lunes, 17 de agosto de 2015

Tres reliquias del pasado y una reflexión sobre la artesanía perdida

La Accademia del fumo lento es un activo foro italiano de internet especializado en el buen fumar (1).  Todo lo que allí se comparte  y  debate tiene relación los cigarros puros y  las pipas, por lo que no resulta extraña la presencia del toscano entre sus posteos regulares. Generalmente se trata de experiencias de cata  y  noticias sobre el producto tabacalero emblemático de la península, aunque no faltan, de vez en cuando, los apuntes históricos que son de interés  para este blog. Hace poco, uno de los foristas escribió unas breves líneas junto a la extraordinaria foto que reproducimos, cuya traducción al español es  la  siguiente: “el abuelo de mi esposa ha conservado,  en un elegante portacigarros, tres toscanos pertenecientes a su padre y sus tíos: uno de 1900, uno de 1910 y uno de 1929, que fueron de Carlo, Luciano y Giuseppe. Mi suegro me los ha encomendado a mí, confiando en que los guarde para transmitirlos a las futuras generaciones”.    Luego agrega: il profumo è ottimo! (¡El perfume es genial!)


Entre muchas cosas que nos vienen a la mente, lo primero que podemos aseverar sobre estos prototipos admirablemente antiguos es que al menos dos de ellos pertenecen al período de esplendor de la industria toscanera italiana,  y que son idénticos a  los que importaba nuestro país  y  consumían miles de sus habitantes. Para los tiempos del centenario el fenómeno era apabullante, dado que las importaciones rondaron los noventa millones de unidades en 1910 (2). En ese entonces la producción nacional se ubicaba casi a la par, al menos hasta 1915, que es cuando los toscanos argentinos superaron numéricamente a los italianos, tal cual comprobamos en la entrada anterior subida hace un par de semanas. Por lo tanto, si durante dicho lustro existió un cierto equilibrio entre ambos, la siguiente conclusión se desprende  por  sí  misma:  sólo hace falta sumar un par de cifras de tal magnitud   (90 millones importados de Italia + 90 millones de manufactura nacional) para darse una idea de lo  que  hablamos.  Considerando  finalmente  que  también  se  comercializaban numerosas marcas de otros orígenes europeos (especialmente suizas),  podríamos quedarnos cortos al decir que en la Argentina de la  época se fumaban anualmente unos doscientos millones de cigarros toscanos.


Pero quiero utilizar la imagen de los venerables especímenes para reflexionar acerca de un tema menos áspero  que  las  estadísticas  o  las investigaciones sesudas (3). Resulta llamativo a simple vista el calibre reducido y el engrosamiento central   más   bien   escueto   de   los   cigarros fotografiados, bien diferente a la “panza” intermedia de  los  toscanos  actuales. Muchas  fotos  antiguas  y  nuestras  propias experiencias  de  cata  con ejemplares añejos confirman ese mismo punto, el de la delgadez,  que se vuelve aún más marcado en los extremos.  ¿Por qué razón tenían esta particularidad que ya no existe? El motivo es sencillo y se hace extensivo a todos los puros de los tiempos en que fumar cigarros no era una cuestión ocasional sino cotidiana. Tal vez por este último motivo, la confección a mano tenía mucho cuidado en darle forma a una especie de “boquilla” en el extremo de cada cigarro, que por supuesto era doble en el caso de los puros abiertos por ambos lados, como el toscano.  No  fue  cuestión  de modas, ni de tendencias, ni nada por el estilo; era un tipo de armado que denotaba la gran consideración de los fabricantes hacia los fumadores,  quienes no  se  veían  así obligados a realizar malabares musculares con su boca para dominar cigarros demasiado gruesos, como ocurre ahora. De hecho, el formato más común hacia el 1900 para todos los puros convencionales era el llamado “perfecto”, que recuerda a una especie de pelota de rugby alargada. Por más ancho que fuera el modelo, siempre se angostaba hacia las puntas, especialmente en la que estaba orientada a la cara del consumidor.


En el caso que nos interesa, lo dicho puede ser comprobado mediante la simple comparación de prototipos elaborados en diferentes períodos. Para ello fotografié cuatro toscanos, dos enteros y dos amezzati.  El  dueto  moderno,  que puede observarse a la izquierda en la foto anterior, está compuesto por un toscano italiano genuino (maquinado) y un medio toscano de manufactura nacional (manual).  A  la  derecha  se  ubican  dos especímenes añejos iguales a los que fumamos y analizamos hace tiempo en Consumos del Ayer: un Avanti entero de los años cincuenta y un medio toscano Regia Italiana de la década del cuarenta, obviamente hechos a mano. Para mejorar la confrontación visual marqué los respectivos diámetros con  líneas. Por el lado de los más antiguos, resta decir que ni siquiera me ocupé de buscar algunos todavía más angostos, que los había.



















Desde luego, armar un puro con ese “afinamiento” paulatino no es para cualquier operario del ramo. Heraldo Zenobi, de la fábrica Luchador, me explicó cierta vez lo difícil que resulta hoy conseguir mano de obra para armar cigarros manualmente, dado que prácticamente no quedan personas con  experiencia  y  conocimiento del oficio.     Me imagino lo fácil que sería eso mismo hace cincuenta, sesenta o cien años, cuando miles de trabajadoras y trabajadores se dedicaban a ello. Eso explica aquellas puntas finitas que sólo se podían lograr mediante las sabias  labores cigarreras de antaño y que hacían tan gratificante el acto de fumar un buen puro.


Notas:

(1) El enlace es el siguiente: http://accademiafumolento.forumfree.it/
(2) Para revisar las importaciones entre 1888 y 1910, ver esta entrada: http://traslashuellasdeltoscano.blogspot.com.ar/2013/07/importacion-de-toscanos-italianos-entre.html
(3) El mes próximo va a presentar una inusitada “dureza” en ese sentido, ya que contrariando sus propias afirmaciones recientes, quien suscribe no pudo dominar el espíritu ratonero de biblioteca y está completando el listado de cigarreros italianos censados en 1895 en Capital Federal y provincia de Santa Fe, según documentos disponibles en el Archivo General de la Nación. Los resultados son tremendamente interesantes y dan lugar a un sinfín de hipótesis y conjeturas, muchas de las cuales se resuelven (o casi) a través de investigaciones yuxtapuestas basadas en otras fuentes. La cuestión es larga, así que en setiembre subiremos, por primera vez en este espacio, tres o cuatro entradas consecutivas enfocadas en el mismo tema.

sábado, 1 de agosto de 2015

Hace cien años se producía un hito en la historia del toscano argentino

El Boletín Oficial es un medio de comunicación escrita mediante el cual toman  estado  público  las  distintas  leyes,  normas  y reglamentaciones  emanadas  de  los  poderes  gubernativos argentinos. En  tal  carácter,  todo lo que allí aparece puede considerarse formalmente vigente desde el momento mismo de su publicación. Si bien existieron varios antecesores del mismo tenor  (como la pionera Gazeta de Buenos Ayres entre 1810 y 1821), el boletín diario que conocemos hoy data de 1870. La mayoría de los ejemplares de los siglos XIX y XX  se encuentra accesible en ciertos reservorios virtuales de internet, y no han sido pocas las veces que su contenido resultó  útil a nuestros fines históricos,  tanto en este blog como en Consumos del Ayer, dado que muchas de las antiguas disposiciones tenían como eje central la fabricación, importación o comercialización de alimentos, bebidas y tabacos. Por supuesto que ello incluye al cigarro más fumado en la Argentina de antaño, cuya aparición en las páginas de referencia era de lo más habitual. Precisamente, hoy vamos a examinar una resolución publicada hace un siglo exacto, enfocándonos en cierta frase muy significativa para la historia del consumo toscanero patrio.


En ese orden de cosas, el 22 de julio de 1915 quedó efectivizado un dictamen que autorizaba  a  los señores Ernesto  A.  Bunge  y  J.  Born  (únicos introductores del toscano legítimo) a usar estampillas fiscales con los colores de la bandera italiana. Si bien los fundamentos y  alcances puntuales de dicha norma no  nos interesan, cabe  explicarlos sintéticamente en aras de comprender el contexto temporal. Como ya hemos señalado en otras oportunidades, para ese entonces coexistían en el mercado vernáculo los toscanos nativos de Italia, sus imitaciones importadas desde otras procedencias (especialmente Suiza) y los ejemplares de fabricación nacional, cada vez más numerosos.  Frente  a semejante panorama de orígenes y nombres comerciales aplicados al mismo artículo genérico -que muchas veces favorecían  la confusión o el engaño- los interesados pedían un tratamiento especial en carácter de representantes y distribuidores del típico, singular y verdadero cigarro nacido en las factorías de la Regia Italiana.  Para  ello proponían la utilización de timbres impositivos especiales, que cumplían con todas las normas establecidas con la sola diferencia del diseño  y  la coloración alusivos a la bandera de Italia. Resumidamente digamos que, pese a una negativa anterior por parte de la Administración de Impuestos Internos, el presidente Victorino de la Plaza resolvió la controversia de manera aprobatoria.  Poco tiempo después,  la empresa en cuestión comenzó a difundir el cambio de estampillas por un nuevo modelo exclusivo  tricolor con  la leyenda “Regia Italiana – Roma” que reafirmaba la autenticidad del producto.


Pero dijimos que lo antedicho no constituye el punto central que nos convoca hoy. Lo más interesante de todo  es un fragmento casi “perdido” entre mucha jerga jurídica,   tan breve en su extensión como inequívoco en su significado y  trascendental en sus implicaciones. Se trata de lo siguiente: “…al presente la   fabricación   de   cigarros   tipo   toscano   ha sobrepasado en cantidad a la importación…”  ¿Cuál es el motivo para asignarle tanta envergadura  a un enunciado tan sencillo? El siguiente: nos brinda una magnífica certeza temporal sobre un hecho cuya existencia conocíamos, pero que  era muy difícil ubicar con alguna exactitud cronológica. Sabíamos bien que el toscano  fue importado por primera vez en 1861, que comenzó a fabricarse aquí por 1880, que su popularidad fue creciendo en las décadas siguientes y que para comienzos del siglo XX era elaborado por decenas de manufacturas locales,  en forma paralela a la importación desde Italia, Suiza y otros países. Era obvio que en algún punto de todo ese proceso el toscano de confección local superó numéricamente al de origen foráneo, ya que dicho predominio resulta manifiesto algunos años más tarde (1). Los cómputos de 1938 presentados por Juan Domenech en su Historia del Tabaco, por ejemplo, despejan cualquier duda al respecto.  Sin embargo,  para esa época era algo que ya venía sucediendo, y nuestro verdadero interrogante era cuándo había comenzado a suceder.  Ahora lo sabemos: fue hacia 1915, y todo gracias a una afirmación  incontrovertible sostenida por el antiguo organismo oficial con mayor conocimiento de las estadísticas tabacaleras, es decir,  la mencionada Administración Nacional de Impuestos Internos.


Sumamos así un nuevo hito en la historia del cigarro puro que fue  número uno del consumo nacional durante mucho tiempo.  Y  seguramente encontraremos otros,  que nos seguirán ayudando a comprender mejor el pasado de un producto plenamente consustanciado con la historia social y económica de nuestro país.


Notas: 

(1) Dentro de poco volveremos a presentar el listado actualizado de fábricas argentinas ubicadas en orden cronológico a partir de 1878, con la incorporación de algunos nuevos descubrimientos y confirmaciones. Pero ya en la última ocasión saltaba a simple vista una verdadera “avalancha” de factorías y talleres toscaneros emplazados en las dos primeras décadas del siglo XX. La misma impresión se obtiene al analizar las solicitudes de marcas efectuadas durante el mismo período, cuyo número no tiene parangón antes ni después. Amén de la célebre Avanti, establecida en 1902 (y sin contar algunas de las pioneras que ya existían desde el siglo XIX,  como Peirano,  de San Nicolás,  Miguel Campins,  de Tucumán, o el establecimiento porteño de Agustín Grillo), en  el  lapso  1900-1920  se verifica la aparición de al menos veinte manufacturas. No es de extrañar, entonces, que por esa misma época la balanza del toscano se haya inclinado cuantitativamente hacia el origen nativo.


sábado, 18 de julio de 2015

Toscanos aromatizados: el reflejo moderno de una tradición antigua

Si bien no es nuestra intención completar una serie de dos entradas, todo lo que veremos hoy se vincula estrechamente con el material plasmado en este espacio hace apenas un par de semanas. En aquella ocasión logramos atisbar viejas y misteriosas recetas empleadas en las factorías tabacaleras italianas hace un siglo y medio, cuyo propósito consistía en oscurecer las capas y añadir algunos elementos aromáticos al perfil de los cigarros peninsulares emblemáticos.  Vimos asimismo  que  tales procedimientos no se empleaban directamente en el toscano, pero sí en sus dos principales competidores de la época: el Cavour y el Brissago. De hecho, el agregado de sustancias odoríferas no fue una técnica utilizada en la manufactura toscanera hasta la aparición de los ejemplares que hoy vamos a reseñar,  cuyo lanzamiento data de los primeros años del siglo XXI (1). Pero si las fórmulas y metodologías apuntadas resultaron comunes y frecuentes en la antigua industria del puro itálico,  no  debe  extrañar  que formen parte de una tradición, y que ésta haya sido rescatada del olvido en los últimos años para ponerla al servicio del arquetipo actual del tabaco italiano, es decir, del toscano.


Cuando el que suscribe adquirió los paquetes de referencia, allá  por  2006,  el  segmento  Toscanello Aroma  era relativamente  novedoso.  Al  principio  estuvo  formado exclusivamente por las etiquetas Caffe, Grappa y Anice, pero luego se amplió con la aparición de los modelos Vanilla y Nero Fondente (chocolate amargo) (2). Es evidente que el escaño de los cigarros aromatizados ha tenido bastante éxito en ese lapso,  aunque el propósito de la cata que vamos a describir a continuación pertenece, como siempre, al campo de la interpretación  histórica. A nuestro entender, estos puros perfumados con elementos nobles como la grapa y el café no dejan de ser un eco que nos llega desde los lejanos años intermedios del siglo XIX,  cuando la industria exportadora del tabaco italiano estaba comenzando a conformar la silueta que dejaría su legado en la Argentina de ese entonces. En el pasado fueron el Cavour y el Brissago, hoy es el Toscano, pero la nobleza de los productos no se ha modificado.  Como  elemento  adicional  de  interés, desde hace algunos meses, los toscanos italianos legítimos han ingresado nuevamente a nuestro país vía importación, y eso incluye también a ciertos módulos del escaño aroma. Entre ellos, nos enfocaremos en el Toscanello Grappa y el Toscanello Caffe.


















El grupo de amigos que compartió los humos en cuestión es harto conocido por los seguidores de este blog y también de Consumos del Ayer. Varios de ellos aparecen en las fotos que adornan los textos, encendiendo o fumando reflexivamente, mientras que otros se limitaron a sentir los aromas que invadían el lugar mientras expresaban sus opiniones al respecto (3). Un primer punto a tener en cuenta es el perfil “dulce”  que  expresan  ambos  prototipos  al  ser olfateados en crudo, antes de la combustión, lo que les brinda cierto matiz análogo a determinados tabacos para  pipa.  Sin  embargo,  una  vez encendidos, los cigarros no pueden disimular su origen toscanero, cuyo trasfondo se traduce en el sabor potente, picante y ligeramente ahumado del Kentucky curado a fuego. Ahora bien, el modelo Grappa expresa con más vehemencia esa personalidad original del toscano, toda vez que los efluvios del destilado que le da nombre son muy sutiles, nada invasivos. El Caffe, por su parte, resulta ligeramente más dulzón sin llegar a serlo de manera determinante. En ambos casos, las notas aromáticas añadidas se van haciendo menos notorias con el avance de la fumada. Esa bien puede ser la conclusión resumida de nuestro análisis sensorial: los dos puros muestran un excelente equilibrio entre los rasgos de sus respectivas esencias y el sabor natural del tabaco, a tal punto que se perfilan como indistintamente propicios para los fumadores duros y para los más novatos.


Así terminamos una nueva experiencia de cata, esta vez dirigida a evaluar las bondades de un segmento no siempre conocido y muchas veces ignorado. En base a lo que olimos y saboreamos,   podemos  afirmar  que  estos  toscanos  aromatizados  son  dignos compañeros de los del tipo natural.  Pero, por sobre todo, representan la permanencia de una tradición que se remonta a los primeros años de la manufactura tabacalera de la Italia unida, hace más de 150 años, cuando la grapa, la melaza, el anís y otros elementos nobles formaban parte de las fórmulas magistrales para elaborar cigarros representativos del espíritu peninsular.

Notas:

(1) Sin tener relación con tinturas ni aromatizantes, podemos citar un único caso de “manipulación” sobre el modelo toscanero original, que fue la aparición en la década de 1920 de los toscanos attenuati, ejemplares de tipo “suave” cuya vida comercial fue efímera. Para su elaboración, el tabaco era mojado y prensado con el fin de eliminar parte de la nicotina natural de las hojas. Existen al respecto numerosas referencias gráficas de los años veinte y treinta, entre las cuales elegimos una publicidad relativa al importador uruguayo de los productos de la Regia Italiana fechada en 1927.


(2) En forma reciente, toda la línea ha sido relanzada a través de nombres e imágenes que relacionan cada esencia con un color: Rojo Café, Negro Chocolate Amargo, Amarillo Vainilla, Blanco Grapa y Azul Anís.


(3) Cuando se trata de degustaciones de tabacos, el criterio de los observadores pasivos es primordial. Existen personas que no toleran ningún tipo de humo del tabaco, pero hay otros que, sin ser fumadores, declaran con gran sinceridad su preferencia por los puros o las pipas, e incluso suelen avanzar más allá exteriorizando sus puntos de vista sobre tal o cual tipo de producto. Eso, para el cronista atento, siempre es útil.

viernes, 3 de julio de 2015

Recetas para fabricar cigarros italianos en la década de 1860

A pesar de haber sido la cuna del imperio más poderoso en el pasado de Occidente, Italia no logró constituirse formalmente como país  como naci naciónuténticahasta la segunda mitad del siglo XIX. Sólo a partir de 1861, con la unión efectiva de los antiguos reinos y ducados que componían su territorio, la patria peninsular pudo iniciar  el  largo  y  tortuoso proceso  tendiente  a  forjar  una  identidad  nacional, además de  pasar por todas las dificultades de orden administrativo y económico que supone la organización de un poder centralizado. En forma casi inmediata a la proclamación de Vittorio Emanuele II como Rey de Italia (18/2/1861), la nueva monarquía constitucional asumió el manejo directo de algunas industrias fundamentales, como era entonces la del tabaco. Poco tiempo después, bajo el sistema del estanco,  las catorce manufacturas dispersas por toda la península (1) pasaron a formar parte de una repartición pública controlada por la  Direzione Generale delle Gabelle. Las  actas  correspondientes  a  las  sesiones legislativas de aquellos años (mayormente accesibles en internet) permiten observar la importancia que tenía esa actividad como sostén de la economía, ya que las políticas del sector eran objeto de arduos debates entre las diferentes fuerzas políticas.


El interés público sobre la industria tabacalera alcanzó también el ámbito académico, siendo varios los especialistas abocados a escribir monografías  y tratados sobre el cultivo del tabaco y su posterior transformación en rapés, picaduras y cigarros. Entre ellos,  existen  dos  particularmente  amplios  y minuciosos que hemos mencionado ocasionalmente en este blog: Cenni sul tobacco e dei modi dia sua maniffatura nella reale azienda di Lucca (1862) y Monografía del tabacco, de Giuseppe Mauro (1866). Desde luego que en ellos no están ausentes los tres cigarros de mayor éxito durante aquel período,  es decir, el toscano, el Cavour y el Brissago. A los tres se les dedican sus correspondientes espacios, pero los complejos procesos para la elaboración de los dos últimos difieren notablemente de la simpleza visible en las referencias sobre el primero. De hecho, el toscano apenas es mencionado en ambos trabajos, ya que simplemente se lo incluye dentro del sencillo método para hacer cualquiera de los sigari fermentati (2).  Pero el Cavour y el Brissago (llamado también Virginia) eran objeto de curiosas manipulaciones y agregados químicos que perseguían la finalidad de incrementar el color de las capas  y añadir algunas características aromáticas.


Hace tiempo, cuando subimos la primera de las dos entradas sobre el cigarro Cavour, apuntamos que uno de sus rasgos visuales más apreciados era la típica coloración exterior muy oscura, casi negra en algunos casos.   Los dos trabajos presentan sus respectivas “recetas” para hacer la tinta destinada a teñir las capas externas del Cavour, y entre los productos necesarios se advierten  sustancias colorantes de amplio uso en esa época, hoy casi desaparecidas, como el Palo de Campeche y la Agalla de Alepo (3). Conviven con ellas algunas otras destinadas claramente a proporcionar aroma,   como  el  Anís Estrellado y el Jugo de Regaliz. Ciertos productos parecen agregarse para proporcionar un poco de dulzor entre tantas sales,  ácidos  y  taninos,  como  la  Melaza,  mientras que el resto son simplemente reactivos químicos que le dan equilibrio a las fórmulas.   Las recetas, aunque no iguales, son bastante parecidas en ambos libros. Veamos lo que dice Cenni sul tobacco…, de 1862, en este caso para “teñir” 250 kilogramos de tabaco.

Campeche ……………………………4,0 kg
Anís estrellado……….…….…………0,9 kg
Agalla…………………….……...….....0,6 kg
Jugo de regaliz………………….….…2,5 kg Amoníaco…………………...………...1,3 kg
Carbonato de hierro………………….0,5 kg
Melaza………………….……..…….....1,5 kg

La composición propuesta en Monografía del Tabacco,  de  1866,  sólo  difiere  de  la anterior por las proporciones, bastante inferiores en todos los productos,    y  por  la presencia de algunos otros estabilizantes químicos, como el ácido clorhídrico (presentado con su forma antigua hidroclórico), amén de una sorpresiva inclusión del vinagre. En dos cuadros separados aparecen las cantidades mínimas y máximas para 100 kilogramos de tabaco. Elegimos el segundo, apreciable en la imagen que sigue, donde  puede verse la fórmula completa con sus contenidos mínimos.


Pero la sorpresa de esta última obra no está dada por las antiguas fórmulas de “tinta de Cavour”,  sino porque en la sección destinada al Virginia aparece una breve receta de cuatro productos con los cuales se elaboraba cierta infusión para macerar el tabaco. La nómina incorpora nada menos que el Spirito di Vino (grappa) en compañía de la  rarísima planta Storace di cipro resinoso (Azúmbar resinoso de Chipre) y los consabidos “jarabe de azúcar” (melaza) y el reactivo Nitro Raffinato. Posiblemente nada de eso se utiliza hoy en la elaboración de los “cigarros de la paja” suizos y austríacos, aunque la curiosidad de la receta amerita su mención.


Si bien, como hemos visto,  tales metodologías colorantes y aromatizantes no tocaban directamente al toscano,  afectaban notoriamente a sus dos principales hermanos  y compatriotas, junto a los cuales ingresó de manera pionera en nuestro país allá por 1861. ¿Cómo serían esos viejos Cavour y Brissagos “tocados” por extractos vegetales, jarabes y bebidas destiladas? No lo sabemos con certeza, pero tenemos una noticia buena por partida doble:   los actuales toscanos  italianos aromatizados se consiguen hoy en la Argentina, y con algunos de ellos realizaremos una degustación que volcaremos muy pronto, en la próxima entrada. Quizás nos ayuden a develar la esencia de aquellos humos ligeramente dulces, anisados y espirituosos…


Notas:

(1) Ya las hemos apuntado un par de veces, pero nunca está de más recordar sus nombres alusivos a los lugares de emplazamiento: Torino, Sestri Ponente, Cagliari, Milano, Firenze, Lucca, Massa, Parma, Modena, Bologna, Chiaravalle, Nápoli, Cava dei Tirreni y Lecce.
(2) Todos los cigarros puros del mundo pasan por una primera fermentación, que consiste en estacionar los fardos de tabaco con un cierto grado de humedad durante varios días. En el proceso las hojas pierden parte de sus resinas vegetales (incluidas la nicotina y el alquitrán)  y adquieren una ligera coloración marrón, además de incorporar nuevas franjas aromáticas y gustativas. Por lo tanto, la referencia “fermentados” que siempre diferenció a los toscanos del resto de los puros italianos no estriba en esa primera fase fermentativa (común a todos) sino en una segunda fermentación, más larga y con los cigarros armados, donde el tabaco adquiere sus características finales.   Al parecer,   dicho proceso no tenía lugar en la elaboración de los Cavour ni de los Brissagos, tal vez debido a las profundas modificaciones químicas sufridas por la materia prima según los pasos descriptos en esta entrada.
(3) El Palo de Campeche, también llamado Palo de Tinte, es un árbol leguminoso nativo de México con el cual se fabrica cierto extracto sólido parecido al aserrín, pero cargado de color y tanino. Su empleo fue muy amplio hasta la primera mitad del siglo XX en todo tipo de manufacturas textiles y farmacéuticas. Las agallas vegetales son tumoraciones que presentan algunas plantas luego del ataque de insectos u hongos. Desde tiempos muy antiguos se extraían estos cuerpos para moler su contenido y elaborar tinturas. La Agalla de Alepo es originaria de Siria y fue una de las favoritas en la antigüedad para los usos mencionados.


lunes, 15 de junio de 2015

Desventuras de un investigador

¿Alguna vez escucharon aquello de la aguja en el pajar? Bien, eso mismo pensaba yo respecto a la búsqueda de talleres tabacaleros con elaboración de cigarros italianos en la Argentina finisecular del XIX. Pero ahora me doy cuenta de que el asunto es mucho más frustrante: el pajar está lleno de agujas, aunque jamás podré llegar  a verlas o tocarlas con claridad y precisión.  Están ahí,  no hay dudas,  pero se trata de objetos etéreos, inciertos, evasivos.  Así tal cual se siente encarar el trabajo de marras basándose en la fuente más completa de la época: el Censo Económico y Social de 1895, cuyos legajos originales manuscritos se encuentran hoy en el Archivo General de la Nación.


Hablando solamente de la Capital Federal y del apartado específico de industrias, cada uno de estos legajos (unos 20 en total) contiene alrededor de 600 fichas individuales correspondientes a los establecimientos censados, tanto fábricas como talleres de menor envergadura, comercios con elaboración propia y artesanos que trabajaban en sus domicilios. Cualquier confección o reparación era considerada una actividad industrial, por lo que la nómina incluye,  a modo de ejemplo,  una gran cantidad de carpinteros, sastres, modistas, relojeros y zapateros. Y fundamentalmente, que es lo que nos interesa, de cigarreros.  Los emprendimientos  relacionados con el tabaco están mezclados aleatoriamente entre los demás rubros, ya que el orden de encuadernación  sigue un criterio puramente geográfico en base al itinerario de los censistas. En otras palabras: hay que hojear los legajos página por página.


Los datos solicitados en el formulario son bastante escuetos, pero seguramente suficientes para el propósito estadístico de la compulsa: ubicación genérica (localidad), sección (para las grandes ciudades), razón social, nombre de los propietarios,  nacionalidad de los mismos,  rubro,  capital  (en inmuebles, máquinas y herramientas, materia prima elaborada y sin elaborar), uso de energía (cantidad de máquinas y “caballos de fuerza”  disponibles), y algunas notas finales sobre el personal empleado. Todo muy lindo pero poco útil a mis fines prácticos, dado que las referencias sobre  tipos o marcas de los productos resultantes brillan por su ausencia,  más allá de las descripciones globales Cigarrería  o  Fábrica de Cigarros. ¿Cómo detectar entonces la confección de toscanos o de cualquier otro puro  italiano? No hay manera directa de hacerlo, por cierto. De hecho, me hubiera conformado con eso para reconocer el fracaso y abandonar la búsqueda, pero hete aquí (y allí está lo más terrible) que esa misma información,  reticente por un lado,  brinda por otro algunos apuntes tan sugestivos que casi llegan a decir “AQUÍ SE FABRICABAN TOSCANOS”, aunque jamás lo hacen de un modo claro e inequívoco.


Un primer indicio a tener en cuenta es la abrumadora supremacía de italianos  y  españoles entre los propietarios de cigarrerías, siempre hablando de locales con algún tipo de elaboración propia (recordemos que sólo así se los incluía dentro del grupo industrias). Sabemos muy bien que los primeros traían el afecto,  la tradición  y  el conocimiento  técnico  referido  a  sus cigarros nacionales emblemáticos, por lo que ese dato en sí mismo apunta con bastante fuerza en la dirección que nos interesa. Pero hay algunas señales más consistentes todavía, como el caso concreto que sigue. Se trata de una cigarrería propiedad del italiano Enrique Botti y el español Roque Ramírez , ubicada en la sección  2ª (cuadrilátero Paseo Colón, Rivadavia, Chacabuco, Independencia), cuya singular denominación lo dice todo: “Cigarrería de la Paja”. ¿Qué clase de nombre es ese?  A no preocuparse,  que hay una explicación muy lógica si tenemos en cuenta el consumo tabacalero del período 1880-1910, y es la especialización en el exitoso cigarro  Brissago o Virginia, llamado popularmente “de la paja” por esos años.  Indefectiblemente,  donde se elaboraban cigarros de la paja también se hacían toscanos y Cavour, ya que los tres procedían del mismo tipo de materia prima, requerían  torcedores calificados de manera excluyente,  pasaban  por  idénticos  procesos de estacionamiento en estufas y, por sobre todo, contaban con amplia demanda entre un público que los consideraba artículos de estilo similar. En la Argentina del año 1895, las posibilidades de que una manufactura autodesignada como     “Cigarrería de la Paja” produjera la terna completa de los puros peninsulares más típicos, eran de nueve a favor y una en contra.


Lamentablemente, indicios y probabilidades no son certezas. Hasta ahora sólo revisé dos folios, lo cual equivalió a hojear detenidamente 1200 páginas con el agridulce resultado de descubrir un montón de “posibles” fábricas de toscanos sin un solo caso que pueda considerar comprobado por completo.  No voy a continuar la búsqueda en el AGN,  al menos  por  ahora, hasta que tenga las ganas y el tiempo de revisar los 18 legajos restantes (unas 10.800 páginas), sin perder de vista que eso es nada más que la Capital Federal y que en la década de 1890 funcionaban numerosas fábricas de cigarros en Rosario  y  otros puntos del país.   Tal vez más adelante vuelva sobre el asunto para compilar los casos llamativos en una lista especial que podríamos rotular como probables precursores de la industria del toscano.  Ya veremos cuándo,  pero mientras tanto no dejaré de publicar aquí las historias, los datos y las anécdotas de siempre, además de regalarme cotidianamente con el humo de unos buenos ejemplares, argentinos e italianos.

jueves, 28 de mayo de 2015

Luchadores y Puntanitos: los herederos del toscano argentino

Si nos atenemos estrictamente a las fechas que hemos logrado establecer hasta el día de hoy, nuestro país acredita 154 años de consumo y 137 años de elaboración propia en el ámbito de los cigarros toscanos.   Para  ello  tomamos,  respectivamente,  la  primera importación documentada de puros italianos (1861)  y  la  fundación  de  la  primera manufactura argentina que se dedicó a confeccionarlos (1878). En función de eso, bien puede decirse que el toscano comparte, junto al habano legítimo de Cuba, el podio de los cigarros más exitosos  de la historia nacional (1). Hace tiempo que venía meditando la manera de realizar una especie  de “homenaje”  a  esa  supervivencia más allá de los numerosos vaivenes políticos, económicos, sociales y culturales vividos en estas tierras durante un siglo y medio.   De dichas reflexiones surgió cierta idea que finalmente consideré la más acertada: realizar una degustación de dos marcas argentinas de toscanos, representando a las únicas fábricas existentes en la actualidad.


Los nombres de los establecimientos involucrados no son desconocidos por quienes siguen el blog ni por los aficionados toscaneros que se precian de tales. La primera empresa es Tabacalera Sarandí, una fábrica de ubicada en la localidad homónima al sur de la Ciudad de Buenos Aires, que hacia finales de la década de 1990 adquirió varias y antiguas marcas del tabaco (2). Además de diversos cigarros puros, la firma en cuestión produce toscanos en tres versiones: una de enteros (Avanti) y dos de medios toscanos (Caburitos y Puntanitos).   La segunda casa manufacturera es todavía mejor conocida por nosotros, ya que fue visitada por el que suscribe y reseñada en una entrada especial  (3).  Se trata de Luchador,   notable factoría familiar del barrio porteño de Villa Pueyrredón  que permanece en el mismo domicilio desde 1920.  En  ella,  los representantes de la tercera y cuarta generación de la  familia  Zenobi  continúan confeccionado una gama de productos con inclusión de históricos toscanos, presentados al comercio también de tres maneras, pero sólo con dos marcas: Luchador (enteros y  medios toscanos) y Super Charutos (medios toscanos). Para el análisis comparativo que veremos a continuación  seleccionamos un dueto de prototipos comercializados como medios toscanos, ambos en envases de cinco unidades: Luchador y Puntanitos.


Antes de ir a la crónica propiamente dicha es necesario apuntar algunos datos (4). Los toscanos Luchador se producen a mano con tabaco tipo Burley procedente de Tucumán, mientras que los Puntanitos son confeccionados a máquina,  y  en  su composición  participan varios tipos de tabacos correntinos, misioneros y paraguayos. Otra diferencia para remarcar es que el relleno de los primeros está compuesto por la llamada  tripa larga  (las hojas del interior tienen todas el mismo largo del puro), mientras que en los segundos el interior es de picadura (trozos pequeños de tabaco). A esta altura, muchos pueden pensar que nuestra degustación persigue algún propósito de rivalizar estilos: manual y tripa larga versus máquina y picadura. Repito: se trata de un homenaje a los herederos de la epopeya toscanera nacional. Los datos precedentes sólo intentan ayudar a conocer algo más sobre ellos.

















Para  la ceremonia de degustación contamos con la compañía y las opiniones de Enrique Devito y Sebastián Nazábal, cada uno munido de sus respectivos ejemplares de ambas marcas. En el sentido visual y táctil, Luchador era un poco más claro, seco y firme, dado que  Puntanito se  mostró  con  capa  bien oscura  y  una  estructura esponjosa (indicio de mayor humedad) y ligeramente suelta. Tanto el  encendido como el tiraje y el desarrollo de la ceniza fueron irreprochables en ambos casos, por lo que decidimos enfocarnos en los aspectos puramente aromático- gustativos. Luchador sorprendió por su complejidad, incluyendo ciertos tonos de frutos secos  (almendras tostadas, castañas, nueces) que recuerdan a puros de mayor valía monetaria. Hasta se llegó a esbozar alguna similitud con el Originale de Italia, si bien dicha comparación debe tomarse en un sentido de estilos históricos. Puntanito, por su parte, tenía rasgos levemente rústicos desde el comienzo, tal vez más cercanos al estereotipo actual de lo que es un toscano vernáculo. Precisamente, en este punto me permito hacer una consideración que me parece primordial, y sobre la cual respondo con mi modesto conocimiento de historiador toscanero y de persona que ha degustado toscanos legítimos de Italia (en numerosas versiones)  y toscanos argentinos de las décadas de 1940, 1950 y 1960. El postulado es el siguiente, a modo de conclusión: los dos productos que probamos son válidos, bien elaborados y hacen honor al rótulo que se les adjudica, en el sentido argentino del término. Sin embargo, si queremos ubicarlos en un contexto histórico, creo no equivocarme al decir que Luchador, por su confección, su profundidad de sabor y su complejidad, se parece al toscano fundacional argentino del período 1880-1930. Puntanito es, seguramente, más apto para el consumidor tabacalero de hoy, más accesible, más sencillo, y tiene un parentesco innegable con los toscanos argentinos de la segunda mitad del siglo XX.   Pero ambos,  reitero,  son dignísimos herederos de la historia del cigarro puro más fumado de la Argentina a lo largo de su historia.


La aventura del toscano italiano nació en Florencia hacia 1818. Luego, en 1861, llegó a la Argentina a bordo de los mismos barcos que traían a los inmigrantes.  Y  en  1878, finalmente, un visionario de la industria tabacalera nacional comenzó a elaborarlos en Buenos Aires. Tres hitos de una historia que hemos pretendido homenajear a través de sus herederos en el siglo XXI.

Notas:

(1) Al hablar de éxito me estoy refiriendo a la presencia ininterrumpida en el mercado nacional. Otros tipos de puros vivieron épocas de furor, como los Cavour, los Brissagos y los cigarros paraguayos, aunque ninguno logró subsistir  más allá de las primeras décadas del siglo XX. En contraposición, tanto los habanos como los toscanos tuvieron altibajos motivados por coyunturas de índole diversa (modas, cambios en los hábitos de consumo,  crisis económicas generales,  crisis económicas del sector del tabaco, restricciones a la importación) pero no han dejado de estar presentes ni un solo día en las estanterías de los comercios argentinos.
(2) La mayoría de las marcas mencionadas son de muy antigua data. A modo de ejemplo, Luchador fue registrada en la década de 1920 por Constantino Zenobi. Bien curioso es el caso de Caburitos,  cuya propiedad original fue de Schelp y Schelp,  una vieja firma argentina. Sin embargo, dicho rótulo no fue creado para nominar toscanos (Schelp y Schelp nunca se dedicó a los cigarros de tipo italiano) sino puros de estilo holandés. Con todo, hay buenas razones para pensar que lo de Caburitos nació como una deformación fonética de Cavouritos, diminutivo que se empleaba en los cigarros Cavour. El tema da para mucho más, y tal vez en el futuro volvamos sobre la cuestión. Las siguientes son dos imágenes tomadas de antiguas ediciones del Boletín Oficial referidas a renovaciones de marcas: una de Luchador (1937) y otra de Caburitos (1913).


(4) Como ocurre con tantos otros artículos, la composición de la materia prima y los métodos de fabricación suelen variar a lo largo del tiempo. En el caso de los cigarros que nos ocupan, esas modificaciones están dadas casi siempre por el tipo y el origen de los tabacos. Los datos referidos, por lo tanto, deben tomarse de un modo orientativo y genérico de acuerdo con nuestro conocimiento al momento de escribir esta entrada.