sábado, 13 de septiembre de 2014

Del cigarro inmigrante al cigarro nacional

Como señalamos en más de una ocasión, los productos italianos de consumo masivo llegaron a ser un símbolo de su nacionalidad, especialmente durante los primeros tiempos del proceso unificador de ese país llevado a cabo entre 1830 y 1870.   En tal contexto no era rara la aparición de artículos del fumar cuyos nombres resultaban alusivos a hechos y personajes que encendían el fervor patriótico peninsular.  El  caso  del cigarro  Cavour  es paradigmático, tal cual analizamos en un par de entradas subidas hace algunos meses, pero el fenómeno tuvo su correlato en la Argentina de las décadas siguientes, ya que en ella se verificaba una evolución no menos trascendente  por sus  derivaciones  sociales: la inmigración.   Así,  la  industria toscanera criolla tuvo sus propios ejemplos al respecto, como Solferino (1), Vincitor o Toscani Italia, entre otras marcas antiguas. No obstante, el espíritu recalcitrantemente itálico de los primeros tiempos fue dando paso a una esencia mucho más integrada con nuestro país a medida que transcurrieron los decenios.


Aquel  patriotismo subyacente en cada acto o expresión italianista entre 1860 y 1900 es fácilmente verificable para el historiador,  así como su estrecha relación con el mundo del tabaco. No eran muchos los países de entonces (ni lo son hoy) que contaran con cigarros de impronta tan significativamente nacional como el toscano, siempre asociado a la idiosincrasia, la cultura y la manera de entender la vida en ese país. Al igual que ocurre con la cocina italiana  -reconocida mundialmente por su perfil contundente y sabroso-, los toscanos pronto pasaron a ser un símbolo genuino en el mismo sentido, o sea, el de la potencia, el carácter y la personalidad definida. En los comienzos de este proceso, semejante relación cigarro-país solía tener como protagonistas  a  los  héroes nacionales,   que  eran  inmortalizados  en  diferentes manifestaciones artísticas, desde retratos de bersaglieri saboreando toscanos hasta escritos literarios que enaltecían al rey Víctor Manuel con anécdotas relativas a sus hábitos de fumador. Un caso paradigmático es el de la obra del pintor Gerolamo Induno (1825-1890), llamada “Garibaldi sulle alture de Sant’ Angelo”, en el que podemos apreciar al famoso personaje atisbando el valle con un cigarro en la mano, con toda seguridad un Cavour o un toscano. Y esto no es una suposición: más allá de que Garibaldi era un reconocido aficionado toscanero, fumar cigarros que no fueran los propios de la península era considerado poco menos que un acto de traición en aquellos días.


Ahora bien, dijimos que el ardor patriótico de marras fue acompañado por los inmigrantes que llegaban a la Argentina, lo cual es un hecho inequívoco. Luego de varios años investigando el tema,   una de las cosas que puedo asegurar con total convencimiento es que los puros italianos fumados en nuestro país entre 1861 (año de la primera importación) y finales de la década de 1880 eran parte de un consumo absoluta y totalmente acotado a los habitantes de esa nacionalidad, dado que nuestros compatriotas de entonces preferían los cigarros correntinos, cubanos, brasileros y paraguayos. Recién hacia 1890  el toscano empezaría a perder su aureola netamente foránea, precisamente cuando comenzó a ser fabricado por los establecimientos tabacaleros argentinos y apreciado por los nativos del país. Podemos imaginar tal cambio del mismo modo que aconteció en el mundo de la gastronomía y de las bebidas, por ejemplo, ya que en 1850 nadie hablaba de Barbera  o de Chianti,  pero  sí  de  Vino Carlón.   Eso pasó a ser  exactamente al revés con el advenimiento del nuevo siglo: el otrora famoso Carlón quedó relegado al olvido mientras los vinos peninsulares eran profusamente importados desde Europa e imitados por las bodegas locales, toda vez que se registraba una acentuada asimilación del sentir itálico en nuestra propia cultura. Exactamente lo mismo, pero en términos de tabaco, sucedió con el toscano, iniciando así una época de oro que lo llevaría a constituirse como el puro más vendido del país en los siguientes setenta años.


Por lo visto, tenemos al cigarro de nuestro interés marcando un proceso social por partida doble.  En un sentido, el éxito del toscano representa la integración  de las colectividades a la cultura argentina. Y en otro, personifica  la incorporación de elementos foráneos al sentir nacional, lo cual ocurrió idénticamente con las comidas, las bebidas, el lenguaje, la música y las demás expresiones del comportamiento. El toscano, símbolo de la unión histórica entre italianos y argentinos. ¿Quién lo hubiera dicho?


Notas:

(1) Solferino fue una marca elaborada por la fábrica de Stecchi, Barbero y Comelli  a comienzos del siglo XX. El nombre se relaciona con la batalla librada en Lombardía el 24 de Junio de 1859, muy cerca de la localidad homónima, que tuvo como protagonistas a los austríacos,  por un lado,  y a la alianza entre el  Reino  de  Piamonte  y  Cerdeña (antecesor del estado italiano unido)  y  Francia,  por el otro.  La importancia de la contienda era tal que actuaron como comandantes  los líderes supremos de cada nación involucrada: el emperador Francisco José de Austria, Napoleón III de Francia y Víctor Manuel II de Piamonte y Cerdeña. El triunfo les correspondió a los aliados tras nueve horas de durísimos combates.


lunes, 25 de agosto de 2014

El nudo gordiano de los fabricantes

Hace un par de entradas, en una nota al pie, señalamos que la antigua presencia de fabricantes, importadores, distribuidores y concesionarios (1) conformaba un “complejo nudo histórico”, más aún cuando  estamos hablando  de  manufactura  y comercialización de toscanos nacionales, italianos, suizos  e  incluso  de otros  orígenes  aún  no corroborados. Como para enredar más el tema,  no eran pocas las empresas enfocadas en varias de estas operaciones al mismo tiempo, incluyendo algunas de las más grandes y conocidas. Un ejemplo típico es la SATI (Societá Anónima del Tabacchi Italiani), que indistintamente importaba los genuinos ejemplares de la península y fabricaba prototipos argentinos en su planta porteña del barrio de Villa Real. También manifestamos el hallazgo de gran cantidad de marcas ubicadas en viejos registros, especialmente en pretéritas ediciones del Boletín Oficial de las República Argentina, lo cual nos brindó además el conocimiento de casas elaboradoras, nombres de fabricantes y locaciones domiciliarias.


Con todos esos nuevos datos en juego era inminente una actualización de nuestro listado de fabricantes  argentinos.   Pero,  en sintonía con lo dicho anteriormente sobre la multiplicidad de facetas y actividades exhibidas por las empresas vinculadas al producto de nuestro interés, vale la pena puntualizar bien cuáles son los criterios de inclusión en el repertorio junto a otras aclaraciones complementarias, de acuerdo a los parámetros que siguen:

- El listado intenta recoger exclusivamente datos de la industria toscanera  nacional, si bien varias de las firmas encuadradas realizaron importaciones en algún momento de su vida, como la ya mencionada SATI, Yoldi, Mignaquy, etcétera. En la mayoría de los casos contamos con la certeza plena de su carácter manufacturero, pero también añadimos aquellos que cuentan, por así decirlo, con un “alto grado de sospecha”.  Por  lo  tanto,  no  están comprendidas en este elenco las casas comerciales que sólo se dedicaron a la importación  (2),  al menos de acuerdo a nuestra información actual.
- Aunque son pocas, también  encontramos un par de compañías cuyas marcas de toscanos no eran fruto de una manufactura propia,  sino de una elaboración realizada por terceros, lo cual queda aclarado en los renglones correspondientes. Así sucede con la marca Ottone, distribuida por Mignaquy  y fabricada por Luchador (3). Lo mismo ocurre con La Colmena, de Cardín y Cía,  confeccionada por Tabacos Colón. Desde ya que podría haber otros casos similares “escondidos” entre la nómina, pero en principio asumimos a los demás como fabricantes  hasta tanto comprobemos lo contrario.
- La empresa E y M Durán, de la ciudad de Rosario (que también era conocida simplemente como “Cigarrería Durán”) parece haber tenido una política consistente en comprar marcas ya establecidas por otros fabricantes. Por eso vemos que sus rótulos Flor de Mayo y Gurugú se repiten con anterioridad como pertenecientes a razones sociales distintas. Mientras tanto, estamos tratando de investigar algo más sobre esta misteriosa casa.
- Las fechas marcadas en la columna “época” nos son necesaria y estrictamente las de apertura y cierre de cada establecimiento, sino una aproximación que puede tener diferentes motivos. A veces es eso, con certeza total; otras es simplemente un cálculo estimado sobre el mismo punto, y en otras representa el período en el que ciertas fábricas se abocaron a la producción de toscanos, sin perjuicio de que hayan continuado elaborando otros productos tabacaleros con posterioridad, pero ya no los cigarros que nos ocupan.
- Marcamos cinco renglones con letra cursiva. Se observa que en ellos no hay tampoco domicilio registrado. Se trata de solicitudes de marcas aparecidas una única vez en el Boletín Oficial, sin renovaciones posteriores y sin que hayamos podido obtener ningún otro dato sobre ellas. Así, aunque es muy probable que esos toscanos hayan existido en la realidad física, esperamos futuros hallazgos confirmatorios para considerarlos históricamente verídicos.

La lista queda pasa a contar entonces con 37 protagonistas. Haciendo click en la imagen se puede ampliar el cuadro para su lectura.


¿Cuántas otras empresas faltarán por descubrir? Personalmente creo que muchas, aunque probablemente no sean de las más importantes y conocidas. Con todo, es casi seguro que durante  los cien años de éxito del toscano deben haber funcionado decenas de talleres medianos y pequeños, sobre todo establecidos en domicilios particulares y cigarrerías del interior del país. ¿Llegaremos a conocerlos algún día? Tal vez sí, o tal vez no, pero siempre mantenemos el espíritu investigativo a la espera de resultados inéditos.


Notas:

(1) Todavía no he logrado aclarar bien el papel que desempeñaba la figura del concesionario y su diferencia con el simple “importador”,  pero es un hecho comprobado que ambos existían y que trabajaban conjuntamente a principios del siglo XX. En el caso que nos interesa, a partir de 1904, la nueva firma introductora de los toscanos italianos legítimos pasó a ser Bunge & Born, mientras que el empresario Roberto de Sanna hacía las veces de concesionario, tal cual lo confirman numerosas publicidades de la época. ¿Qué tarea realizaban  uno y otro, concretamente? No lo sabemos por el momento, pero apenas tengamos un mayor entendimiento del asunto aquí lo vamos a volcar.


(2) Muy pronto subiremos una entrada sobre los importadores chequeados a principios del siglo XX.
(3) El caso Ottone – Mignaquy – Luchador fue mencionado hace poco, pero vale la pena volver sobre él porque viene muy al caso.  Es un claro ejemplo del  “complejo nudo histórico” referido al principio y de las dificultades que supone tratar de construir una estructura cronológica ordenada cuando hablamos de un cigarro tan fabricado, importado y fumado como el toscano. Hacia 1908, Mignaquy era importador de toscanos suizos, mientras que Ottone era eso mismo o, quizás (no pudimos establecerlo fehacientemente aún),  una marca elaborada por un tercero,  pero es seguro que ninguno de los dos fabricaba por cuenta propia. Hacia 1940,  sabemos que Mignaquy distribuía la marca Ottone, cuya manufactura estaba a cargo de Luchador, la factoría de la familia Zenobi fundada  en  1920.  Ahora bien,  ¿los cigarros Ottone de 1908 eran importados o nacionales? Si la primera es la respuesta correcta, ¿era Mignaquy su importador? Y si es la segunda, ¿quién los elaboraba? Aunque los indicios apuntan más bien hacia el primer postulado,   para poder contestar tales interrogantes  con certidumbre absoluta es necesario encontrar registros, documentos o testimonios que despejen cualquier duda de un modo incontrovertible. Así es la tarea del investigador aficionado, y en ella estamos.

miércoles, 30 de julio de 2014

Por derecha o por izquierda, pero siempre los más fumados

La supremacía numérica del toscano dentro del consumo nacional de cigarros puros a partir de 1890 ha sido más que comprobada por este blog en numerosas oportunidades, especialmente en la entrada del  25/3/2013,  cuando dimos en analizar los diferentes testimonios y documentos históricos que confirman ese predominio a lo largo de casi un siglo. Pero nunca nos imaginamos que semejante hegemonía iba a darse también el terreno de la clandestinidad. Sin embargo, como viene sucediendo desde que encaramos este espacio de búsqueda histórica,  cada nuevo hallazgo no hace más que revalidar lo dicho. El cigarro toscano fue rey en su género durante mucho tiempo, incluso en términos de contrabando. Así se desprende de las sucesivas apariciones al respecto, que pueden ser ubicadas en el Boletín Oficial  de  la  República  Argentina  durante las décadas posteriores al novecientos.   Desde luego que es prácticamente imposible efectuar un examen detallado caso por caso (son demasiados), pero la simple revisión de los hechos más importantes en términos cuantitativos es una excelente muestra de nuestros argumentos. Veamos entonces algunos de ellos.


El 25 de octubre de 1904, la Aduana de Buenos Aires realizó el decomiso de “un cajón con diez mil cigarros toscanos, tres bolsas de cigarrillos, un cajón de whisky, un cajón de naipes y seis cajas de cigarros habanos”, todo ello encontrado a Julio Dellafonte en el vapor Santa Cruz, procedente de los puertos del sur.  El aditamento de  “ex  mayordomo”   aplicado al susodicho revela que el hombre perdió su trabajo a causa del frustrado intento de matute.  Algo similar,  pero en menor escala, hallamos en la edición del 25 de noviembre de 1910, cuando se incautaron “quinientos cigarros toscanos, los que pretendía introducir en plaza clandestinamente el individuo Juan Rocco, que fue detenido en las calles Viamonte y el Puerto,   los cuales llevaba dentro de una canasta,   habiendo manifestado el arriba nombrado que los había desembarcado del vapor América”. El patrón de origen marítimo se repite con fecha 3 de noviembre de 1911, cuando un sujeto de nombre casi idéntico al anterior (“que dijo llamarse Juan Rocca”) es sorprendido portando una bolsa proveniente del vapor Re Umberto conteniendo  20 paquetes de toscanos por un total de 1000 unidades.


Vale reiterar en este punto que sólo nos referimos a la ocurrencia de casos significativos por la cantidad de puros italianos registrados, que implican apenas un porcentaje dentro de un total mucho mayor. Necesitaríamos decenas de entradas para reseñar procedimientos que se repetían casi a diario, pero lo importante para nosotros es que en cada nueva actuación de las autoridades se reproduce prácticamente lo mismo, es decir, la presencia de toscanos en cantidades llamativamente copiosas, tal cual sucedió otra vez el 10 de Agosto de 1915. Ese día los decomisos resultaron notables por la variedad de las mercaderías, entre las que se contabilizaron “800 metros de tejido de algodón, 300 gramos de hilo de plata, 346 barajas españolas, 130 botellitas de vino, 1050 cigarros toscanos, 58 botellas de refrescos, 600 latitas de caramelos” y un prolongado etcétera. En general -como resulta muy lógico- los procedimientos aduaneros se llevaban a cabo en el mismo puerto o en sus adyacencias. No obstante, la popularidad del producto tabacalero que nos convoca superaba cualquier barrera geográfica  entre  la población que habitaba el territorio patrio a principios del siglo XX.


Y para muestra basta un botón, como dice el dicho, ya que el Boletín Oficial del 30 de marzo de 1917 presenta un hecho significativo por su ubicación bien alejada de la metrópolis porteña: nada menos que la localidad  puntana de Justo Daract, en la frontera entre San Luis y Córdoba. Allí, más precisamente en la casa de comercio de los señores  Esnaola  e Izuzquiza, cierta actuación de oficio por cuenta y orden de la Administración General de Impuestos Internos halló “una partida de cigarros toscanos, bebidas alcohólicas y naipes sin los aditamentos fiscales que acreditan el pago de los impuestos correspondientes”.  No  hace  falta  agregar  mucho  más,  porque  lo  visto  revela perfectamente la importancia del consumo toscanero de la época, capaz de llevar a todo tipo de maniobras para ingresarlos o comercializarlos en forma ilegal. Tales prácticas se extendieron durante la primera mitad de la centuria  (1) para ir luego despareciendo  lentamente mientras la propia estrella del producto se apagaba. Pero en los buenos tiempos, el toscano fue líder indiscutido de los puros fumados en el país en todos los sentidos posibles e imaginables: el industrial, el comercial, el consumista y el ilegal.



Notas:

(1) En su Historia del Tabaco, escrita hacia 1940, Juan Domenech calcula el contrabando de tabacos en la Argentina de esa época según el siguiente pormenor:

Cigarrillos                                               15.000.000 de atados
Tabacos picados                                      150.000  kilos
Cigarros tipo toscano                              3.000.000 de unidades
Cigarros de hoja, menos rabillos            1.000.000 de unidades
Cigarros tipo rabillo, anís, damitas         4.000.000 de unidades               

Una mirada rápida parecería indicar que nuestro héroe tabacalero no es el “ganador” de la estadística precedente, pero se trata de un punto de vista de lo más erróneo.  Si lo vemos del modo correcto, el renglón toscanero  refleja un  producto único, específico y preciso, mientras que el resto de los puros está apuntado a través de categorías que comprenden estilos de cigarros muy diferentes entre sí. Por eso y por enésima vez, el toscano lleva la delantera aquí también.

lunes, 7 de julio de 2014

Las antiguas manufacturas comienzan a revelar sus secretos

Si  no  hay  consuelo  en  los  frutos  de  nuestra investigación, hay, al menos, alivio en el propio proceso de investigar.  La  frase  pertenece  al eminente físico teórico Steven Weinberg, Premio Nobel de la especialidad en 1979 por sus resultados  en el campo del  electromagnetismo combinado  con la fuerza nuclear débil. Básicamente, el enunciado de este gran erudito tiene un significado inequívoco: la investigación  es una fuente de aliento para el alma, más allá de su desenlace. En este modestísimo blog nos hemos propuesto investigar la historia del cigarro toscano en la Argentina,  y  no  han sido pocos  los logros alcanzados en su año y medio de vida. Ubicamos la existencia pasada de un número bastante importante de fábricas (aunque seguramente faltan muchas más),     así como la  fecha en que se realizó la primera importación de cigarros italianos. Eso ya es bastante para tan corto tiempo de trabajo, pero además conocimos varias historias de fábricas y fabricantes que construyeron el pasado del puro más fumado en la Argentina  de  antaño.   Por  eso  nos  sentimos satisfechos por partida doble, según las expresiones de Weinberg, ya que conjugamos   la dicha de investigar con  la dicha de haber cosechado una cantidad suficiente de resultados en relación al austero esfuerzo empleado para tal fin.


No obstante, el acceso reciente a ciertos documentos antiguos practicables en internet nos brindó una avalancha de datos como no habíamos tenido antes. Entre ellos, además de los hallazgos de fábricas y marcas (de lo cual dimos cuenta hace un par de entradas), pudimos despejar algunas dudas respecto a otras manufacturas de las que teníamos conocimiento, aunque no muchos datos certeros.   Fechas  de  apertura,  domicilios, solicitudes marcarias hasta entonces ocultas a nuestro conocimiento y otros apuntes históricos de interés han venido a sumar abundante material para el objeto principal de este espacio. Por ejemplo, si hablamos de la ilustre y legendaria fábrica La Argentina, de Don Juan Otero – primera firma que manufacturó toscanos en el país- , ahora sabemos con absoluta seguridad que su fecha de nacimiento fue 1878,   ya que localizamos un registro de marca de cigarrillos de esa misa empresa en  la  que  su  ilustración   reza claramente: “fundada en 1878”. El dato viene a colación, una vez más, del carácter casi incidental que adquieren muchas veces ese tipo de descubrimientos.


Continuando  en  la  línea  de  las  factorías mencionadas con anterioridad vez y que formaban parte de nuestro listado, nos topamos con  el rótulo O Finchado, cuya gestión de marca fue iniciada el 11/6/1912 por Carlos Galina y Eduardo Torreri, socios de La Honradez en la ciudad entrerriana de Colón. También  dimos con el registro de la marca Solferino, presentada por Francisco Barbero y Luis Comelli el 24 de noviembre de 1913, que refuerza todo lo plasmado en la entrada del 4/1/2013 sobre esa pequeña y antigua casa tabacalera de la ciudad de Campana. Más adelante en el tiempo,  a mediados de la década de 1920,  Juan Zenobi inició el trámite para la denominación César de los productos que elaboraba simultáneamente (aunque en lugares separados) con su hermano Constantino, precursor de  Luchador, la increíble casa que en el siglo XXI continúa elaborando toscanos artesanalmente luego de casi cien años de tradición familiar en el ramo. También hallamos un nutrido movimiento en lo que hace a solicitudes de marcas por parte de La Cigarrera Ítalo Argentina, misteriosa fábrica que conocimos por una caja de cigarros ofrecida en la web. Ahora podemos afirmar con bastante certidumbre varios postulados sobre ella: que su vida se desarrolló mayormente entre los años 1930 y 1950, que además de Turín supo comercializar las marcas El Boyero y Lo Gano, que sus dos domicilios capitalinos en ese lapso fueron Caseros 3449 (Parque  Patricios)  y Guanahani 406  (Constitución),  y que fue una de las tantas compañías de la época que realizaba sorteos y entregaba premios como método para incrementar las ventas.



















Finalmente, algo sobre la marca Ottone, ya conocida para nosotros. Sabíamos que hacia 1940 era comercializada por Mignaquy y Cía. como resultado de una elaboración hecha por un tercero, en este caso, por la fábrica Luchador de la familia Zenobi. Pero hete aquí que en el Boletín Oficial aparecen numerosas solicitudes marcarias  desde 1915 hasta 1939  por parte de la familia “Ottone”, compuesta por José, Pascual, Rafael, Eugenio y Emilio. El hecho de ser tramitadas desde Génova, Italia, indicaría una importación o una elaboración local por cuenta y orden de ellos. El primer rótulo solicitado es para cigarros Brissagos y refuerza la idea respecto a las especialidades tabaqueras italianas. Ello se confirma en 1931, cuando solicitan nuevamente el registro de marca “Ottone” con un dibujo que porta algunas leyendas bastante reveladoras:  Tabacchi  e  sigari  esteri  (Tabacos y cigarros extranjeros) y Confezione esclusiva per la Ditta Giorgio Ottone e Figli  (Confección exclusiva para la Firma Giorgio Ottone e Hijos) (1) Ahora bien, en 1940 eran toscanos manufacturados por Luchador y distribuidos por Mignaquy.   Pero  es imposible que eso también fuera así en 1915, cuando se realiza el primer registro de la marca, ya que el taller de los Zenobi aún  no funcionaba como tal. Entonces, ¿quién los hacía antes? ¿Fueron siempre cigarros de producción argentina u originalmente eran importados desde Europa? (2) Además de toscanos y brissagos, ¿existieron los Cavour o napolitanos Ottone? En fin, preguntas que continúan surgiendo y que tal vez logremos contestar próximamente. Ganas de investigar, por fortuna, no nos faltan.


Notas:

(1) A esa altura la familia había pasado por un recambio generacional o se habían agregado nuevos miembros, dado que aparecen  José Eugenio y Rafael Ottone junto con Clotilde Cánepa de Ottone.


(2) Las posibilidades son muchas y se multiplican con cada nuevo hallazgo. Un dato llamativo es que Mignaquy ya importaba los tres tipos de cigarros italianos más conocidos (toscano, Cavour y Virginia o Brissago) con anterioridad, según figura en la tabla de aforos  de  1908.   ¿Eran  los  Ottone?  Tal vez algún día podamos contestar este interrogante, siempre y cuando hayamos logrado desenredar el complejo nudo histórico que involucra fabricantes, importadores, distribuidores, concesionarios, elaboraciones propias y de terceros, de origen nacional, italiano, suizo  y  vaya a saber cuántas posibilidades más. En la próxima entrada, antes de presentar la nueva lista de fábricas actualizada, nos vamos a referir a eso.


miércoles, 25 de junio de 2014

Italianos, suizos y... ¿holandeses?

El  cigarro  toscano  es  un  producto  original  y emblemático  de  Italia,  pero  su  éxito  comercial  antecede varias décadas al proceso unificador de ese país consumado entre 1861 y 1866. Otros puros peninsulares  de  estilo  similar  también  fueron profusamente difundidos y consumidos en Europa entre mediados y finales del siglo XIX,   como   el Cavour y el Brissago, de los que hemos hablado en reiteradas oportunidades. Ahora bien, dentro del puñado de naciones más involucradas en este fenómeno (Suiza, Austria y Alemania), el país helvético es el que acredita la mayor tradición toscanera debido a la fuerte influencia itálica existente en el  sur de su territorio y particularmente en el cantón de Ticino, donde se habla la lengua del Dante. Ya en 1848, Rodolfo Pedroni, un italiano natural de l’Emilia, se instaló allí para fundar su gran manufactura de tabacos que décadas más tarde daría lugar a la famosa Fábrica de Tabacos de Brissago (1). En los decenios posteriores se afincaron otras factorías y talleres del mismo tenor, tanto en Brissago como en Balerna  y Chiasso. La explicación de esa especie de “éxodo” de industriales tabacaleros italianos se basa en algo muy sencillo: el sistema de estanco que llevaba adelante Italia impedía cualquier iniciativa privada, dado que toda la producción  del ramo estaba en manos estatales.


Hacia 1860 ya existían en el mercado europeo numerosas versiones suizas de los cigarros italianos más típicos y es posible encontrar algunos curiosos testimonios al respecto, como cierto párrafo de un libro editado en 1862 bajo el título Cenni sul Tabacco e dei modo de su manifattura nella Azienda di  Lucca  (2). El  añoso volumen,  escrito en plena época unificadora, pone de manifiesto la confusa noción de lo que era “italiano” en aquel tiempo. Entre otras cosas, el autor alude sistemáticamente al Cavour como  “cigarro nacional”  y  al toscano como “cigarro provincial”, además de situar al primero dentro de un “estilo suizo”, junto con  los puros del tipo Vevey (que nombra textualmente como Wevey),   de   los   que hablaremos luego. Para resumir, digamos que éste y otros muchos documentos del pasado  nos  dicen  que  para  ese entonces  Suiza  manufacturaba,  comercializaba, consumía y exportaba cigarros italianos a la par de la mismísima Italia.   A   los   efectos prácticos de este blog, que versa sobre el devenir histórico del toscano en Argentina, la pregunta quedaba prácticamente servida: ¿tuvo eso su correlato en nuestro país?


El interrogante no era nuevo para el que suscribe, dado que fue planteado más de una vez en este mismo espacio ante la presencia de cuantiosos testimonios sobre “toscanos suizos”  y cigarros “similares italianos” en viejos anuncios, en antiguos envases e incluso en estadísticas oficiales. En tales casos nos preguntábamos de dónde saldría eso y a qué estaría referido exactamente. ¿Se importaban verdaderos toscanos suizos o sólo era un ardid publicitario? La respuesta contundente fue obtenida accediendo a la edición del  Boletín  Oficial  de  la República Argentina del 14 de septiembre de 1908 (3), en la que aparece una Tabla de Aforos (cargas impositivas) para los cigarros importados (4). El listado es ciertamente largo y tiene como protagonistas principales a las incontables etiquetas cubanas de la época, pero hacia el final encontramos los dos segmentos que nos interesan. Primeramente se divisa el escueto peldaño de los auténticos cigarros italianos, restringido a los productos que introducía el importador exclusivo de ese tiempo, la firma Bunge & Born. Son sólo seis variedades: toscanos, napolitanos, un par de categorías de Cavour  y algo similar de Virginia. Pero luego aparece otra lista mucho más copiosa con la denominación “Suizos, Filipinos y otros”. ¿Y qué encontramos allí? Una verdadera sorpresa.


Su lectura  denota inmediatamente el predominio de Suiza sobre las demás procedencias, comenzando por la abundancia de puros del tipo llamado Vevey, originarios de la ciudad homónima del cantón de Vaud y muy de moda entre fines del XIX y principios del XX. Por ese motivo vemos la reiteración constante (seguramente, distintas marcas) de los Vevey Longs, Vevey Courts, Vevey Sans, Vevey Fins y un largo etcétera. Pero lo remarcable es la cantidad de ítems relativos al toscano: nada menos que nueve, así como cinco de Cavour y dos de Virginia o Brissago. En otras palabras, esto documento prueba de un modo incontrovertible que la variedad de toscanos   y   demás cigarros típicamente peninsulares  importados por Argentina en 1908 era ampliamente mayor entre el grupo de los orígenes no italianos que en el de los verdaderamente italianos (me refiero a diversidad,  no a cantidad). ¿Serían todas esas alternativas marcarias de naturaleza suiza? No lo sabemos con certeza, pero los indicios sugieren que la mayoría sí lo era, y creemos que los otros orígenes probables que le seguían en importancia eran Austria, Alemania y Brasil.  En la imagen de abajo  (hacer click para ampliar)  está la lista en cuestión. En el rectángulo marrón se sitúan los puros italianos importados por Bunge & Born,  y en el grupo siguiente de “Suiza, Filipinas y otros”  subrayé en rojo  todos  los renglones de toscanos, en celeste los de Cavour y en verde los de Virginia. También es posible apreciar el nombre de las diferentes casas importadoras, que no eran pocas.


El  tema  no se agota allí, ya que muchos años después,   el 10 de junio de 1921,   ubicamos un registro de la marca  “Toscanos Holandeses La Famosa”  a nombre de Moisés Maskivker. ¿Toscanos holandeses? No hemos logrado obtener ningún otro dato al respecto más allá de este testimonio, ni del rótulo, ni de su propietario (solamente sabemos  que  era  de  Rosario), ni de la existencia de algún tipo de manufactura especializada en los Países Bajos. Ni siquiera sabemos si se trata solamente de un nombre de fantasía para una producción local o de otro caso –desconocido por mí hasta ahora-de toscanos europeos manufacturados fuera de Italia. Pero teniendo en cuenta que Holanda acreditaba   y   acredita una tradicional y poderosa industria del tabaco, tomamos el dato con mucho interés y lo dejamos en carpeta para futuras investigaciones.



Notas:

(1) Todavía hoy se comercializa el cigarro conocido como Pedroni, que es un toscano de sabor algo más suave. Durante muchos años su confección se realizó en Suiza, pero desde 2008 la marca fue adquirida por el Grupo Industrial Maccaferri, empresa que actualmente produce los genuinos toscanos italianos.


(2) Hemos citado ese añejo volumen hace algunos meses, en la primera entrad dedicada al Cavour.
(3) Si alguien quiere echarle un vistazo a la copia completa del original, aquí va el link: https://archive.org/stream/Boletin_Oficial_Republica_Argentina_1ra_seccion_1908-09-24/1908-09-24
(4) Posteriormente encontramos otras evidencias plasmadas varios años después, pero ya llegaremos a ellas en su debido momento.

lunes, 16 de junio de 2014

Nos adentramos en la bruma del tiempo y encontramos diez fábricas con sus marcas a principios del siglo XX

No vamos a insistir acerca del carácter sorpresivo e imprevisto   que   suelen   tener   muchos   de   los descubrimientos efectuados en este blog, porque se trata de algo señalado en numerosas oportunidades, tanto aquí como en Consumos del Ayer. Pero sí vale la pena resaltar nuevamente la enorme utilidad que presta el puntilloso  trabajo de recopilación efectuado por la web del CPCCA (Cigar Pack Collectors Club of Argentina), que más de una vez nos ha servido para encontrar  aquello  que  parece  imposible  de  ser hallado. Por supuesto, se trata de un sitio muy vasto, con información asequible  a  través  de  numerosos caminos y diferentes entradas, no siempre plausibles de ser abiertas por el primer intento de sondeo. Para no abundar demasiado en detalles, digamos simplemente que la fortuna estuvo una vez más de nuestro lado  y  nos permitió acceder  a  registros documentales irrefutables, a partir de los cuales pudimos localizar la existencia pretérita de diez fábricas argentinas de toscanos que no conocíamos hasta hoy.


Concretamente, el completo espacio virtual de marras posee cierto apéndice que consiste en un listado cronológico del registro de Patentes y Marcas de productos derivados del tabaco aparecidos en el Boletín Oficial de la República Argentina desde 1894  hasta 1947  (1).  Así, luego de un prolongado  y  paciente análisis,  fuimos  descubriendo  muchos registros de marcas, tipografías, ilustraciones y envases relativos al cigarro que aquí nos ocupa. Buena parte de eso correspondía a fábricas ya conocidas (2),  pero lo interesante es que también salieron a  la  luz  factorías  cuya  presencia  en  el  pasado  nos  era completamente anónima. Es que de eso se trata, esencialmente, este pasatiempo de la investigación histórica: de buscar y encontrar. Lo primero se cumple inexorablemente, pero  no  hay ninguna garantía para lo segundo.  Con  todo,  nos alegramos de darle la bienvenida  a  más  nombres antiguos de  la  familia  toscanera nacional.  Y  sin  más demoras,  vayamos  al  grano examinando los rótulos marcarios concedidos a cada uno de estos viejos talleres tabacaleros especializados en el puro más popular de nuestro país durante cien años.


El 1 de septiembre de 1904, la firma Lastra, Caponetti y Cía. obtuvo el registro de la marca “La Toscana” con la correspondiente ilustración de la etiqueta que cubría sus cajas de 50 unidades al precio de cinco centavos cada una. El producto es presentado textualmente como cigarros “napolitanos”, que eran una rara especie de toscanos con uno de sus extremos cerrados. En teoría y por esa razón, sólo se podían fumar enteros, aunque sospechamos que los humildes y veteranos consumidores italianos de la época no dudaban en despuntarlos y cortarlos al medio para obtener dos mezzo napolitanos.


El 2 de julio de 1906 se le concedió a Fernando Paganini la marca “F. A. Paganini” para rotular su envase de 100 cigarros al precio de diez centavos cada uno.   La   leyenda Comuni 1° Qualitá no deja dudas sobre su condición toscanera, aunque no lo diga con todas las letras.  La mencionada es la categoría a la que pertenecían entonces los toscanos en la compleja y vasta nomenclatura de producción italiana.


El 19 de mayo de 1908, Agustín Grillo fue autorizado al uso del rótulo “Avaneti” en la etiqueta de una caja de 50 cigarros. Lo de Avaneti no debe confundir con un habano, con el cual no tiene nada que ver, como lo indican  la inscripción Fermentados Uso Italiano y el módico valor de cinco centavos la unidad.


El 2 de noviembre de 1909, Juan Llull, titular de Tabacos y Cigarros La Amistad, recibió el cuño de “Toscanos Ferri” para una caja de 50 cigarros. Quince años más tarde, el 4 de Julio de 1924, logró lo propio para los toscanos “Gurugú”. (3)



















El 10 de agosto de 1910 le fue otorgado a María C. de Di Paola el timbre “De Di Paola” para el envase de 50 toscanos fermentados,  incluyendo  en  ello  dos  ilustraciones completas, tal vez para tapa y fondo.


El 27 de Febrero de 1913,  Juan Panullo recibió la propiedad de la marca  “Toscano Panullo” para su caja de 50 toscanos al precio de cinco centavos cada uno.


El 28 de Abril de 1915 salió la adjudicación marcaria de los toscanos “Chianti” a nombre de Waldino Robles, representante de la Sociedad Productora e Introductora de Tabacos.


El 31 de Mayo de 1918 fueron adjudicadas dos marcas a los señores Enrique Lampe y Rodolfo Gaertner para distinguir sus toscanos: “Abruzzi” y “Aída”.  En el caso de la segunda se asegura que son productos para exportación  y aparece además la referencia al uso exclusivo de tabaco Kentucky para su capa.


El 5 de Noviembre de 1925 ocurrió otro tanto con el otorgamiento simultáneo de los rótulos “Pisa”  y “Alianza” a nombre de la Compañía Nacional de Tabacos.



















El 24 de Septiembre de 1936,  finalmente,  la  curiosa  marca  “Mulero”  quedó  bajo propiedad de Raimundo Koch. En la copia de la ilustración adjunta aparecen apuntadas diversas indicaciones sobre los colores que llevaría la etiqueta definitiva.


Por supuesto que no faltaron algunos casos dudosos, y por ello decidimos omitirlos hasta tanto tengamos mayores evidencias de las dos condiciones necesarias para ingresar en el territorio de nuestro interés: que se trate realmente de toscanos (y no de otro tipo de puros), y que hayan sido efectivamente comercializados en la Argentina (4). Pero no nos quedamos acá:  seguimos investigando   y   muy pronto vamos a iniciar un sondeo bibliotecario   que   tal  vez   nos   lleve    a    descubrir   algunos   establecimientos desconocidos anteriores a la segunda mitad de la década de 1890, es decir, previa a la aparición del registro de marcas en el Boletín Oficial.  Más  adelante,  con  esos  datos mayormente completos y mejor chequeados, vamos a hacer una actualización de nuestro listado principal de fábricas. ¿Cuándo? Muy pronto, en este mismo blog.

Notas:

(1) Aquí va el link a la introducción. Haciendo click en “ingresar” se llega al listado de 89 páginas con cien ítems cada una.  http://cpcca.com.ar/BO/index.htm
(2) Eso nos permitió aclarar muchos puntos oscuros que teníamos sobre tales establecimientos, así como responder algunas preguntas que ya habíamos planteado con anterioridad. Las próximas entradas van a estar enfocadas precisamente en eso.
(3) Años más tarde, la marca Gurugú pasó a manos de M. Duran y Cía, sita en Rosario al igual que la empresa de Llull. Dentro de pocos meses realizaremos una degustación de toscanos Flor de Mayo de la década de 1960, marca que originalmente pertenecía a Fernández y Sust pero que para ese entonces era explotada por la citada M. Durán y Cía. Con algunos datos obtenidos ahora y otros que intentaré buscar tal vez podamos reconstruir el pasado de esa misteriosa firma rosarina, que al parecer tenía como política adquirir marcas de toscanos ya constituidas en aquella ciudad. 
(4) El siguiente es un caso típico: el 28 de Febrero de 1935 aparece la renovación de la marca “Garibaldi” a nombre de C.F. de la Fuente, cuya solicitud fue hecha en Asunción del Paraguay. La imagen, sin mayores datos, se reduce a lo que parece ser una simple anilla individual de cigarro, pero el nombre netamente itálico y el aditamento Prima Qualitá refuerza la sospecha de que se trata de un toscano.  Sin  embargo  no  tenemos  esa certeza,  amén de que la solicitud hecha desde un país vecino no implica que el rótulo haya sido vendido en nuestro país. Por eso, al igual que otras, la dejamos en suspenso hasta el día en que tengamos indicios más certeros.