el establecimiento de Juan Otero (La Argentina), que era español pero tenía un socio italiano llamado Nicolás Cavalieri.   También  están exceptuados dos casos especiales que encontramos en el censo 1895, pero dotados de evidencias tan contundentes sobre la elaboración de toscanos que decidimos pasarlos directamente al listado principal.  Este último cuenta con varias actualizaciones que presentaremos dentro de algún tiempo.

lunes, 17 de agosto de 2015

Tres reliquias del pasado y una reflexión sobre la artesanía perdida

La Accademia del fumo lento es un activo foro italiano de internet especializado en el buen fumar (1).  Todo lo que allí se comparte  y  debate tiene relación los cigarros puros y  las pipas, por lo que no resulta extraña la presencia del toscano entre sus posteos regulares. Generalmente se trata de experiencias de cata  y  noticias sobre el producto tabacalero emblemático de la península, aunque no faltan, de vez en cuando, los apuntes históricos que son de interés  para este blog. Hace poco, uno de los foristas escribió unas breves líneas junto a la extraordinaria foto que reproducimos, cuya traducción al español es  la  siguiente: “el abuelo de mi esposa ha conservado,  en un elegante portacigarros, tres toscanos pertenecientes a su padre y sus tíos: uno de 1900, uno de 1910 y uno de 1929, que fueron de Carlo, Luciano y Giuseppe. Mi suegro me los ha encomendado a mí, confiando en que los guarde para transmitirlos a las futuras generaciones”.    Luego agrega: il profumo è ottimo! (¡El perfume es genial!)


Entre muchas cosas que nos vienen a la mente, lo primero que podemos aseverar sobre estos prototipos admirablemente antiguos es que al menos dos de ellos pertenecen al período de esplendor de la industria toscanera italiana,  y que son idénticos a  los que importaba nuestro país  y  consumían miles de sus habitantes. Para los tiempos del centenario el fenómeno era apabullante, dado que las importaciones rondaron los noventa millones de unidades en 1910 (2). En ese entonces la producción nacional se ubicaba casi a la par, al menos hasta 1915, que es cuando los toscanos argentinos superaron numéricamente a los italianos, tal cual comprobamos en la entrada anterior subida hace un par de semanas. Por lo tanto, si durante dicho lustro existió un cierto equilibrio entre ambos, la siguiente conclusión se desprende  por  sí  misma:  sólo hace falta sumar un par de cifras de tal magnitud   (90 millones importados de Italia + 90 millones de manufactura nacional) para darse una idea de lo  que  hablamos.  Considerando  finalmente  que  también  se  comercializaban numerosas marcas de otros orígenes europeos (especialmente suizas),  podríamos quedarnos cortos al decir que en la Argentina de la  época se fumaban anualmente unos doscientos millones de cigarros toscanos.


Pero quiero utilizar la imagen de los venerables especímenes para reflexionar acerca de un tema menos áspero  que  las  estadísticas  o  las investigaciones sesudas (3). Resulta llamativo a simple vista el calibre reducido y el engrosamiento central   más   bien   escueto   de   los   cigarros fotografiados, bien diferente a la “panza” intermedia de  los  toscanos  actuales. Muchas  fotos  antiguas  y  nuestras  propias experiencias  de  cata  con ejemplares añejos confirman ese mismo punto, el de la delgadez,  que se vuelve aún más marcado en los extremos.  ¿Por qué razón tenían esta particularidad que ya no existe? El motivo es sencillo y se hace extensivo a todos los puros de los tiempos en que fumar cigarros no era una cuestión ocasional sino cotidiana. Tal vez por este último motivo, la confección a mano tenía mucho cuidado en darle forma a una especie de “boquilla” en el extremo de cada cigarro, que por supuesto era doble en el caso de los puros abiertos por ambos lados, como el toscano.  No  fue  cuestión  de modas, ni de tendencias, ni nada por el estilo; era un tipo de armado que denotaba la gran consideración de los fabricantes hacia los fumadores,  quienes no  se  veían  así obligados a realizar malabares musculares con su boca para dominar cigarros demasiado gruesos, como ocurre ahora. De hecho, el formato más común hacia el 1900 para todos los puros convencionales era el llamado “perfecto”, que recuerda a una especie de pelota de rugby alargada. Por más ancho que fuera el modelo, siempre se angostaba hacia las puntas, especialmente en la que estaba orientada a la cara del consumidor.


En el caso que nos interesa, lo dicho puede ser comprobado mediante la simple comparación de prototipos elaborados en diferentes períodos. Para ello fotografié cuatro toscanos, dos enteros y dos amezzati.  El  dueto  moderno,  que puede observarse a la izquierda en la foto anterior, está compuesto por un toscano italiano genuino (maquinado) y un medio toscano de manufactura nacional (manual).  A  la  derecha  se  ubican  dos especímenes añejos iguales a los que fumamos y analizamos hace tiempo en Consumos del Ayer: un Avanti entero de los años cincuenta y un medio toscano Regia Italiana de la década del cuarenta, obviamente hechos a mano. Para mejorar la confrontación visual marqué los respectivos diámetros con  líneas. Por el lado de los más antiguos, resta decir que ni siquiera me ocupé de buscar algunos todavía más angostos, que los había.



















Desde luego, armar un puro con ese “afinamiento” paulatino no es para cualquier operario del ramo. Heraldo Zenobi, de la fábrica Luchador, me explicó cierta vez lo difícil que resulta hoy conseguir mano de obra para armar cigarros manualmente, dado que prácticamente no quedan personas con  experiencia  y  conocimiento del oficio.     Me imagino lo fácil que sería eso mismo hace cincuenta, sesenta o cien años, cuando miles de trabajadoras y trabajadores se dedicaban a ello. Eso explica aquellas puntas finitas que sólo se podían lograr mediante las sabias  labores cigarreras de antaño y que hacían tan gratificante el acto de fumar un buen puro.


Notas:

(1) El enlace es el siguiente: http://accademiafumolento.forumfree.it/
(2) Para revisar las importaciones entre 1888 y 1910, ver esta entrada: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2013/07/importacion-de-toscanos-italianos-entre.html
(3) El mes próximo va a presentar una inusitada “dureza” en ese sentido, ya que contrariando sus propias afirmaciones recientes, quien suscribe no pudo dominar el espíritu ratonero de biblioteca y está completando el listado de cigarreros italianos censados en 1895 en Capital Federal y provincia de Santa Fe, según documentos disponibles en el Archivo General de la Nación. Los resultados son tremendamente interesantes y dan lugar a un sinfín de hipótesis y conjeturas, muchas de las cuales se resuelven (o casi) a través de investigaciones yuxtapuestas basadas en otras fuentes. La cuestión es larga, así que en setiembre subiremos, por primera vez en este espacio, tres o cuatro entradas consecutivas enfocadas en el mismo tema.

sábado, 1 de agosto de 2015

Hace cien años se producía un hito en la historia del toscano argentino

El Boletín Oficial es un medio de comunicación escrita mediante el cual toman  estado  público  las  distintas  leyes,  normas  y reglamentaciones  emanadas  de  los  poderes  gubernativos argentinos. En  tal  carácter,  todo lo que allí aparece puede considerarse formalmente vigente desde el momento mismo de su publicación. Si bien existieron varios antecesores del mismo tenor  (como la pionera Gazeta de Buenos Ayres entre 1810 y 1821), el boletín diario que conocemos hoy data de 1870. La mayoría de los ejemplares de los siglos XIX y XX  se encuentra accesible en ciertos reservorios virtuales de internet, y no han sido pocas las veces que su contenido resultó  útil a nuestros fines históricos,  tanto en este blog como en Consumos del Ayer, dado que muchas de las antiguas disposiciones tenían como eje central la fabricación, importación o comercialización de alimentos, bebidas y tabacos. Por supuesto que ello incluye al cigarro más fumado en la Argentina de antaño, cuya aparición en las páginas de referencia era de lo más habitual. Precisamente, hoy vamos a examinar una resolución publicada hace un siglo exacto, enfocándonos en cierta frase muy significativa para la historia del consumo toscanero patrio.


En ese orden de cosas, el 22 de julio de 1915 quedó efectivizado un dictamen que autorizaba  a  los señores Ernesto  A.  Bunge  y  J.  Born  (únicos introductores del toscano legítimo) a usar estampillas fiscales con los colores de la bandera italiana. Si bien los fundamentos y  alcances puntuales de dicha norma no  nos interesan, cabe  explicarlos sintéticamente en aras de comprender el contexto temporal. Como ya hemos señalado en otras oportunidades, para ese entonces coexistían en el mercado vernáculo los toscanos nativos de Italia, sus imitaciones importadas desde otras procedencias (especialmente Suiza) y los ejemplares de fabricación nacional, cada vez más numerosos.  Frente  a semejante panorama de orígenes y nombres comerciales aplicados al mismo artículo genérico -que muchas veces favorecían  la confusión o el engaño- los interesados pedían un tratamiento especial en carácter de representantes y distribuidores del típico, singular y verdadero cigarro nacido en las factorías de la Regia Italiana.  Para  ello proponían la utilización de timbres impositivos especiales, que cumplían con todas las normas establecidas con la sola diferencia del diseño  y  la coloración alusivos a la bandera de Italia. Resumidamente digamos que, pese a una negativa anterior por parte de la Administración de Impuestos Internos, el presidente Victorino de la Plaza resolvió la controversia de manera aprobatoria.  Poco tiempo después,  la empresa en cuestión comenzó a difundir el cambio de estampillas por un nuevo modelo exclusivo  tricolor con  la leyenda “Regia Italiana – Roma” que reafirmaba la autenticidad del producto.


Pero dijimos que lo antedicho no constituye el punto central que nos convoca hoy. Lo más interesante de todo  es un fragmento casi “perdido” entre mucha jerga jurídica,   tan breve en su extensión como inequívoco en su significado y  trascendental en sus implicaciones. Se trata de lo siguiente: “…al presente la   fabricación   de   cigarros   tipo   toscano   ha sobrepasado en cantidad a la importación…”  ¿Cuál es el motivo para asignarle tanta envergadura  a un enunciado tan sencillo? El siguiente: nos brinda una magnífica certeza temporal sobre un hecho cuya existencia conocíamos, pero que  era muy difícil ubicar con alguna exactitud cronológica. Sabíamos bien que el toscano  fue importado por primera vez en 1861, que comenzó a fabricarse aquí por 1880, que su popularidad fue creciendo en las décadas siguientes y que para comienzos del siglo XX era elaborado por decenas de manufacturas locales,  en forma paralela a la importación desde Italia, Suiza y otros países. Era obvio que en algún punto de todo ese proceso el toscano de confección local superó numéricamente al de origen foráneo, ya que dicho predominio resulta manifiesto algunos años más tarde (1). Los cómputos de 1938 presentados por Juan Domenech en su Historia del Tabaco, por ejemplo, despejan cualquier duda al respecto.  Sin embargo,  para esa época era algo que ya venía sucediendo, y nuestro verdadero interrogante era cuándo había comenzado a suceder.  Ahora lo sabemos: fue hacia 1915, y todo gracias a una afirmación  incontrovertible sostenida por el antiguo organismo oficial con mayor conocimiento de las estadísticas tabacaleras, es decir,  la mencionada Administración Nacional de Impuestos Internos.


Sumamos así un nuevo hito en la historia del cigarro puro que fue  número uno del consumo nacional durante mucho tiempo.  Y  seguramente encontraremos otros,  que nos seguirán ayudando a comprender mejor el pasado de un producto plenamente consustanciado con la historia social y económica de nuestro país.


Notas: 

(1) Dentro de poco volveremos a presentar el listado actualizado de fábricas argentinas ubicadas en orden cronológico a partir de 1878, con la incorporación de algunos nuevos descubrimientos y confirmaciones. Pero ya en la última ocasión saltaba a simple vista una verdadera “avalancha” de factorías y talleres toscaneros emplazados en las dos primeras décadas del siglo XX. La misma impresión se obtiene al analizar las solicitudes de marcas efectuadas durante el mismo período, cuyo número no tiene parangón antes ni después. Amén de la célebre Avanti, establecida en 1902 (y sin contar algunas de las pioneras que ya existían desde el siglo XIX,  como Peirano,  de San Nicolás,  Miguel Campins,  de Tucumán, o el establecimiento porteño de Agustín Grillo), en  el  lapso  1900-1920  se verifica la aparición de al menos veinte manufacturas. No es de extrañar, entonces, que por esa misma época la balanza del toscano se haya inclinado cuantitativamente hacia el origen nativo.


sábado, 18 de julio de 2015

Toscanos aromatizados: el reflejo moderno de una tradición antigua

Si bien no es nuestra intención completar una serie de dos entradas, todo lo que veremos hoy se vincula estrechamente con el material plasmado en este espacio hace apenas un par de semanas. En aquella ocasión logramos atisbar viejas y misteriosas recetas empleadas en las factorías tabacaleras italianas hace un siglo y medio, cuyo propósito consistía en oscurecer las capas y añadir algunos elementos aromáticos al perfil de los cigarros peninsulares emblemáticos.  Vimos asimismo  que  tales procedimientos no se empleaban directamente en el toscano, pero sí en sus dos principales competidores de la época: el Cavour y el Brissago. De hecho, el agregado de sustancias odoríferas no fue una técnica utilizada en la manufactura toscanera hasta la aparición de los ejemplares que hoy vamos a reseñar,  cuyo lanzamiento data de los primeros años del siglo XXI (1). Pero si las fórmulas y metodologías apuntadas resultaron comunes y frecuentes en la antigua industria del puro itálico,  no  debe  extrañar  que formen parte de una tradición, y que ésta haya sido rescatada del olvido en los últimos años para ponerla al servicio del arquetipo actual del tabaco italiano, es decir, del toscano.


Cuando el que suscribe adquirió los paquetes de referencia, allá  por  2006,  el  segmento  Toscanello Aroma  era relativamente  novedoso.  Al  principio  estuvo  formado exclusivamente por las etiquetas Caffe, Grappa y Anice, pero luego se amplió con la aparición de los modelos Vanilla y Nero Fondente (chocolate amargo) (2). Es evidente que el escaño de los cigarros aromatizados ha tenido bastante éxito en ese lapso,  aunque el propósito de la cata que vamos a describir a continuación pertenece, como siempre, al campo de la interpretación  histórica. A nuestro entender, estos puros perfumados con elementos nobles como la grapa y el café no dejan de ser un eco que nos llega desde los lejanos años intermedios del siglo XIX,  cuando la industria exportadora del tabaco italiano estaba comenzando a conformar la silueta que dejaría su legado en la Argentina de ese entonces. En el pasado fueron el Cavour y el Brissago, hoy es el Toscano, pero la nobleza de los productos no se ha modificado.  Como  elemento  adicional  de  interés, desde hace algunos meses, los toscanos italianos legítimos han ingresado nuevamente a nuestro país vía importación, y eso incluye también a ciertos módulos del escaño aroma. Entre ellos, nos enfocaremos en el Toscanello Grappa y el Toscanello Caffe.


















El grupo de amigos que compartió los humos en cuestión es harto conocido por los seguidores de este blog y también de Consumos del Ayer. Varios de ellos aparecen en las fotos que adornan los textos, encendiendo o fumando reflexivamente, mientras que otros se limitaron a sentir los aromas que invadían el lugar mientras expresaban sus opiniones al respecto (3). Un primer punto a tener en cuenta es el perfil “dulce”  que  expresan  ambos  prototipos  al  ser olfateados en crudo, antes de la combustión, lo que les brinda cierto matiz análogo a determinados tabacos para  pipa.  Sin  embargo,  una  vez encendidos, los cigarros no pueden disimular su origen toscanero, cuyo trasfondo se traduce en el sabor potente, picante y ligeramente ahumado del Kentucky curado a fuego. Ahora bien, el modelo Grappa expresa con más vehemencia esa personalidad original del toscano, toda vez que los efluvios del destilado que le da nombre son muy sutiles, nada invasivos. El Caffe, por su parte, resulta ligeramente más dulzón sin llegar a serlo de manera determinante. En ambos casos, las notas aromáticas añadidas se van haciendo menos notorias con el avance de la fumada. Esa bien puede ser la conclusión resumida de nuestro análisis sensorial: los dos puros muestran un excelente equilibrio entre los rasgos de sus respectivas esencias y el sabor natural del tabaco, a tal punto que se perfilan como indistintamente propicios para los fumadores duros y para los más novatos.


Así terminamos una nueva experiencia de cata, esta vez dirigida a evaluar las bondades de un segmento no siempre conocido y muchas veces ignorado. En base a lo que olimos y saboreamos,   podemos  afirmar  que  estos  toscanos  aromatizados  son  dignos compañeros de los del tipo natural.  Pero, por sobre todo, representan la permanencia de una tradición que se remonta a los primeros años de la manufactura tabacalera de la Italia unida, hace más de 150 años, cuando la grapa, la melaza, el anís y otros elementos nobles formaban parte de las fórmulas magistrales para elaborar cigarros representativos del espíritu peninsular.

Notas:

(1) Sin tener relación con tinturas ni aromatizantes, podemos citar un único caso de “manipulación” sobre el modelo toscanero original, que fue la aparición en la década de 1920 de los toscanos attenuati, ejemplares de tipo “suave” cuya vida comercial fue efímera. Para su elaboración, el tabaco era mojado y prensado con el fin de eliminar parte de la nicotina natural de las hojas. Existen al respecto numerosas referencias gráficas de los años veinte y treinta, entre las cuales elegimos una publicidad relativa al importador uruguayo de los productos de la Regia Italiana fechada en 1927.


(2) En forma reciente, toda la línea ha sido relanzada a través de nombres e imágenes que relacionan cada esencia con un color: Rojo Café, Negro Chocolate Amargo, Amarillo Vainilla, Blanco Grapa y Azul Anís.


(3) Cuando se trata de degustaciones de tabacos, el criterio de los observadores pasivos es primordial. Existen personas que no toleran ningún tipo de humo del tabaco, pero hay otros que, sin ser fumadores, declaran con gran sinceridad su preferencia por los puros o las pipas, e incluso suelen avanzar más allá exteriorizando sus puntos de vista sobre tal o cual tipo de producto. Eso, para el cronista atento, siempre es útil.