viernes, 3 de julio de 2015

Recetas para fabricar cigarros italianos en la década de 1860

A pesar de haber sido la cuna del imperio más poderoso en el pasado de Occidente, Italia no logró constituirse formalmente como país  como naci naciónuténticahasta la segunda mitad del siglo XIX. Sólo a partir de 1861, con la unión efectiva de los antiguos reinos y ducados que componían su territorio, la patria peninsular pudo iniciar  el  largo  y  tortuoso proceso  tendiente  a  forjar  una  identidad  nacional, además de  pasar por todas las dificultades de orden administrativo y económico que supone la organización de un poder centralizado. En forma casi inmediata a la proclamación de Vittorio Emanuele II como Rey de Italia (18/2/1861), la nueva monarquía constitucional asumió el manejo directo de algunas industrias fundamentales, como era entonces la del tabaco. Poco tiempo después, bajo el sistema del estanco,  las catorce manufacturas dispersas por toda la península (1) pasaron a formar parte de una repartición pública controlada por la  Direzione Generale delle Gabelle. Las  actas  correspondientes  a  las  sesiones legislativas de aquellos años (mayormente accesibles en internet) permiten observar la importancia que tenía esa actividad como sostén de la economía, ya que las políticas del sector eran objeto de arduos debates entre las diferentes fuerzas políticas.


El interés público sobre la industria tabacalera alcanzó también el ámbito académico, siendo varios los especialistas abocados a escribir monografías  y tratados sobre el cultivo del tabaco y su posterior transformación en rapés, picaduras y cigarros. Entre ellos,  existen  dos  particularmente  amplios  y minuciosos que hemos mencionado ocasionalmente en este blog: Cenni sul tobacco e dei modi dia sua maniffatura nella reale azienda di Lucca (1862) y Monografía del tabacco, de Giuseppe Mauro (1866). Desde luego que en ellos no están ausentes los tres cigarros de mayor éxito durante aquel período,  es decir, el toscano, el Cavour y el Brissago. A los tres se les dedican sus correspondientes espacios, pero los complejos procesos para la elaboración de los dos últimos difieren notablemente de la simpleza visible en las referencias sobre el primero. De hecho, el toscano apenas es mencionado en ambos trabajos, ya que simplemente se lo incluye dentro del sencillo método para hacer cualquiera de los sigari fermentati (2).  Pero el Cavour y el Brissago (llamado también Virginia) eran objeto de curiosas manipulaciones y agregados químicos que perseguían la finalidad de incrementar el color de las capas  y añadir algunas características aromáticas.


Hace tiempo, cuando subimos la primera de las dos entradas sobre el cigarro Cavour, apuntamos que uno de sus rasgos visuales más apreciados era la típica coloración exterior muy oscura, casi negra en algunos casos.   Los dos trabajos presentan sus respectivas “recetas” para hacer la tinta destinada a teñir las capas externas del Cavour, y entre los productos necesarios se advierten  sustancias colorantes de amplio uso en esa época, hoy casi desaparecidas, como el Palo de Campeche y la Agalla de Alepo (3). Conviven con ellas algunas otras destinadas claramente a proporcionar aroma,   como  el  Anís Estrellado y el Jugo de Regaliz. Ciertos productos parecen agregarse para proporcionar un poco de dulzor entre tantas sales,  ácidos  y  taninos,  como  la  Melaza,  mientras que el resto son simplemente reactivos químicos que le dan equilibrio a las fórmulas.   Las recetas, aunque no iguales, son bastante parecidas en ambos libros. Veamos lo que dice Cenni sul tobacco…, de 1862, en este caso para “teñir” 250 kilogramos de tabaco.

Campeche ……………………………4,0 kg
Anís estrellado……….…….…………0,9 kg
Agalla…………………….……...….....0,6 kg
Jugo de regaliz………………….….…2,5 kg Amoníaco…………………...………...1,3 kg
Carbonato de hierro………………….0,5 kg
Melaza………………….……..…….....1,5 kg

La composición propuesta en Monografía del Tabacco,  de  1866,  sólo  difiere  de  la anterior por las proporciones, bastante inferiores en todos los productos,    y  por  la presencia de algunos otros estabilizantes químicos, como el ácido clorhídrico (presentado con su forma antigua hidroclórico), amén de una sorpresiva inclusión del vinagre. En dos cuadros separados aparecen las cantidades mínimas y máximas para 100 kilogramos de tabaco. Elegimos el segundo, apreciable en la imagen que sigue, donde  puede verse la fórmula completa con sus contenidos mínimos.


Pero la sorpresa de esta última obra no está dada por las antiguas fórmulas de “tinta de Cavour”,  sino porque en la sección destinada al Virginia aparece una breve receta de cuatro productos con los cuales se elaboraba cierta infusión para macerar el tabaco. La nómina incorpora nada menos que el Spirito di Vino (grappa) en compañía de la  rarísima planta Storace di cipro resinoso (Azúmbar resinoso de Chipre) y los consabidos “jarabe de azúcar” (melaza) y el reactivo Nitro Raffinato. Posiblemente nada de eso se utiliza hoy en la elaboración de los “cigarros de la paja” suizos y austríacos, aunque la curiosidad de la receta amerita su mención.


Si bien, como hemos visto,  tales metodologías colorantes y aromatizantes no tocaban directamente al toscano,  afectaban notoriamente a sus dos principales hermanos  y compatriotas, junto a los cuales ingresó de manera pionera en nuestro país allá por 1861. ¿Cómo serían esos viejos Cavour y Brissagos “tocados” por extractos vegetales, jarabes y bebidas destiladas? No lo sabemos con certeza, pero tenemos una noticia buena por partida doble:   los actuales toscanos  italianos aromatizados se consiguen hoy en la Argentina, y con algunos de ellos realizaremos una degustación que volcaremos muy pronto, en la próxima entrada. Quizás nos ayuden a develar la esencia de aquellos humos ligeramente dulces, anisados y espirituosos…


Notas:

(1) Ya las hemos apuntado un par de veces, pero nunca está de más recordar sus nombres alusivos a los lugares de emplazamiento: Torino, Sestri Ponente, Cagliari, Milano, Firenze, Lucca, Massa, Parma, Modena, Bologna, Chiaravalle, Nápoli, Cava dei Tirreni y Lecce.
(2) Todos los cigarros puros del mundo pasan por una primera fermentación, que consiste en estacionar los fardos de tabaco con un cierto grado de humedad durante varios días. En el proceso las hojas pierden parte de sus resinas vegetales (incluidas la nicotina y el alquitrán)  y adquieren una ligera coloración marrón, además de incorporar nuevas franjas aromáticas y gustativas. Por lo tanto, la referencia “fermentados” que siempre diferenció a los toscanos del resto de los puros italianos no estriba en esa primera fase fermentativa (común a todos) sino en una segunda fermentación, más larga y con los cigarros armados, donde el tabaco adquiere sus características finales.   Al parecer,   dicho proceso no tenía lugar en la elaboración de los Cavour ni de los Brissagos, tal vez debido a las profundas modificaciones químicas sufridas por la materia prima según los pasos descriptos en esta entrada.
(3) El Palo de Campeche, también llamado Palo de Tinte, es un árbol leguminoso nativo de México con el cual se fabrica cierto extracto sólido parecido al aserrín, pero cargado de color y tanino. Su empleo fue muy amplio hasta la primera mitad del siglo XX en todo tipo de manufacturas textiles y farmacéuticas. Las agallas vegetales son tumoraciones que presentan algunas plantas luego del ataque de insectos u hongos. Desde tiempos muy antiguos se extraían estos cuerpos para moler su contenido y elaborar tinturas. La Agalla de Alepo es originaria de Siria y fue una de las favoritas en la antigüedad para los usos mencionados.


lunes, 15 de junio de 2015

Desventuras de un investigador

¿Alguna vez escucharon aquello de la aguja en el pajar? Bien, eso mismo pensaba yo respecto a la búsqueda de talleres tabacaleros con elaboración de cigarros italianos en la Argentina finisecular del XIX. Pero ahora me doy cuenta de que el asunto es mucho más frustrante: el pajar está lleno de agujas, aunque jamás podré llegar  a verlas o tocarlas con claridad y precisión.  Están ahí,  no hay dudas,  pero se trata de objetos etéreos, inciertos, evasivos.  Así tal cual se siente encarar el trabajo de marras basándose en la fuente más completa de la época: el Censo Económico y Social de 1895, cuyos legajos originales manuscritos se encuentran hoy en el Archivo General de la Nación.


Hablando solamente de la Capital Federal y del apartado específico de industrias, cada uno de estos legajos (unos 20 en total) contiene alrededor de 600 fichas individuales correspondientes a los establecimientos censados, tanto fábricas como talleres de menor envergadura, comercios con elaboración propia y artesanos que trabajaban en sus domicilios. Cualquier confección o reparación era considerada una actividad industrial, por lo que la nómina incluye,  a modo de ejemplo,  una gran cantidad de carpinteros, sastres, modistas, relojeros y zapateros. Y fundamentalmente, que es lo que nos interesa, de cigarreros.  Los emprendimientos  relacionados con el tabaco están mezclados aleatoriamente entre los demás rubros, ya que el orden de encuadernación  sigue un criterio puramente geográfico en base al itinerario de los censistas. En otras palabras: hay que hojear los legajos página por página.


Los datos solicitados en el formulario son bastante escuetos, pero seguramente suficientes para el propósito estadístico de la compulsa: ubicación genérica (localidad), sección (para las grandes ciudades), razón social, nombre de los propietarios,  nacionalidad de los mismos,  rubro,  capital  (en inmuebles, máquinas y herramientas, materia prima elaborada y sin elaborar), uso de energía (cantidad de máquinas y “caballos de fuerza”  disponibles), y algunas notas finales sobre el personal empleado. Todo muy lindo pero poco útil a mis fines prácticos, dado que las referencias sobre  tipos o marcas de los productos resultantes brillan por su ausencia,  más allá de las descripciones globales Cigarrería  o  Fábrica de Cigarros. ¿Cómo detectar entonces la confección de toscanos o de cualquier otro puro  italiano? No hay manera directa de hacerlo, por cierto. De hecho, me hubiera conformado con eso para reconocer el fracaso y abandonar la búsqueda, pero hete aquí (y allí está lo más terrible) que esa misma información,  reticente por un lado,  brinda por otro algunos apuntes tan sugestivos que casi llegan a decir “AQUÍ SE FABRICABAN TOSCANOS”, aunque jamás lo hacen de un modo claro e inequívoco.


Un primer indicio a tener en cuenta es la abrumadora supremacía de italianos  y  españoles entre los propietarios de cigarrerías, siempre hablando de locales con algún tipo de elaboración propia (recordemos que sólo así se los incluía dentro del grupo industrias). Sabemos muy bien que los primeros traían el afecto,  la tradición  y  el conocimiento  técnico  referido  a  sus cigarros nacionales emblemáticos, por lo que ese dato en sí mismo apunta con bastante fuerza en la dirección que nos interesa. Pero hay algunas señales más consistentes todavía, como el caso concreto que sigue. Se trata de una cigarrería propiedad del italiano Enrique Botti y el español Roque Ramírez , ubicada en la sección  2ª (cuadrilátero Paseo Colón, Rivadavia, Chacabuco, Independencia), cuya singular denominación lo dice todo: “Cigarrería de la Paja”. ¿Qué clase de nombre es ese?  A no preocuparse,  que hay una explicación muy lógica si tenemos en cuenta el consumo tabacalero del período 1880-1910, y es la especialización en el exitoso cigarro  Brissago o Virginia, llamado popularmente “de la paja” por esos años.  Indefectiblemente,  donde se elaboraban cigarros de la paja también se hacían toscanos y Cavour, ya que los tres procedían del mismo tipo de materia prima, requerían  torcedores calificados de manera excluyente,  pasaban  por  idénticos  procesos de estacionamiento en estufas y, por sobre todo, contaban con amplia demanda entre un público que los consideraba artículos de estilo similar. En la Argentina del año 1895, las posibilidades de que una manufactura autodesignada como     “Cigarrería de la Paja” produjera la terna completa de los puros peninsulares más típicos, eran de nueve a favor y una en contra.


Lamentablemente, indicios y probabilidades no son certezas. Hasta ahora sólo revisé dos folios, lo cual equivalió a hojear detenidamente 1200 páginas con el agridulce resultado de descubrir un montón de “posibles” fábricas de toscanos sin un solo caso que pueda considerar comprobado por completo.  No voy a continuar la búsqueda en el AGN,  al menos  por  ahora, hasta que tenga las ganas y el tiempo de revisar los 18 legajos restantes (unas 10.800 páginas), sin perder de vista que eso es nada más que la Capital Federal y que en la década de 1890 funcionaban numerosas fábricas de cigarros en Rosario  y  otros puntos del país.   Tal vez más adelante vuelva sobre el asunto para compilar los casos llamativos en una lista especial que podríamos rotular como probables precursores de la industria del toscano.  Ya veremos cuándo,  pero mientras tanto no dejaré de publicar aquí las historias, los datos y las anécdotas de siempre, además de regalarme cotidianamente con el humo de unos buenos ejemplares, argentinos e italianos.

jueves, 28 de mayo de 2015

Luchadores y Puntanitos: los herederos del toscano argentino

Si nos atenemos estrictamente a las fechas que hemos logrado establecer hasta el día de hoy, nuestro país acredita 154 años de consumo y 137 años de elaboración propia en el ámbito de los cigarros toscanos.   Para  ello  tomamos,  respectivamente,  la  primera importación documentada de puros italianos (1861)  y  la  fundación  de  la  primera manufactura argentina que se dedicó a confeccionarlos (1878). En función de eso, bien puede decirse que el toscano comparte, junto al habano legítimo de Cuba, el podio de los cigarros más exitosos  de la historia nacional (1). Hace tiempo que venía meditando la manera de realizar una especie  de “homenaje”  a  esa  supervivencia más allá de los numerosos vaivenes políticos, económicos, sociales y culturales vividos en estas tierras durante un siglo y medio.   De dichas reflexiones surgió cierta idea que finalmente consideré la más acertada: realizar una degustación de dos marcas argentinas de toscanos, representando a las únicas fábricas existentes en la actualidad.


Los nombres de los establecimientos involucrados no son desconocidos por quienes siguen el blog ni por los aficionados toscaneros que se precian de tales. La primera empresa es Tabacalera Sarandí, una fábrica de ubicada en la localidad homónima al sur de la Ciudad de Buenos Aires, que hacia finales de la década de 1990 adquirió varias y antiguas marcas del tabaco (2). Además de diversos cigarros puros, la firma en cuestión produce toscanos en tres versiones: una de enteros (Avanti) y dos de medios toscanos (Caburitos y Puntanitos).   La segunda casa manufacturera es todavía mejor conocida por nosotros, ya que fue visitada por el que suscribe y reseñada en una entrada especial  (3).  Se trata de Luchador,   notable factoría familiar del barrio porteño de Villa Pueyrredón  que permanece en el mismo domicilio desde 1920.  En  ella,  los representantes de la tercera y cuarta generación de la  familia  Zenobi  continúan confeccionado una gama de productos con inclusión de históricos toscanos, presentados al comercio también de tres maneras, pero sólo con dos marcas: Luchador (enteros y  medios toscanos) y Super Charutos (medios toscanos). Para el análisis comparativo que veremos a continuación  seleccionamos un dueto de prototipos comercializados como medios toscanos, ambos en envases de cinco unidades: Luchador y Puntanitos.


Antes de ir a la crónica propiamente dicha es necesario apuntar algunos datos (4). Los toscanos Luchador se producen a mano con tabaco tipo Burley procedente de Tucumán, mientras que los Puntanitos son confeccionados a máquina,  y  en  su composición  participan varios tipos de tabacos correntinos, misioneros y paraguayos. Otra diferencia para remarcar es que el relleno de los primeros está compuesto por la llamada  tripa larga  (las hojas del interior tienen todas el mismo largo del puro), mientras que en los segundos el interior es de picadura (trozos pequeños de tabaco). A esta altura, muchos pueden pensar que nuestra degustación persigue algún propósito de rivalizar estilos: manual y tripa larga versus máquina y picadura. Repito: se trata de un homenaje a los herederos de la epopeya toscanera nacional. Los datos precedentes sólo intentan ayudar a conocer algo más sobre ellos.

















Para  la ceremonia de degustación contamos con la compañía y las opiniones de Enrique Devito y Sebastián Nazábal, cada uno munido de sus respectivos ejemplares de ambas marcas. En el sentido visual y táctil, Luchador era un poco más claro, seco y firme, dado que  Puntanito se  mostró  con  capa  bien oscura  y  una  estructura esponjosa (indicio de mayor humedad) y ligeramente suelta. Tanto el  encendido como el tiraje y el desarrollo de la ceniza fueron irreprochables en ambos casos, por lo que decidimos enfocarnos en los aspectos puramente aromático- gustativos. Luchador sorprendió por su complejidad, incluyendo ciertos tonos de frutos secos  (almendras tostadas, castañas, nueces) que recuerdan a puros de mayor valía monetaria. Hasta se llegó a esbozar alguna similitud con el Originale de Italia, si bien dicha comparación debe tomarse en un sentido de estilos históricos. Puntanito, por su parte, tenía rasgos levemente rústicos desde el comienzo, tal vez más cercanos al estereotipo actual de lo que es un toscano vernáculo. Precisamente, en este punto me permito hacer una consideración que me parece primordial, y sobre la cual respondo con mi modesto conocimiento de historiador toscanero y de persona que ha degustado toscanos legítimos de Italia (en numerosas versiones)  y toscanos argentinos de las décadas de 1940, 1950 y 1960. El postulado es el siguiente, a modo de conclusión: los dos productos que probamos son válidos, bien elaborados y hacen honor al rótulo que se les adjudica, en el sentido argentino del término. Sin embargo, si queremos ubicarlos en un contexto histórico, creo no equivocarme al decir que Luchador, por su confección, su profundidad de sabor y su complejidad, se parece al toscano fundacional argentino del período 1880-1930. Puntanito es, seguramente, más apto para el consumidor tabacalero de hoy, más accesible, más sencillo, y tiene un parentesco innegable con los toscanos argentinos de la segunda mitad del siglo XX.   Pero ambos,  reitero,  son dignísimos herederos de la historia del cigarro puro más fumado de la Argentina a lo largo de su historia.


La aventura del toscano italiano nació en Florencia hacia 1818. Luego, en 1861, llegó a la Argentina a bordo de los mismos barcos que traían a los inmigrantes.  Y  en  1878, finalmente, un visionario de la industria tabacalera nacional comenzó a elaborarlos en Buenos Aires. Tres hitos de una historia que hemos pretendido homenajear a través de sus herederos en el siglo XXI.

Notas:

(1) Al hablar de éxito me estoy refiriendo a la presencia ininterrumpida en el mercado nacional. Otros tipos de puros vivieron épocas de furor, como los Cavour, los Brissagos y los cigarros paraguayos, aunque ninguno logró subsistir  más allá de las primeras décadas del siglo XX. En contraposición, tanto los habanos como los toscanos tuvieron altibajos motivados por coyunturas de índole diversa (modas, cambios en los hábitos de consumo,  crisis económicas generales,  crisis económicas del sector del tabaco, restricciones a la importación) pero no han dejado de estar presentes ni un solo día en las estanterías de los comercios argentinos.
(2) La mayoría de las marcas mencionadas son de muy antigua data. A modo de ejemplo, Luchador fue registrada en la década de 1920 por Constantino Zenobi. Bien curioso es el caso de Caburitos,  cuya propiedad original fue de Schelp y Schelp,  una vieja firma argentina. Sin embargo, dicho rótulo no fue creado para nominar toscanos (Schelp y Schelp nunca se dedicó a los cigarros de tipo italiano) sino puros de estilo holandés. Con todo, hay buenas razones para pensar que lo de Caburitos nació como una deformación fonética de Cavouritos, diminutivo que se empleaba en los cigarros Cavour. El tema da para mucho más, y tal vez en el futuro volvamos sobre la cuestión. Las siguientes son dos imágenes tomadas de antiguas ediciones del Boletín Oficial referidas a renovaciones de marcas: una de Luchador (1937) y otra de Caburitos (1913).


(4) Como ocurre con tantos otros artículos, la composición de la materia prima y los métodos de fabricación suelen variar a lo largo del tiempo. En el caso de los cigarros que nos ocupan, esas modificaciones están dadas casi siempre por el tipo y el origen de los tabacos. Los datos referidos, por lo tanto, deben tomarse de un modo orientativo y genérico de acuerdo con nuestro conocimiento al momento de escribir esta entrada.

viernes, 17 de abril de 2015

Importadores de cigarros italianos en 1908

Si la importación de cigarros italianos auténticos estuvo siempre acotada a los ejemplares elaborados por el Monopolio di Stato desde su primer arribo a la Argentina,  en 1861,  y a los agentes exclusivos designados por períodos específicos, a partir de 1897, algo muy diferente sucedió con los productos similares cuya manufactura se llevaba a cabo en otros países. Ya hemos visto algo acerca del tema, especialmente sobre la supremacía de Suiza en materia de confeccionar puros análogos a los populares prototipos de la península. A comienzos del siglo XX, el suceso del toscano en Argentina no tenía parangón en ninguna nación del mundo fuera de Italia. No resulta extraña, por lo tanto, la gran cantidad de  introductores (como se los llamaba entonces) empeñados en el negocio de importar  ese tipo de artículos desde ultramar para su distribución y venta local.  Hace algún tiempo apuntamos tangencialmente la existencia de cierto testimonio documental del año 1908 en donde se aprecia esa sorprendente diversidad de empresas y productos, pero hoy le vamos a dedicar una entrada completa.


El 24 de julio de 1908, el Boletín Oficial de la República Argentina publicó cierta norma relativa a las tarifas de avalúo (derechos de importación)  que debían pagar todos los modelos de cigarros puros ingresados al país. El detalle es muy puntilloso y comprende la totalidad de etiquetas disponibles en esa fecha, una por una, separadas por importador y procedencia. Este último desglose  resulta muy afortunado para el investigador, ya que al final quedan debidamente discriminados los cigarros provenientes de Italia de los “suizos, filipinos y otros”. Entre ambos grupos encontramos todo lo que describiremos a continuación, amén de subir la imagen correspondiente, que se puede ampliar para una mejor lectura.  En un cuadro se hallan los ítems de Italia, y en los restantes subrayé los renglones toscaneros en rojo, los de Cavour en celeste y los de Brissago (descriptos como “Virginia” en algunos casos y como “de la paja” en otro) en verde.


Lo interesante es que hablamos nada menos que de 12 importadores y de un total de 23 módulos, correspondientes a 10 de toscanos, 8 de Cavour  y 4 de Brissago, a los que se añade otro de “napolitano”, ese puro bastante similar al toscano que nunca llegó a alcanzar su estrella.    De acuerdo al texto fiel publicado  en  aquella oportunidad, pasaremos a conocer algo más sobre cada una de estas antiguas firmas (1), sobre sus ítems de cigarros italianos y sobre otros productos importados por ellas en el pasado, tanto tabacos como demás enseres (2), en los casos en que pudimos ubicarlos.

E A Bunge &  J Born: grande y poderosa empresa de ascendencia Belga dedicada antaño a múltiples actividades productivas, comerciales y financieras. Para 1908 era importadora exclusiva de los tabacos italianos en sociedad con Roberto de Sanna, que actuaba como “concesionario”. En este caso se mencionan seis renglones de cigarros, todos ellos italianos: Cavour 1ª, Cavour 2ª, Napolitanos, Virginia 1ª, Virginia 2ª  y Toscanos.
Bernárdez y Cía: aparece con un único producto identificado como Toscanos.
Eduardo de Bary: al  igual que el anterior, su única importación tabacalera corresponde a Toscanos.
Juan B. Carreras: introducía un solo puro denominado textualmente Republicanos (Cavour).
Coop. Nacional de Consumos: otra casa “mono marca”, con una etiqueta de Toscanos.
Henneberg & Cía: por lo visto, una firma más destacada que las cuatro precedentes. Además de sus catorce importaciones tabacaleras, entre las que observamos dos descriptas como Cavour y como Toscanos, logramos localizar una publicidad de principios del XX referida a las “chapas de fierro canaleta galvanizadas” marca  Globe, introducidas directamente desde Inglaterra.


Lalanne y Laffin: importadora de tres modelos apuntados como Ministros (Cavour), Medio Toscano y Toscano. En este caso dimos además con  la solicitud de marca del primero, con fecha 27 de febrero de 1905.


Mignaquy & Cía: empresa bien conocida por este blog, dedicada desde los inicios del siglo XX a todo tipo de productos extranjeros, con cierto acento en tabacos, alimentos y bebidas. Décadas más tarde se dedicó a la distribución de productos nacionales. Hasta hace muy poco perduraban sus enormes oficinas y depósitos de la calle Wenceslao Villafañe, en el barrio de La Boca. Para 1908 introducía tres tabacos estilo italiano (su especialidad de siempre) bajo los rótulos Extra Forte (Toscano), Extra Dolce (Cavour) y Virginia.


Mackinnon y Coelho: contaba entonces con dos tipos de cigarros, de los cuales uno está volcado como Toscanos. Años después la observamos distribuyendo la recordada yerba Salus.


Rathje & Cía: también con un renglón de Toscanos entre cuatro módulos.
Antonio de Santos: responsable de seis introducciones cigarreras. Dos de ellas son descriptas como Brasiliens (Cavour) y Maravillas (Cavour).
López, Hnos. y Cía: aparece con un único puro asentado como De la paja, es decir, el adjetivo más popular del Virginia o Brissago.


Aunque creo que está claro a esta altura, vale reiterar que sólo Bunge & Born se encontraba oficialmente autorizado para comercializar en Argentina los auténticos productos del monopolio estatal italiano, salvo contrabando u otras alternativas informales. Por lo tanto, todos los demás eran émulos fabricados en diferentes naciones que no tenían las limitaciones propias del estanco peninsular. ¿Cuáles? Bueno, Suiza aparece sin dudas en el primer lugar,   pero de ahí en más sólo podemos hacer conjeturas. Algunos nombres sugieren claramente un origen brasilero, lo cual tiene su lógica, puesto que allí existía y existe aún hoy una importantísima actividad cigarrera. Para resolver estos enigmas sólo queda un camino, como siempre decimos: seguir  investigando hasta conseguir más datos sobre el pasado de los cigarros italianos, y particularmente del toscano, el más apreciado y consumido a lo largo de casi una centuria.

Notas:

(1) Salvo error u omisión, sólo queda una en actividad al día de hoy: Bunge & Born, aunque dudo que todavía se dedique a la importación de productos de consumo masivo.
(2) Aquellos que hayan clickeado y observado detenidamente  la imagen del Boletín Oficial  habrán visto la gran cantidad de ítems relativos a los puros Vevey, típicos de Suiza y muy populares por la época. Hemos mencionado algo de ellos en la entrada sobre toscanos suizos subida hace tiempo, y también se los puede ver en la imagen de la resolución sobre impuestos al tabaco de 1878 plasmada en la primera de las dos entradas recientes tituladas ¿Qué fue primero: el Cavour, el Brissago o el toscano?


martes, 24 de marzo de 2015

¿Qué fue primero: el Cavour, el Brissago o el Toscano? II

Desde aquel venturoso día en que logramos ubicar la primera importación argentina de cigarros italianos (1) se sumó a nuestro interés un nuevo terreno de investigación, que es el desarrollo local de los tres ejemplares emblemáticos del  segmento: el Cavour, el Brissago y el toscano. Incluso antes de ese hallazgo ya veníamos insinuando que, tal vez, el toscano no había sido siempre el más exitoso del grupo. Con el paso del tiempo y el avance de nuestros conocimientos pudimos confirmar plenamente dicho presagio, tal cual hemos plasmado en la entrada anterior de este mismo tema hace un par de meses. Allí vimos que los registros documentales al respecto no son muchos, pero que su escasez se ve ampliamente compensada con la contundencia de los respectivos contenidos. Ya no hay dudas: Cavour y Brissago fueron más vendidos y fumados que el toscano desde 1861 hasta 1890, pero a partir de entonces nuestro héroe comenzó una vertiginosa carrera de popularidad hasta convertirse en el cigarro de mayor éxito a lo largo de ochenta años.


En aquella oportunidad prometimos examinar las causas de ese cambio histórico bastante súbito, ya que hablamos de un período no mayor de diez o doce años.  En 1887 el Cavour era presentado como emblema de los puros peninsulares y ni se hablaba del toscano, pero para 1898 este último encabezaba con holgura las ventas de puros en Argentina. ¿Qué ocurrió en apenas una década para que un producto “del montón” pasara a ser el más consumido del país? Bien, el abordaje del tema implica atacar las dos puntas. En primer término, tenemos que saber por qué razón Cavour y Brissago fueron más famosos durante treinta años, y luego, en segundo, debemos descifrar los fundamentos históricos que motivaron el crecimiento del toscano desde fines de la década de 1880 en adelante. Vayamos al núcleo de la cuestión, entonces, ordenadamente.


Existe un dato fundamental que prácticamente explica por sí solo la fama rutilante de Cavour y Brissago en los primeros tiempos y su neta superioridad frente al toscano. Se trata del fuerte componente regional del norte en la primera oleada de la inmigración italiana. En efecto, como bien señalan muchos investigadores y estudiosos de esa etapa (2), entre 1860 y 1880 predominaron  ampliamente los piamonteses, genoveses, lombardos y vénetos. O sea -nada más y nada menos-  las dos regiones originarias de los cigarros en cuestión: el Cavour, típico del Piamonte, y el Brissago, típico del Véneto y la Lombardía (estas dos últimas bajo dominio austríaco hasta 1866, lo que refuerza la lógica de todo lo antedicho: recordemos que el Brissago es un cigarro nacido en Austria por 1840 con el nombre de Virginia) Mientras tanto, el toscano provenía de una zona mediterránea  (la Toscana) carente de puertos y aún entonces en proceso de integración cultural al incipiente estado italiano unido. Por lo tanto, no es de extrañar ese estado de cosas en materia de consumos cigarreros frente a semejante panorama social, cultural y humano.


Pero a partir de1880 la estructura inmigrante se fue modificando de modo veloz: la ola del norte perdía protagonismo merced a un arribo masivo desde el centro y el sur, integrado mayormente  por abruzos, pulleses, napolitanos y sicilianos. En esas regiones no se fumaban ni Cavour ni Brissago (de hecho, eran casi desconocidos), pero sí el toscano, que poco a poco iba tomando relevancia y cobertura de alcance nacional en toda Italia. En el trabajo del profesor Luca Garbini (que hemos mencionado varias veces) queda claro que por 1889 la Argentina incrementó sus importaciones de manera significativa y que ya entonces el toscano se constituía como el cigarro italiano más fumado y más exportado, sobre todo hacia el puerto de Buenos Aires, que absorbía entre el 75 y el 80 por ciento de los embarques internacionales de tabaco peninsular. Así, es evidente que la procedencia específica de los italianos arribados a nuestras costas resulta ser un elemento fundamental, cuya importancia basta para aclarar  por qué el toscano sólo obtuvo su fama plena en el último decenio del siglo XIX y no antes. Por supuesto que existen otras razones adicionales de orden práctico: porte pequeño, sabor potente y precio moderado, entre otras, a las que oportunamente les dedicamos una entrada completa (3).


Piamonteses y vénetos, napolitanos y abruzos, entre otros, fueron los primitivos fumadores de Cavour, Brissagos y toscanos en la Argentina. Ellos poblaron con ese aroma inconfundible los bares, bodegones y muelles de Buenos Aires, Rosario y demás ciudades del país. Y también escribieron su página en la historia de los cigarros italianos, seguramente sin  saber que estaban iniciando una verdadera saga con algo de conquista, porque hoy, a más de 150 años del desembarco primigenio, los toscanos aún se importan, se fabrican y se fuman en este rincón de América.

Notas:

(1) Eso fue en septiembre de 2013, cuando subimos una entrada relativa al asunto de marras, cuyo enlace es el siguiente: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2013/09/el-dato-que-tanto-buscabamos-la-primera.html
(2) Por ejemplo, el excelente trabajo de Marcelo Weissel “Arqueología de la Boca del Riachuelo”, que se puede consultar en el link que sigue. Advierto que es un trabajo científico, con toda la precisión y la data complementaria que ello implica, por lo cual puede resultar engorroso para aquel que no esté verdaderamente muy interesado en el tema. http://www.fundacionazara.org.ar/img/libros/arqueologia-de-la-boca-del-riachuelo.pdf
(3) Fue en la entrada del 28/1/2014 “El triunfo del cigarro urbano”  http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2014/01/el-triunfo-del-cigarro-urbano.html

martes, 24 de febrero de 2015

Estampas toscaneras en Caras y Caretas

Caras y Caretas fue un semanario argentino fundado en 1898 por un grupo de notables periodistas y escritores rioplatenses. Su primera época perduró desde entonces hasta el año 1941, aunque su mayor popularidad se ubica entre 1900 y 1920, al punto de ser una referencia obligada para todo historiador ocupado en investigar la realidad del país por aquellos  años.   La característica más saliente de la revista en cuestión era el amplio abanico temático de sus notas, desde la más candente actualidad política hasta la sátira humorística, el análisis de los fenómenos sociales, las noticias sobre los últimos adelantos tecnológicos, el desarrollo de las industrias y un largo etcétera. Desde luego, y a los fines prácticos que nos ocupan aquí, esos textos presentados durante cuatro décadas rebosan de citas relativas al cigarro toscano, constituido entonces como un producto de consumo masivo.


Queda claro que la mención de cada una de ellas (incluidas en diferentes notas de interés general, cuentos,  noticias   y   avisos  publicitarios)   es prácticamente imposible, además de innecesaria. Pero creemos atractivo detenerse en algunas apariciones muy oportunas que nos permiten conocer ciertos perfiles de personas y grupos humanos. Porque, como dijimos más de una vez, la historia del toscano en Argentina acompaña la propia historia nacional, especialmente en al ámbito de los fenómenos de la inmigración y el desarrollo de la grandes urbes. Veamos entonces tres estampas que representan sendas postales de lo que ocurría por estas latitudes en los respectivos momentos de publicación.   Dos de ellas son muy cercanas entre sí y coinciden, en cierto modo, con la edad de oro del artículo que nos convoca. La otra, avanzado el siglo XX, se sitúa en el período de su mayor dispendio numérico, si bien para entonces el puro de nuestro interés  iba abandonando lentamente la buena estrella merced a un renovado consumo tabacalero que se trasladaba hacia los cigarrillos rubios, cuanto más suaves mejor, y veía a los viejos cigarros itálicos como algo anticuado.


El 25 de noviembre de 1911, una caricatura del célebre dibujante español José María Cao Luaces (más conocido bajo el apócope de Cao) nos muestra al coronel Enrique Rostagno comandando las fuerzas destinadas en la ocupación del llamado Gran Chaco, que incluía a las actuales provincias de Chaco, Formosa y partes de Santa Fe y Santiago del Estero. Al parecer, el conocido militar (1) era un entusiasta aficionado toscanero, lo que le valió esa aparición gráfica  de tono chancero con el siguiente epígrafe en verso:

Siguiendo la ocupación
del Chaco, que en su opinión
da resultados muy buenos,
se fumó medio millón
de toscanos, cuando menos

Un detalle resulta ciertamente significativo: el toscano está siendo fumado al modo entero o maremmana, aunque nunca sabremos si esa era su verdadera costumbre o si sólo se trata de la interpretación artística del caricaturista.


Menos de un año después,  el  27  de  julio  de  1912,  cierto artículo denominado El “faubourg” teatral (2) nos transporta a la zona adyacente del viejo teatro Politeama (3), descripta como “con mucha alegría y mucho color, con sus cafés, sus restorantes con pollos a lo spiedo y suculentos platos de tallarines al jugo, y hasta un elegante y bien montado club.” Luego hace hincapié en el bar Sabatino,  al que concurren actores, músicos  y  empresarios teatrales italianos,   tales  como los eximios cantantes Corti, Domingo, Recanatini, Quadranti y el conde Tulio Quatrocchi. Esta notable fauna artística peninsular es vívidamente delineada por sus coloridas vestimentas (chambergos de ala ancha,  bastones  verdes  o  rojos,  abrigos y  pantalones a  cuadros),  y  porque  sus integrantes son vistos fumando con verdadera fruición los toscanos insecticidas, al decir del autor de la crónica.


Finalmente, el 6 de febrero de 1937, uno de los colaboradores más veteranos del semanario, Félix Lima, comienza su nota de añoranza sobre cierta y antigua murga de Barracas al Norte con un sinceramiento personal.   Una confesión que no es literaria ni deportiva para empezar: me gustan de alma los toscanos de cigarrería y las milanesas de “ristorante” de medio pelo, el vino de la “Riviera” de Quilmes o de Sarandí (4) y pasar los días de carnestolendas (5) en alguno de los pueblos suburbanos, con o sin servicio ferroviario  eléctrico,  dice  Lima,  que realmente era tal cual se describe a sí mismo, conforme lo pintan diversas añoranzas posteriores de algunos de sus colegas. Hemos repasado así así tres siluetas argentinas del ayer, y todo gracias al cigarro más fumado en estas tierras durante casi una centuria.

Notas:

(1) Rostagno era un militar innovador, polémico y bastante “mediático”. Fue responsable de varias reformas en el entrenamiento y la actualización tecnológica del ejército, pero también tuvo  algunos  problemas  por  la tendencia  a  manifestar  públicamente  sus opiniones políticas. En 1908, por ejemplo, debió cumplir dos meses de arresto por emitir comentarios adversos al presidente José Figueroa Alcorta. De ello da cuenta la misma Caras y Caretas en su edición del 28/3/1908.


(2) Término del habla francesa que se usa comúnmente para definir un barrio o suburbio.
(3) Legendaria sala de espectáculos que estaba ubicada en  Corrientes  1490,   casi esquina Paraná. La historia de este edificio, de su sucesor, y del baldío que existe en el lugar desde la década de 1950 es verdaderamente paradójica. Sugiero a los interesados ver la breve pero efectiva reseña de Wikipedia:  http://es.wikipedia.org/wiki/Teatro_Politeama
(4) Se refiere irónicamente a los vinos artesanales que se elaboraban en los viñedos costeros del Río de la Plata, al sur de Gran Buenos Aires. Desde finales del siglo XIX y hasta la década de 1970 esa producción fue numerosa y bastante popular, casi siempre obtenida  con ejemplares  de  vides  americanas  tipo  Vitis  Labrusca       (conocida folclóricamente como “chinche”) que daban a los vinos un sabor salvaje y rústico. En sus buenos tiempos llegó a existir medio centenar de productores de uva y vino sólo en el partido de Avellaneda, según estadísticas oficiales de 1950.


(5) Sinónimo de carnaval.